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Achille Mbembe: «La memoria de las luchas anticoloniales reaviva cuestiones incómodas»

El destino de todas las personas negras, allá donde estén en el mundo, está ligado a África. Mientras que no se respete a África, no se respetará a los negros. Imagen: Foto sacada del artículo en francés publicado en Jeune Afrique de Achille Mbembe en Johannesburgo, el 4 de agosto de 2020. © Marc Schoul pour JA

El destino de todas las personas negras, allá donde estén en el mundo, está ligado a África. Mientras que no se respete a África, no se respetará a los negros. Imagen: Foto sacada del artículo en francés publicado en Jeune Afrique. Achille Mbembe en Johannesburgo, el 4 de agosto de 2020. © Marc Schoul pour JA

Para el historiador y politólogo camerunés, no hay nada que celebrar tras sesenta años de independencia. En una entrevista a Jeune Afrique, hace un llamamiento a «vencer la tiranía poscolonial» y «reencantar África».

¿Fancotirador audaz? ¿Analista sabio y lúcido? El historiador y politólogo camerunés Achille Mbembe, 63 años, es, sin duda, un poco de ambos. Este librepensador que vive en Sudáfrica, donde es profesor en la Universidad del Witwatersrand (Johannesburgo), no ha podido renovar su pasaporte en su país desde hace casi dos años y solo puede viajar gracias a un pasaporte diplomático senegalés.

Para el autor de Critique de la raison nègre[1] y de Sortir de la grande nuit. Essai sur l’Afrique décolonisée, no hay nada que celebrar tras sesenta años de independencia.

Contrariamente al cincuentenario, este sexagésimo aniversario de las independencias pasa desapercibido…
Lo más asombroso este año es, en primer lugar, la crisis sanitaria que, por sí sola, es el símbolo del impasse al que la civilización tecnomaterialista habrá conducido a la humanidad. Lo es igualmente la protesta mundial tras la muerte de George Floyd en Estados Unidos.

El telón de fondo de estos dos acontecimientos es el inminente desastre climático. El reto final, el que nos hace reflexionar a todos sea cual sea la región del mundo a la que pertenezcamos, es la supervivencia de nuestra especie en la Tierra y, de manera más general, la continuidad de lo viviente. Si, tras la colonización, África hubiera conseguido alzarse a la altura del mundo, hoy tendría una influencia especial sobre esas transformaciones de alcance planetario.

¿Y no es el caso?
Dadas las deficiencias estructurales internas del continente y su precariedad en el escenario mundial, los africanos y sus descendientes, además de sus dirigentes, son tratados en todas partes con insultos y menosprecio. El racismo antinegro avanza en la actualidad a cara descubierta.

Da igual que no sepan nada sobre nuestro pasado y nuestro presente. Todos los necios del mundo se creen habilitados a darnos lecciones. Se pisotea la memoria de las luchas anticoloniales. Las estatuas dedicadas a quienes nos robaron, violaron y saquearon ocupan un lugar de honor en todas las plazas públicas de nuestras capitales mientras que ninguna de nuestras grandes avenidas lleva el nombre de nuestros mártires. Hemos llegado a esta situación debido, en gran parte, a esa fenomenal abdicación de la consciencia histórica.

Entonces, ¿no hay nada que celebrar?
La verdad es que la lucha africana por una autonomía relativa está lejos de haber llegado a su fin. Por tanto, lo urgente no es la celebración. Es preciso iniciar una reflexión importante sobre las razones por las que el proyecto de autodeterminación —por el que muchos se sacrificaron— se ha convertido en el no acontecimiento que es hoy.

¿Qué expectativas tenían los africanos respecto a este proyecto?
Las mismas que tienen hoy, a saber, ser reconocidos como humanos y ser tratados como todos los demás humanos, vivir en su tierra con dignidad, coexistir en armonía con el resto de los seres vivos y heredar el mundo en su conjunto. A fin de cuentas, aspiraciones universales.El nacionalismo anticolonialista tenía como objetivo la rehabilitación de una humanidad envilecida, la reparación cultural, la renovación del mundo y de la humanidad. No se trataba solo de vencer el hambre y la sed o de dar respuesta a necesidades puramente materiales como guardar una parte del fruto de su labor, vender su cacao o su algodón a un precio justo, tener acceso a la sanidad, al agua potable y, quizá, a la electricidad.

