Historia, Migraciones

Conclusiones: 60 años de independencia, ¿cuál es el balance?

Imagen de joven africano, realizada por Yingchou Han en Estocolmo, Suecia. Unsplash

Imagen de joven africano, realizada por Yingchou Han en Estocolmo, Suecia. Unsplash

Por Dagauh Komenan. El continente africano ha conocido un cambio radical en los últimos 60 años. Sufrió y sigue sufriendo varias crisis, tanto políticas como económicas y militares, y si nos centramos en el momento presente, podríamos decir que esto demuestra un fracaso de los Estados africanos.

A nivel político, es importante subrayar que la evicción por parte de potencias occidentales de líderes nacionalistas como Lumumba, Olympio, Kéita, Sankara o Gbagbo, sin darles la oportunidad de demostrar de lo que podrían ser capaces, y su apoyo a regímenes brutales y represivos, como los de Mobutu, Eyadema, Compaoré o Ouattara, permite un encadenamiento indefinido de crisis que enfrentan a quienes entienden que sus intereses no siempre se alinean con los de Occidente y los que piensan que sí. La instrumentalización por parte de políticos locales de esta segunda categoría, guiada por la finalidad de alcanzar el poder, permite la supervivencia del mito de los conflictos étnicos.

Las guerras civiles angoleña y mozambiqueña no fueron otra cosa que el fruto de la injerencia sudafricana, respaldada por el mundo occidental, en dos países que sólo aspiraban a su autodeterminación. En Sudáfrica, los grandes “defensores de la libertad” a nivel internacional sostuvieron incondicionalmente, durante tres décadas y en nombre de la lucha anticomunista, al régimen del apartheid y por tanto, la represión de una población negra que únicamente pretendía que se respetaran sus derechos fundamentales. La intervención etíope en Somalia para acabar con la UTI e impedir la formación de una teocracia en su frontera dio paso al Estado fallido, a la piratería y a la expansión del terrorismo a través de todo África oriental que hoy conocemos. Por otro lado, en Ruanda, los esfuerzos estadounidenses por desviar la atención sobre el genocidio, el abandono del país por parte de la ONU y, sobre todo, el apoyo incondicional de Francia al gobierno de transición ayudó “implícitamente” a que muriera un millón de personas. La injerencia de la OTAN, Catar y Arabia Saudí en la crisis libia no sólo destruyó por completo uno de los países más avanzados en términos de bienestar social de toda África, si no que también allanó el camino para el caos que hoy se observa en el Sahel. En Costa de Marfil, el plebiscito por parte de la comunidad internacional de una solución militar a la crisis política de 2010-2011 pone difícil ahora la resolución de conflictos del mismo tipo en otros países mediante fórmulas diferentes a la fuerza.

A nivel económico, el continente sufrió las crisis de los 70, que derrumbaron sus esfuerzos de industrialización. Además, se ha formalizado la puesta bajo tutela de las políticas financieras de los Estados africanos por parte de las grandes instituciones financieras (y de Francia, en lo que se refiere a los países francófonos, que se agrupan en la zona CFA). Como consecuencia, la imposición de planes de austeridad y la devaluación del franco CFA de los años 90 empeoraron la situación económica de los países, dificultaron enormemente el desarrollo de sus potenciales económicos y fragilizaron su situación frente a sus deudas externas.

Estos problemas económicos y políticos recién mencionados favorecen la emigración de los que pueden hacia los países desarrollados, en un reflejo natural de supervivencia. La crisis migratoria que sufre Europa sólo es una consecuencia directa de décadas de política de injerencia en el continente y demuestra muy bien hasta qué punto esta política puede ser dañina para la buena marcha de los propios países africanos y de los territorios alrededor de ellos. Es importante recordar que, por razones análogas a las que mueven hoy a los migrantes africanos, miles de europeos eligieron emigrar a América Latina o Estados Unidos, se integraron en sus sociedades de acogida y ayudaron a estos países a construirse, crecer y conocer una prosperidad económica.

Para terminar, África no ha fracasado: sigue buscando un camino hacia la estabilidad política y el bienestar económico. Sin embargo, la obstinación de actores internacionales en imponer modelos de desarrollo que no se adaptan a sus realidades, tanto culturales como históricas, provocan más problemas que los que resuelven. Ningún otro continente sufrió injerencia en sus asuntos internos como en el continente africano, ya sea por parte de actores extra-africanos como de los Estados africanos entre sí, hecho que impidió el desarrollo de soluciones endógenas en su tierra. Todos los intentos de “ayudar” a África se parecen a los de un comité de médicos muy cualificados que administran remedios a un paciente sin preguntarle por la enfermedad que tiene o sin ni siquiera haber realizado ningún tipo de prueba o estudiado sus antecedentes. Un progreso pasaría por acompañar a África en las soluciones que piense que le convengan mejor, por diferentes que puedan ser a lo que en Occidente se piensa, priorizando la voluntad de los pueblos y no de las élites, aunque parezcan refinadas y cercanas al pensamiento occidental. Es precisamente porque saben manejar este factor que países como China y Rusia incrementan su popularidad en el continente, a pesar de todo lo que se les puede reprochar.

Este texto es el epílogo de una serie de entradas de blog consagradas a los sesenta años de las independencias africanas, que se celebran en 2020. Se publicarán tres partes, cada miércoles, desde hoy. La segunda parte aparecerá el 28 de octubre y el texto final, el 3 de noviembre. La introducción de la serie se puede leer aquí; la primera parte, sobre la treintena tumultuosa entre 1957 y 1990, aquí; la segunda parte, entre 1990 y 2011, aquí, y la tercera parte, aquí.

Dagauh Komenan es historiador y doctorando por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, especialista en el Sahel. Máster en Relaciones Hispanoafricanas con trabajo final sobre la intervención española en Mali, también en la ULPGC, se licenció en Historia, con especialidad en Relaciones Internacionales, en la Universidad Felix Houphouët-Boigny (Abiyán, Costa de Marfil). Autor del ensayo “La Françafrique vista desde el Sur” (ULPGC), participa en proyectos colectivos como “La juventud en África” (La Catarata) y “África, un continente en transformación” (Universidad de Valladolid). Colabora en Africaye. El 23 de noviembre aparecerá “Guerra y paz en África”, un volumen colectivo de expertos y académicos africanos coordinado y editado por él y publicado por La Catarata y Casa África.

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