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Buenas noches, Príncipe Koroma (2ª parte)

Imagen: Boubacar Boris Diop en el portal Dakar-echo.com

Imagen: Boubacar Boris Diop en el portal Dakar-echo.com

Por Boubacar Boris Diop. Continuación del texto publicado como primera parte aquí 

La víspera de la noche del Imoko, encontré a Bithege sentado en medio del patio. Parecía descansado y – por primera vez desde su llegada a Yinkoré – de un humor más bien jocoso.

- Observo esos lagartos desde hace unos minutos – me dijo -, se deslizan a lo largo del muro y luego van a perderse por las altas yerbas…

Asentí con la cabeza sin comprender nada de sus palabras y continuó:

- Ya me gustaría saber adónde van después, los lagartos. ¿Adónde van, al final de los finales?

Sonreí:

- Tenme al corriente cuando lo sepas, Christian. Yo, salgo rápido hacia el dispensario, estamos desbordados en este momento.

Era la primera vez que lo trataba de tú.

- ¡Ah! Su noche del Imoko, claro…

- Diarreas y desmayos. Nada grave, pero debemos mostrarnos previsores.

Propuso venir conmigo:

- Escucha, el Príncipe no estará aquí sino dentro de una hora, eso me deja tiempo para dejarte en el dispensario y volver aquí.

- Vale, vamos.

Entonces voy a cambiarme rápidamente.

Mientras lo esperaba en el patio, oí un grito pegado a la puerta de la entrada. Hubo un silencio después que se me hizo bastante largo. Bithege salió de inmediato de su habitación, con una toalla alrededor de los hombros.

- ¿Qué pasa?

- Oí un ruido.

- ¿No sabes lo que está pasando?

Imagen: Portada de "La nuit de l'Imoko"

Imagen: Portada de "La nuit de l'Imoko"

Tal vez fueran cosas mías, pero me dio la impresión de que sospechaba de repente que yo le estaba ocultando algo. El mismo destello de maldad brilló en su mirada fija y dura. Era espeluznante cómo la expresión de su cara podía cambiar de un segundo a otro.

Cuando hubo un segundo grito, aun más fuerte, lanzó su toalla al canapé y se precipitó a la calle. Lo seguí. A unos cuantos metros, lo vi detenerse para hablar con el Príncipe Koroma que venía en nuestra dirección. Completamente alelado, el Príncipe giraba la cabeza por todos los lados farfullando palabras incoherentes. Entre dos frases repetía: “Los he visto … Los he visto…”

- ¿De quién habla usted, Príncipe?

- ¡Se divertían como chiquillos! ¡Les juro que los he visto!

- ¿A quién? ¿A quién, diantre?

- Se mofan de nosotros… ¿Saben ustedes que se burlan abiertamente de nosotros? ¿Pero cómo se atreven?

- Díganos qué es lo que usted ha visto, Príncipe Koroma. ¿Qué ha visto usted?

Hoy, cerca de un año después de los acontecimientos de esa jornada, tengo por lo menos una cosa por cierta: Bithege había comprendido inmediatamente la extrema gravedad de la situación. Yo, patinaba por completo. Creo además que el Príncipe Koroma me inspiraba una compasión demasiado grande como para poder pensar en otra cosa. Su rostro, de costumbre lleno de una suavidad radiante, se había ensombrecido bruscamente. No hacía ningún gesto en exceso; su cuerpo parecía moverse con precaución dentro de un laberinto invisible y peligroso. Sus ojos despavoridos eran los de un alucinado aun poseído por sus visiones.

A fuerza de paciencia, Bithege logró hacerle contar su historia.

Era muy sencilla.