Se trataba también de postular nuevos compromisos, de intervenir en el discurso sobre las finalidades de la existencia humana a través del arte y la cultura, de abrir otras potencialidades humanas, de hacer mundo con los otros allá donde, durante mucho tiempo, otros habían adoptado la costumbre de hacer mundo contra nosotros.

Para los occidentales, ¿no alteraban las independencias el orden internacional establecido?
Realmente no. El orden colonial se basaba en el principio de expropiación sin compensación. Tras la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de las potencias europeas comprendieron que, para explotar los pueblos lejanos y mantener el acceso a los recursos necesarios para su expansión, no necesitaban ocupar militarmente sus territorios.

Toda ocupación efectiva y toda administración directa conllevaban no solo gastos, sino también responsabilidades que eran más fácil descargar sobre sicarios locales. Sea cual fuere el caso, ningún Estado africano recién independizado constituía por sí mismo una potencia. Al orden colonial le sucedió rápidamente la Guerra Fría. Mucho más que la descolonización, fue el conflicto Este-Oeste lo que estructuró el nuevo equilibrio internacional.

Usted tenía menos de 3 años durante la independencia de Camerún, su país. Para la «generación de las independencias» a la que usted pertenece, los sesenta años que han pasado, ¿son motivo de orgullo, un desastre o un vaso medio lleno?
Camerún tiene 136 años. Las comunidades endógenas que lo componen son todavía más antiguas. De esos ciento treinta y seis años, más de cincuenta habrán sido desperdiciados. Tras treinta años bajo el protectorado alemán (1884-1914), este país inició un proceso de inmovilismo y de inercia del que no ha salido. Los años 1914-1925 fueron prácticamente perdidos. Tras la división franco-inglesa y la redelimitación de las fronteras, hubo que recomenzar prácticamente todo.

Únicamente tras la Segunda Guerra Mundial, se inició un primer ordenamiento territorial y se realizaron algunas inversiones. Yo diría que, desde 1955 y para oponerse al avance nacionalista, este país se ha precipitado a una trayectoria autoritaria sin salida. Los años Ahidjo (1958-1982) fueron mediocres.

Desde 1982, el autoritarismo ha conducido al estancamiento y debilitamiento en todos los aspectos. El extraordinario potencial bioeconómico está considerablemente desaprovechado. El excepcional dinamismo, saber hacer y capacidades de resiliencia de la población han sido desviados hacia fines de supervivencia. La iniciativa individual está refrenada. Los recursos naturales se venden públicamente, empezando por el patrimonio territorial, los bosques y los yacimientos mineros.

Una guerra tan salvaje como inútil consume las provincias anglófonas. La mayoría de «cerebros» se han marchado del país. Decenas de miles de profesionales se han instalado en el extranjero y el tribalismo está en su cenit.

Durante este período, un déspota muerto viviente preside la canibalización de la sociedad y la zombificación de toda una población. Hay que poner fin a este ciclo autoritario a través de una reforma profunda del Estado e inventar una democracia basada en la fuerza, la energía y la creatividad de las comunidades.

¿Es posible que esta inercia se sustente en la manera en que se alcanzaron las independencias «francófonas»? ¿Fueron otorgadas o conquistadas?
Eso ya no importa. El desafío inmediato es reconstituir las reservas intelectuales, morales, culturales y artísticas necesarias para las luchas actuales y futuras. También lo es reavivar la memoria de las luchas anticoloniales y relanzar, con nuevas condiciones, el proyecto de autodeterminación.

Queramos o no, reactivar esta memoria es necesariamente plantearnos cuestiones molestas. Por ejemplo, ¿por qué, al término de nuestro larga relación con Francia, nos encontramos con Estados que no disponen de sus propias monedas, cuyos ejércitos son controlados por Estados Mayores extranjeros, cuya mayoría de su clase gobernante posee pasaportes extranjeros, propiedades e inmuebles en países no africanos, es evacuada a la mínima alerta a hospitales extranjeros, pasa sus vacaciones en hoteles de Europa a precios dispendiosos, envía a sus hijos a estudiar en instituciones fuera de África y amasa fortunas mal adquiridas en bancos suizos y otros paraísos fiscales?

