Historia

El golpe de Estado de Mali, un acontecimiento previsible

Imagen de Pawel Janiak en Unsplash.

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Por Dagauh Komenan. El golpe de Estado del pasado 18 de agosto en Mali pone de relieve el influyente papel del Ejército en África en general y en África occidental en particular. No se trata de un fenómeno que se dé solamente en África y tampoco data de nuestra época: el papel de las fuerzas armadas en muchos Estados no se limitó a defender la integridad territorial contra un enemigo exterior o uno interior (en casos de guerras civiles, por ejemplo). En las antiguas Roma y Grecia, el ejército desempeñaba un papel político preponderante y, desde la Edad Media hasta la Primera Guerra Mundial en Europa, la nobleza o bellatore se constituía esencialmente de militares. En Turquía, el ejército se convirtió en el garante de la laicidad del país desde su fundación en 1920. Estados Unidos usa, a menudo, su ejército para garantizar su imperio global y Francia hace lo propio con el suyo en África.

Para un mejor entendimiento de la importancia de las fuerzas armadas en contextos africanos, nuestro análisis se centrará en los principales cambios políticos que ocurrieron en África occidental durante los treinta últimos años e intentarán explicitar así el papel crucial que juega esta institución en la zona estudiada. Para alcanzar esta meta, dividiremos nuestro análisis en dos partes: la primera tratará del peso de los ejércitos en la política de los Estados y la segunda, sobre sus diferentes reacciones en caso de levantamientos populares. Toda esta información se relacionará con el último golpe de Estado africano, acaecido en Mali en agosto, a remolque de protestas populares en las calles de Bamako y otras localidades.

La influencia del ejército en la vida política

Los ejércitos tienen un papel central en la vida política de los países de África occidental. Los militares de la región han encabezado gobiernos surgidos tras golpes de Estados en 16 ocasiones entre 1990 y 2020. Además, los gobiernos civiles tienen en cuenta la opinión de sus ejércitos nacionales, puesto que los casos de motines son incontables y pueden mudarse en intentos de golpes de Estado. Es preciso subrayar que aquí sólo trataremos sobre los derrocamientos protagonizados por ejércitos regulares: los realizados por rebeliones armadas se integrarán a la parte de este texto que se centra en las crisis políticas. De estos 16 casos anteriormente mencionados, cuatro tienen una configuración similar a la de Mali. El apoyo o a la defección del ejército hace cambiar la balanza del poder para que éste recaiga en un bando u otro. En Costa de Marfil, durante el ataque de septiembre de 2002, la lealtad del ejército al gobierno de Laurent Gbagbo permitió contener el avance de los rebeldes. Sin embargo, durante la crisis poselectoral marfileña (2010 y 2011), las deserciones de oficiales del ejército tras la resolución de la ONU 1975 que favorecía la intervención militar francesa en el país permitieron el derrocamiento de Gbagbo. En Gambia (2014), la lealtad del ejército a Yahya Jammeh fue determinante para el fracaso del asalto del palacio presidencial por fuerzas lideradas por el teniente coronel Lamin Sanneh. Tres años después, la decisión del ejército de bajar las armas frente a la coalición de Senegal y Nigeria durante la crisis poselectoral permitió la caída de Jammeh y su reemplazo en el poder por Adama Barrow. En Guinea Bisau (2019), en la crisis poselectoral oponiendo a Simoes Perira y Umaro Sissoco Embalo, el apoyo del ejército al último determinó el resultado de la crisis política. En Costa de Marfil, el golpe de Estado de la Navidad de 1999 acabó con la crisis entre Alassane Ouattara y Konan Bedie. En Togo, en 2005, el ejército impidió a Fambaré Ouattara Natchaba, heredero constitucional, ocupar su puesto para imponer en el poder a Faure Gnassingbé (hijo del difunto presidente).