Paseando solo por el bosque de Diandio, el Príncipe Koroma había oído un ruido no habitual. Al oírlo se había escondido detrás de unos matorrales. Y ahí había sorprendido a los notables de Yinkoré preparando, a su manera, la noche del Imoko. Por decirlo lo más abrupto posible, los viejos cabronazos se repartían sus papeles y afinaban sus putadas para la noche del Imoko. Tú, harás de Ancestro Número Uno. No, mira que eres gilipollas, no camines tan deprisa, mira que tienes tres mil años y que acabas de salir de la tumba, entonces mira cómo vas a moverte, lo mismo digo para tí, Ancestro Número Dos, no olvides que se te supone ser una encantadora viejecita, vas con esa jodida artritis, etc., etc. He exagerado algo, lo confieso, pero no ha sido sino para ser fiel al relato caótico del Príncipe Koroma. Este último, que nunca había sido testigo de una escena tan horrorosa, añadió que los notables se dedicaban a su comedia burlándose de la credulidad del populacho. Cantaban y bailaban de forma grotesca entre tanganazos de tiko-tiki. El que ellos llamaban Ancestro Número Uno tuvo que ensayar varias veces para dar la impresión de que su voz, ronca y profunda, llegaba en línea recta de las profundidades del abismo y sus cómplices lo gratificaron con aplausos atronadores. Todos se pintorreaban con caolín, ceniza y carbón y se armaban vestimentas con hojas y cortezas arrancadas a los árboles. Desde su escondrijo, el Príncipe Koroma los oyó pronunciar varias veces su nombre. Decían con carcajadas de borrachos que el Príncipe Koroma sería un buen rey para ellos, porque era un perfecto cretino.

Bithege fingió sentirse indignado por las revelaciones del Príncipe:

- Príncipe Koroma, ¿conoce usted a esas malas gentes?

- Todo eso es cosa del viejo Casimir Olé-Olé – contestó el Príncipe Koroma -. Es su jefe.

- ¿El jefe de quién? – añadió Bithege -. Queremos conocer el nombre de los demás.

Pero el Príncipe Koroma ya no estaba entre nosotros. Dijo, muy lentamente esta vez:

- Así pues, todas esas cosas son patrañas.

Me hubiera gustado decir algo, pero las palabras se me resistían. Estaba fascinado por la metamorfosis del Príncipe Koroma: acababa de perder la razón y no la volvería a encontrar nunca más.

- Tranquilícese, Príncipe, no los vamos a dejar salirse con la suya – dijo Bithege.

- ¡Son mentiras, clamó el príncipe, les hacen decir lo que ellos quieren a los Dos Ancestros! ¡Casimir Olé-Olé es su jefe!

- Casimir Olé-Olé… – murmuró Bithege.

No parecía demasiado sorprendido al enterarse de que el viejo vendedor de fruta estaba en el centro de toda esa historia. Permanecía sin embargo algo tenso.

- Hay que matar a Casimir Olé-Olé, sugirió repentinamente el Príncipe Koroma con una tranquilidad extraña.

- Pero ¿por qué? -pregunté, despavorido.

Era cierto que no me gustaba nada lo que los viejos notables de Yinkoré habían tramado, no me gustaba nada eso, pero tampoco comprendía que se pretendiera matarlos. Hoy sé lo que me hacía sentir tan gran pánico en aquella época: era sentir que me iba a ver implicado, de una manera o de otra, en un asesinato político.

- ¡La noche del Imoko! – gritó el Príncipe ¡La noche del Imoko! ¡Les voy a decir a los habitantes de Yinkoré que es una mentira! ¡Todas esas cosas son patrañas!

El más sosegado de los tres era, por supuesto, Christian Bithege. Le importaba mucho saber si el príncipe había tenido tiempo para contarles su desventura a otros vecinos de Yinkoré. Cuando tuvo la seguridad de que éramos los únicos informados, le dijo con profundo respeto en la voz:

- Príncipe, vamos juntos al bosque de Diandio. Casimir Olé-Olé y su banda serán castigados como se lo merecen.