Evocar esta memoria hoy en día es preguntarse ¿por qué la mayoría de países antiguamente colonizados por Francia son gobernados casi automáticamente por gerontócratas serviles rodeados de una multitud de aduladores y sicarios? ¿Por qué aceptamos desde hace más de medio siglo ser gobernados por personas que no saben administrar las cuentas de una nación, dilapidan el patrimonio territorial despilfarrándolo en el derroche, las vestimentas lujosas, el gusto desenfrenado por bebidas y manjares extraordinarios, en resumen, fastos inútiles?

¿Por qué los fusiles, las balas, el gas lacrimógeno y los vehículos militares que utilizan para reprimir a sus pueblos son de origen francés, al igual que los artefactos que hacen desfilar durante las fiestas nacionales o los uniformes de sus ejércitos? ¿Pueden unos Estados dotados de tales clases gobernantes considerarse «independientes»? ¿Pueden los pueblos que, durante decenios, se doblegan ante similar trato y prefieren hacerse pedazos entre tribus, pretender un porvenir entre las naciones del mundo?

¿En qué aspecto las independencias anglófonas fueron diferentes de las francófonas?
La colonización inglesa no fue idílica. A menudo, los británicos dejaban a su paso polvorines y bombas de relojería en forma de diversos conflictos que avivaron durante el período de dominación. Conflictos religiosos, etnoregionales o territoriales, antagonismos que cayeron sobre los gobiernos postindependencia y originaron, en ocasiones, guerras civiles y riesgos de división territorial como fue el caso en Nigeria y en Sudán.

En sus colonias de población (Sudáfrica, Rodesia y Kenia), se apoderaron de las mejores tierras y erigieron el racismo y la segregación en dogmas, tanto y tan bien que la descolonización terminó siguiendo una trayectoria bastante cruenta.

En otros países como Ghana, Kenia o Tanzania, fueron no obstante bastante más respetuosos con el sufragio popular que los franceses. Kwame Nkrumah, Jomo Kenyatta o Robert Mugabe, por ejemplo, no fueron ejecutados como Um Nyobè y otros.

En cambio, la colonización francesa ha producido entidades que no son repúblicas en el sentido primordial del término. Salvo raras excepciones, los poderes francófonos son formaciones extravagantes, híbridas y sincréticas. Algunas presentan rasgos de tiranías clásicas e incluso antiguas satrapías.

Tras la fina capa de modernidad se esconden combinaciones que van desde el comando colonial a los sultanatos y cacicazgos de antaño, sobre un fondo de patriarcado de un mismo linaje. No se puede definir tal batiburrillo como «Estados bajo tutela» cuya soberanía es considerablemente fragmentaria. Se trata de Estados que, en la prolongación de la lógica colonial, son en realidad máquinas de una guerra de baja intensidad contra la sociedad y contra las comunidades.

Esta situación no es solo el resultado de la acción de Francia o de las fuerzas exteriores. Para producir esta forma de relación social de dominación, Francia y esas otras fuerzas exteriores han necesitado apoyarse en motores y energías ya presentes, en el seno de las sociedades consideradas. Hay que cambiar ese vínculo de fuerzas interna, tan dispendioso como estéril, si queremos acabar con la dependencia sistémica que nos une a Francia.

Es posible que exista un pecado original en esta relación ambigua entre Francia y África. Los líderes «francófilos» de las independencias (Senghor, Houphouet, Ahidjo, Youlou, Mba, etc.) ¿eran marionetas o marionetistas? ¿Quién manipulaba a quién?
Desde la época colonial, la mayor parte de las élites africanas francófonas y las clases dominantes francesas estaban vinculadas porque era necesario crear un pacto de corrupción mutua. Gracias a este dispositivo estructural implementado tras la Segunda Guerra Mundial y renovado siempre que es necesario, la perennidad de los intereses franceses en África está garantizada. Cuando es preciso, Francia no duda en recurrir a intervenciones militares, incluso al asesinato para hacer valer su fuerza y garantizar un apoyo indefectible a sus clientes.

Este sistema de dependencia recíproca está profundamente anclado en las estructuras históricas de desigualdad que una civilidad casi servil esconde sin conseguir, no obstante, atenuar el carácter paternalista y racista en muchos aspectos. No se trata, en tal caso, de manipulación propiamente dicha. Se trata de un paradigma de la dominación en el que la corrupción moral y material, la brutalidad y la sumisión, se viven como formas de intercambio entre desiguales según el principio del don y el contra-don, o incluso de las deudas recíprocas.