Ejércitos y levantamientos populares

Como sucedió en Mali, en caso de crisis políticas en las que el pueblo y los gobiernos entran en conflicto, la actitud del ejército es fundamental para la resolución de situaciones en las que el primero ocupa las calles en signo de protesta y el segundo intenta aplastar esas protestas empleando a las fuerzas de seguridad. La acción del ejército determina, muy a menudo en estos casos, el éxito o el fracaso de la acción ciudadana. Esta actitud se puede percibir de tres maneras. En este ámbito y en caso de una revolución ciudadana, la manera más conocida de zanjar la situación desde el Ejército es la del golpe de Estado y la puesta en marcha de una transición dirigida parcial o totalmente por militares.  Los casos más recientes son los de Mali (1991), Guinea (2008),  Níger (2010) o Burkina Faso (2014), donde los ejércitos derrocaron a regímenes o bloquearon un traspaso de poder (como en Guinea) para solventar la crisis. Estos golpes de Estado comúnmente se reciben con escenas de alegría popular. Generalmente, dan paso a elecciones democráticas, aunque en la mayoría de los casos, los miembros de los regímenes derrocados se ven excluidos del proceso. La acción del ejército se puede limitar en apoyar a los manifestantes, sin intentar lanzar una acción directa contra el régimen, como ocurrió en Costa de Marfil (2000), donde tras una semana de un levantamiento popular reprimido a fuego y sangre, los militares dejaron de apoyar a Robert Guéi (que intentaba mantenerse en el poder)  y se decantaron por Gbagbo (ganador de las elecciones), lo que tuvo como consecuencia la huida del primero. La tercera actitud es la inacción.  Puede estar motivada por la neutralidad, como sucedió en Senegal (2012), cuando Wade decidió presentarse a un tercer mandato, o por lealtad al régimen, como pasó en Togo (2017) frente a la reforma constitucional emprendida por Gnassingbé, que da lugar a la imposición de medidas impopulares, a pesar de la fuerte contestación ciudadana, y a un empeoramiento de la crisis.

El ejército de Mali: una institución acostumbrada a los golpes de Estado

El golpe de Estado del pasado 18 de agosto en Mali no fue el primero de los golpes de Estado en el país: fue el cuarto. El primero ocurrió en 1968 y derrocó al presidente Modibo Keita a raíz del descontento popular por el sistema socialista tipo soviético que intentaba imponer en un país de cultura comerciante. El segundo ocurrió en 1991, otra vez a raíz de una fuerte contestación popular motivada por una apertura democrática y el fin del unipartidismo, brutalmente reprimida por las fuerzas de seguridad, que ocasionaron 28 muertes y cientos de heridos. El tercer golpe de Estado ocurrió en 2012 y derrocó al presidente Amadou Toumani Touré (ATT), fallecido esta semana y al que se acusaba de no combatir en serio el secesionismo en el marco de la cuarta rebelión tuareg.

Conclusiones: La noción del ejército “al lado del pueblo”

Es cierto que es fácil considerar que algo es previsible cuando ya ocurrió. Sin embargo, dados los elementos precedentemente evocados, podemos decir que -dado el carácter muy politizado de los ejércitos de África occidental- la probabilidad de una intervención del ejército maliense en la crisis política y social del país durante los últimos meses era muy probable. Algo aun más evidente con los antecedentes de dicho ejército, propenso al golpe de Estado en caso de descontento contra el ejecutivo.  Ante las posibilidades de neutralidad o apoyo tácito a los manifestantes que ocupaban las calles malienses desde esta primavera, parecía obvio que el ejército se decantaría por el golpe de Estado. El patrón maliense se puede aplicar a otros escenarios de crisis política en otros países de la región como Costa de Marfil o República de Guinea, donde existe la posibilidad de una intervención de los ejércitos para solucionar dichas crisis de una u otra forma, tomando en cuenta las especificidades de cada país y las formas en que reaccionaron sus distintos ejércitos frente a situaciones de crisis similares.

Dagauh Komenan es historiador y doctorando por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, especialista en el Sahel. Máster en Relaciones Hispanoafricanas con trabajo final sobre la intervención española en Mali, también en la ULPGC, se licenció en Historia, con especialidad en Relaciones Internacionales, en la Universidad Felix Houphouët-Boigny (Abiyán, Costa de Marfil). Autor del ensayo “La Françafrique vista desde el Sur” (ULPGC), participa en proyectos colectivos como “La juventud en África” (La Catarata) y “África, un continente en transformación” (Universidad de Valladolid). Colabora en Africaye.

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