Economía

Zambia y los fantasmas de la deuda

«Los próximos dos años serán muy malos. La mayoría de los países no tienen capacidad para pagar. Ya hemos pasado por aquí antes, pero la vez anterior fue más fácil conseguir el alivio de la deuda porque era con países o instituciones multilaterales. Ahora se trata de dinero de agentes privados que no ganan nada si nos perdonan la deuda». Imagen: Alpari Org en Flickr

«Los próximos dos años serán muy malos. La mayoría de los países no tienen capacidad para pagar. Ya hemos pasado por aquí antes, pero la vez anterior fue más fácil conseguir el alivio de la deuda porque era con países o instituciones multilaterales. Ahora se trata de dinero de agentes privados que no ganan nada si nos perdonan la deuda». Imagen: Alpari Org en Flickr

En ningún caso se puede decir que este final era impensable. Desde hace meses, Zambia se ha hecho un hueco en los principales medios económicos occidentales por una horrenda noticia: el país está al borde de la bancarrota y ha pedido retrasos en el pago de intereses de su deuda, que supera los 12 000 millones de dólares. El economista zambiano Grieve Chelwa, ya en 2018, advirtió de lo que estaba a punto de suceder:

«Los próximos dos años serán muy malos. La mayoría de los países no tienen capacidad para pagar. Ya hemos pasado por aquí antes, pero la vez anterior fue más fácil conseguir el alivio de la deuda porque era con países o instituciones multilaterales. Ahora se trata de dinero de agentes privados que no ganan nada si nos perdonan la deuda»

En su enciclopédico “Deuda, los primeros 5000 años”, el antropólogo David Graeber –fallecido recientemente- empezaba con un ejemplo que mostraba cómo la deuda ejercía, ante todo, como un mecanismo moral. Graeber se encontraba en una fiesta en un jardín de Westminster Abbey, incómodo, cuando le presentaron a una persona con la que se podría entender bien. Ella era una activista contra la pobreza en Londres y trabajaba para una fundación. Graeber, quien empezó su carrera como antropólogo en Madagascar, le explicó el rol que las finanzas internacionales habían jugado en el Tercer Mundo –un tema ideal para romper el hielo con alguien. En ese punto, ella le interrumpió con una pregunta:

- ¿Cuál es tu posición?
- ¿Sobre el FMI? Queremos su abolición.
- No, sobre la deuda del Tercer Mundo.
- También queremos abolirla.

En este punto ella, sorprendida, respondió que esos países habían tomado el dinero prestado, y que uno tiene que pagar sus deudas. Si alguien le hubiera propuesto destruir los servicios básicos de los ciudadanos pobres de un país africano, dejarles sin medicinas o matarlos de hambre, ella hubiera considerado esta idea como algo horrible; sin embargo, la deuda sirve como pretexto para justificarlo como algo razonable. La deuda, tal y como señalaba Graeber en su obra, es una consecuencia de las relaciones de poder y, como tal, puede cambiar, mutar e incluso desaparecer junto a estas. Sacralizarla y convertirla en algo neutral es, precisamente, el gran truco para aceptar aquello que en otras circunstancias nos parecería intolerable.

El proceso de creación de la deuda no tiene nada de neutral, y responde a las necesidades de distintos actores. En 2012, Zambia vendió su primer paquete de eurobonos, cifrado en 750 millones de dólares. La demanda era tan grande que multiplicó por 15 la oferta de bonos. Todos salían ganando: Zambia conseguía financiación, y los fondos de inversión y los bancos conseguían un producto que les daba un interés superior al 5%. En ese momento, el bono a 10 años de Estados Unidos daba poco más de un 1,5%. Ejemplo sencillo: si prestabas 100 millones a Estados Unidos, cobrabas 1,5 millones de dólares de interés al año. Si prestabas a Zambia, cobrabas 5. El tipo de interés para Zambia era superior porque representaba un riesgo mayor que el del bono de Estados Unidos, pero el clima era de satisfacción: “Su baja deuda, su superávit por cuenta corriente y las fuertes entradas de inversión extranjera directa resultaban atractivas para los inversores”, decía la nota de Reuters en septiembre de 2012. Barclays y Deutsche Bank fueron los bancos que ayudaron al país africano a vender los bonos, y cobraron 38 millones de dólares en concepto de honorarios y comisiones cuando vendieron el tercero. En 2015, el interés que Zambia debía pagar, tras la caída del cobre –más del 70% de las exportaciones- ya superaba el 9%. Los inversores compraron 1250 millones de dólares en bonos zambianos. En total, Zambia vendió 3 eurobonos y consiguió más de 3000 millones de dólares.

El descenso del precio del cobre ha debilitado considerablemente las finanzas de Zambia. No es ningún secreto en países muy dependientes de las materias primas: el efecto inmediato es que la economía recibe menos dólares y la moneda local pierde valor;  hay pocos dólares y muchas kwachas. Ahora mismo, son necesarias 20 kwachas para conseguir un dólar de Estados Unidos: es el peor estado de la moneda zambiana en toda la historia del país. Dicho de otra manera: en 2016, cuando empezaron los problemas, el gobierno necesitaba 9 millones de kwachas para pagar un millón de dólares de deuda. Ahora mismo, debe dedicar 20 millones de kwachas para pagar la misma cantidad. Los acreedores son bancos (JP Morgan, Citigroup) y fondos de inversión occidentales (Aberdeen Standard Investments), por un lado, y entidades financieras chinas, en el otro; los occidentales acusan a China de ser la culpable de los impagos, y piden una negociación entre Pekín y Zambia antes de aceptar cualquier negociación. Los tenedores de eurobonos también exigen que el país acepte un plan de ajuste del Fondo Monetario Internacional. Para negociar los términos con sus acreedores, Zambia ha pagado 5 millones de dólares a la consultora francesa Lazard. Será difícil que Lazard represente a Zambia con total independencia, ya que JP Morgan y Citigroup –dos de los acreedores- se encuentran entre los accionistas de la empresa: JP Morgan con casi 4 millones de acciones, Citigroup con cerca de un millón. En total, las acciones valen más de 130 millones de dólares.

Un artículo del Financial Times instó a los acreedores privados a “aceptar la realidad” y perder o perdonar parte de la deuda que adquirieron en los mercados hace años. Mientras no llega un acuerdo, el eurobono de Zambia cotiza a la baja y la situación abre la puerta a otros fondos: si compran la deuda a precio de saldo y después piden su pago íntegro (más intereses), pueden ir a juicio y multiplicar sus ganancias. El coste-beneficio vale la pena, y no sería la primera vez que Zambia sufre esta situación: en 1999, el fondo Donegal compró deuda zambiana por la compra de tractores a Rumanía a un precio de 3,2 millones de dólares, denunció al país y ganó 15 millones, el triple de su inversión inicial. Donegal pertenecía a Select Capital Limited, cuyos beneficiarios eran fondos de inversión y multimillonarios de Nueva York. Entonces y ahora, la factura la pagarán los médicos y profesores que verán sus salarios reducidos, los agricultores que se quedarán sin tractores, ayudas o insumos necesarios para mejorar su producción; en conjunto, la vida empeorará aún más para el 58% de la población que vive con menos de dos dólares diarios.

 

Jaume Portell es periodista especializado en economía y relaciones internacionales, muy vinculado al continente africano. Ha trabajado para varios medios de comunicación nacionales y colabora con Mundo Negro.

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