Pero lo más importante, bajo mi punto de vista, no es la prevaricación de las élites. Son las transformaciones en curso y lo que presagian porque, entre las nuevas generaciones, muchos vuelven a hablar de panafricanismo. Rechazan abiertamente el franco CFA, hacen un llamamiento al desmoche de las estatuas dedicadas a nuestros conquistadores. De Dakar a Johannesburgo, pasando por Nairobi, intelectuales, escritores y artistas piensan cada vez con más determinación que no se trata solo de «descolonización». Lo que hay que transformar es ese impulso, no en resentimiento anti-francés sino en capacidad de movilización, de organización y de proposición en potencia afirmativa.

¿Debe plantearse la cuestión de la presencia francesa en África?
Desde luego, ya que Francia es, entre todas las potencias europeas, la más implicada en nuestro devenir histórico incluso tras la descolonización. Algunos no se han ido completamente y otros se acercan a pasos agigantados. Las demás potencias tampoco se han marchado completamente. Otras llegan aprisa. Debemos abrir un debate serio sobre China, su papel en la extracción acelerada de nuestros recursos y el vertiginoso crecimiento de nuestras deudas. Pero Francia es un actor plenamente central de nuestro infortunio. Basta con evocar, por ejemplo, el genocidio de los tutsi en Ruanda.

Para muchos, Francia ha estado tan profundamente implicada en la consolidación de la tiranía en África que la llegada de la democracia, el disfrute de las libertades fundamentales y la realización del sueño panafricano solo serán posibles si hay una ruptura radical del vínculo con la antigua potencia colonial. Existe, de hecho, un resentimiento anti-francés que se instrumentaliza incluso en los regímenes que apoya, sobre todo cuando estos intentan cosechar de nuevo un mínimo de legitimidad. Algunos de nosotros llegamos incluso a tratar estas cuestiones con destacadas personalidades francesas, quienes defienden que cada vez que Francia se compromete en asuntos africanos, se la acusa de injerencia y, cuando se desentiende, se la considera sospechosa de complicidad.

¿Y no tienen razón?
Se trata, a mi entender, de una falsa alternativa. Para que eso sea cierto, sería preciso que Francia fuera un actor neutro en el continente. Sin embargo, la codependencia entre Francia y los Estados africanos francófonos es sistémica y multiforme. Desde la época colonial, ha apoyado siempre al Estado en la guerra que mantiene contra la sociedad y las comunidades.

Con la intensificación de la extracción de nuestros recursos naturales, el avance de la urbanización y el inexorable crecimiento demográfico, esta guerra se irá acelerando. Esa es una de las razones por las que las nuevas generaciones tienen razón al exigir que las condiciones de la presencia francesa en nuestro territorio sean renegociadas en favor del progreso de la democracia en África.

Juntos debemos organizar una gran transición. Su objetivo sería una amplia retrocesión del poder a la sociedad y a las comunidades. Es necesario que el nombre de Francia o su posicionamiento dejen de asociarse a la defensa o al blanqueamiento de la tiranía, la corrupción y la brutalidad en el continente. Y que nosotros, africanos, no tengamos ningún pretexto para culparla de todos nuestros infortunios.

¿Percibían las poblaciones africanas a sus dirigentes en igualdad con los occidentales durante las independencias?
Muchos comprendieron muy pronto que se trataba solo del mismo teatro, al menos de los mismos juegos miméticos, las mismas convulsiones y la misma injuria. En este sentido, contamos con una gran tradición crítica que las artes africanas contemporáneas podrían prolongar de manera útil.

Desde 1961, Frantz Fanon lanzaba una advertencia (Les Damnés de la terre[2]). Le seguirán las grandes novelas y ensayos de Ahmadou Kourouma (Le Soleil des indépendances[3], 1968), de Yambo Ouologuem (Le Devoir de violence[4], 1968), de Ayi Kwei Armah (The Beautiful Ones Are Not Yet Born, 1968), de Stanislas Adotevi (Négritude et Négrologues, 1972) y de Sony Lab’ou Tansi (La Vie et demie[5], 1979).