A punto estuve de gritarle al príncipe Koroma: “¡No, ni se le ocurra! ¡No lo siga, Príncipe!” No tuve el coraje suficiente. De todos modos, ni me hubiera oído. Ya nada tenía la menor importancia para él. Bithege me hizo señas para subir detrás en el Volvo y, como un autómata, el Príncipe se sentó a su lado.

Delante del bosque de Diandio, Bithege me pidió que los dejase solos un instante. No era menester, sabía muy bien lo que iba a suceder. Bithege cogió un maletín marrón del maletero. Sus gestos eran precisos y de todo su ser se desprendía una impresión de resolución feroz y salvaje. Lo vi coger al Príncipe Koroma por la mano y meterse con él por las yerbas altas.

Regresó solo al cabo de cuarenta y cinco minutos.

- Nos vamos – dijo poniendo en marcha el motor del coche.

“Voy ya con mucho retraso – pensé -. En el dispensario, van a preguntarse lo que ha sido de mí.” Intentaba sin duda convencerme de que la vida continuaría como antes. Pero no era tan sencillo. Mi doble no me dejaba tranquilo, martilleaba mi cráneo con la misma pregunta: “¿qué va a ser de ti, después de aquello?”

Bithege me había anunciado bruscamente que regresaría esa misma tarde a Mezara. Hice como si no hubiera oído nada y añadió:

- La delegación oficial llega mañana. Será conducida por el Big Boss en persona. Le hago mi informe esta noche.

El Big Boss… Vaya que si me estuvo tomando el pelo, el Christian Bithege.

El silencio en su coche era, sin embargo, menos pesado que el día de su llegada. Si callaba ahora, era menos por hostilidad hacia su persona que para mantenerme lejos de las tinieblas que amenazaban con engullirme después del asesinato del Príncipe Koroma.

Bithege dijo, sin volverse hacia mí:

- Era la única solución…

- Ya lo sé.

Aun costándome mucho admitirlo, pensaba sinceramente que, de cierta manera, ese hijo de puta no había tenido otra opción. Sin duda alentado por mi reacción, continuó:

- Todo pasó muy rápidamente. No sufrió.

- Es usted demasiado bueno, Señor.

Sigo sin saber de dónde me vino súbitamente tanto desdén hacia ese hombre tan seguro de sí mismo. Recibió en todos los morros esta especie de gargajo y en el momento en el que salía yo del coche dijo simplemente, con toda tranquilidad:

- Gracias por todo. Adiós.

No esperó mi respuesta, pero comprendí el significado de su última mirada, que me inspiró casi compasión: “Hice lo que debía hacer, peor para ti si no lo has comprendido.”

La continuación de mi historia, la recuerdo como si hubiera sido ayer. Los Dos Ancestros descendieron hasta Yinkoré iluminada por un fuego artificial grandioso, y tempranito por la mañana, el gentío delirante se desencadenó: “¡Gloria a nuestro nuevo rey! ¡Gloria a Casimir Olé-Olé!”. El presidente de la República apareció entonces al lado de Casimir Olé-Olé, tieso, casi petrificado, llevando en el rostro ese aire de cansancio y de bondadosa severidad que no lo abandona desde hace años.

 

Segunda parte de la reedición del relato “La noche del Imoko” del escritor y periodista Boubacar Boris Diop, que se encuentra dentro del libro titulado igual. El texto original fue publicado en 2013 por Ediciones Mémoire d’EncrierBoubacar Boris Diop retomó su texto antes de volver a publicarlo en 2020, por separado, en SenePlus. La traducción al español fue realizada por Pedro Suárez y Kiri Miranda.

Boubacar Boris Diop es novelista, ensayista, dramaturgo, guionista y periodista y es considerado uno de los grandes escritores actuales de África. Fundó la editorial  EjoWolof  Books en la que se publican obras escritas en wolof, lengua senegalesa aunque también se habla en otros países de la región de África occidental. 

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