Estos textos no solo son, como se ha dicho a menudo, el reflejo de la decepción. Encontramos en ellos elementos de una verdadera teoría alternativa de la descolonización.

El período de las independencias se caracterizó por asesinatos políticos. ¿Qué impactos tuvieron en el desarrollo y la construcción de las naciones africanas?
El asesinato de líderes nacionalistas que hubieran podido trazar caminos alternativos para sus países ha marcado profundamente el subconsciente colectivo de los pueblos africanos. Ese era además su objetivo principal, a saber, debilitar la voluntad de emancipación infundiendo terror en los espíritus. A menudo, pese a las tentativas oficiales de borrar sus nombres de la historia, el recuerdo de esas grandes figuras de la probidad y la abnegación han quedado grabadas en la memoria popular.

Para relanzar el proyecto de autodeterminación a escala continental, es crucial reconectar con esas figuras y su significado sabiendo que, aunque el carisma es importante, la historia no depende exclusivamente de los «grandes hombres». Una sociedad que no sabe apoyarse mutuamente ni liberar la totalidad de sus fuerzas internas —empezando por las mujeres, los jóvenes y también las ideas— no irá lejos.

Estamos llamados de nuevo a constituirnos en una unidad, producir nuevas ideas e imaginar nuevas formas de acción si debemos vencer la tiranía poscolonial, desfatalizar el futuro y reencantar África.

¿Diría usted que hubo un intento fallido en el momento de las independencias? ¿Hubiera podido África posicionarse de inmediato como una verdadera potencia?
Para África, la única manera de alzarse a la altura del mundo hubiera sido construir su potencia más allá de los pequeños reductos nacionales. Al mantener una multitud de mini Estados con fronteras arbitrarias, sin poder militar, sin una base económica y tecnológica, sin capital cultural y científico y con la soberanía fragmentada, cerró la puerta a otras posibilidades históricas. Por consiguiente, su única opción fue alinearse sobre una u otra gran potencia de la época.

Si queremos avanzar, deberemos, de una forma u otra, salir de lo que yo llamo «el paradigma de Berlín» (la Conferencia de Berlín de 1884 ratificó la división del continente). Deberemos deshacer, de forma consciente y metódica, el principio de intangibilidad de las fronteras heredadas de la colonización y reorganizar el espacio continental sobre otras bases. En tanto en cuanto África no se abra a ella misma, permanecerá inmóvil, presa de la rapacidad de sus élites y la avidez extranjera.

¿Cometió entonces un error al ratificar el pacto de Berlín en 1963?
Al decidir mantener las fronteras heredadas de la colonización, renunciamos objetivamente a la independencia: elegimos consolidar los esquemas territoriales y políticos que las potencias europeas usaron para explotar y saquear el continente mientras lo mantenían en un estado permanente de minoría.

Debemos salir de ese estado de minoración. Pero eso requiere que el continente se abra a sí mismo y que ningún africano ni ninguna persona de descendencia africana sean tratados como un extranjero en África. Por el momento, estamos muy lejos de un Estado federal. África necesita cuatro o cinco Estados insignes que sirvan de motor principal para el desarrollo y la estabilidad regional, y como centros de influencia cultural, intelectual y artística para el continente y sus diásporas. Se debe dar prioridad a la integración regional. Instituciones como el Banco Africano de Desarrollo deberían tener solo una función: la financiación de la integración regional.

A este respecto está usted de acuerdo con el presidente ghanés Nana Akufo-Addo, que declaró: «El destino de todas las personas negras, allá donde estén en el mundo, está ligado a África. Mientras que no se respete a África, no se respetará a los negros».
Desde hace muchos años milito por una modernización coordinada, responsable y metódica de nuestras fronteras. Reitero la llamada a liberar los movimientos, eliminar las fronteras heredadas de la colonización, refundar totalmente la política de visados de un país a otro en el continente y fundar en África un nuevo derecho a la hospitalidad, un nuevo régimen de movilidad.

Debemos poner en marcha un pacto continental sobre migraciones intra-africanas. Necesitamos, de forma inmediata, declarar una moratoria sobre las deportaciones y los desplazamientos forzados. Por último, necesitamos conceder un «derecho de retorno» a aquellas y aquellos africanos o afrodescencientes que así lo deseen.

El mundo está asediado por el espectro de la democracia africana. Si no remodelamos nuestras fronteras internas y no transformamos nuestro continente en un vasto espacio de circulación para sus hijos, Europa nos impondrá las suyas y estas no se detendrán en las orillas del mediterráneo.

Si las independencias fueron un intento fallido o equivocado, ¿cuál es la parte de responsabilidad de las élites africanas de la época?
El colonialismo se basaba en la sangría indefinida de los cuerpos humanos y las riquezas materiales en beneficio de las potencias exteriores. Descolonizar verdaderamente hubiera supuesto acabar, desde el principio, con esta lógica de expropiación sin compensación, guardar en nuestro territorio y hacer fructificar lo mejor de lo que poseemos. Hubiera sido necesario restituir a las comunidades el poder de decidir su propio destino y poner fin a la guerra que el Estado libraba contra la sociedad desde la época colonial.

Dicho esto, hubo varios tipos de experiencias entre 1960 y 1975: los golpes de Estado militares, el militarismo, el partido único, la democracia limitada, el socialismo africano, el liberalismo comunitario, la economía mixta, los nacionalismos y las privatizaciones. Todas ellas agravaron el desequilibrio entre el Estado y las comunidades. Mientras tanto, Malasia, Singapur e incluso China, que estaban al mismo nivel de desarrollo que nosotros en los años 1950-1960, nos dejaron atrás.

¿El desafío actual es también tomar ejemplo de esos países?
En realidad, el modelo del este asiático no tiene ninguna diferencia con el que habrá arruinado la fuerza natural de la tierra, precarizado la biosfera y desequilibrado nuestra relación con el conjunto de lo viviente. Si lo adoptáramos ciegamente en nuestro continente, nos conduciría de manera ineluctable a los mismos efectos, a saber, deforestación, erosión, contaminación atmosférica, agotamiento de los recursos enterrados en las entrañas de nuestro subsuelo y la exterminación masiva de las especies.

China ha elegido el mismo modelo productivista, aleación de eficacia, técnica y brutalidad en la explotación tanto de la naturaleza como de los hombres. Por ello, debemos interrogarnos sobre las modalidades de la presencia de Pekín en África.

Nuestro objetivo debe ser más bien hacer de nuestro continente un lugar habitable, y que las generaciones futuras no sientan el deseo de huir de sus países, de vivir en cualquier sitio del mundo menos en su tierra. Para ello, debemos inventar un modelo de desarrollo totalmente original, que no solo sea sensible a las contingencias propias de nuestros ecosistemas, sino que también abra la puerta a una infinidad de combinaciones potenciales con todas las formas de lo viviente con las que coexistimos.

África debe entrar, de forma voluntaria, en una «gran transición» cuyo objetivo sea proteger y reforzar las capacidades generativas de las comunidades. Por tanto, hay que salir de una relación exclusivamente extractiva y depredadora con el Estado e imaginar una relación que enriquecerá a las comunidades y las permitirá explotar sus ventajas.

Creo en la posibilidad de una democracia de las comunidades. Necesitamos un gran reequilibrio a favor de las clases productivas de la sociedad en detrimento de las clases burocráticas y de la fuerza armada. Mientras no se invierta la relación de fuerza entre el Estado y la sociedad y no advenga una nueva conciencia de clase, nada o muy poco cambiará. Las clases dirigentes y sus aliados dispondrán siempre de una autonomía exorbitante frente a las fuerzas sociales que desean el cambio.

¿Es en ese sentido que usted formula «poner a África de nuevo en pie, sobre sus propias piernas»?
Este año, por ejemplo, más de 122 millones de jóvenes llegan al mercado de trabajo. Dentro de 20 años, unos 450 millones de personas abandonarán las zonas rurales. En vista de las tasas de crecimiento demográfico, estamos en los albores de uno de los éxodos más masivos de los tiempos modernos y no será el resultado de un proceso de industrialización. Debemos organizar de otro modo el espacio continental, invirtiendo en el tejido de pequeñas y medianas ciudades y aboliendo las fronteras internas.

«Poner a África de nuevo en pie sobre sus propias piernas» implica que elaboremos juntos, a pequeña escala, acciones de relocalización de la economía. Que, en ausencia de industrias manufactureras, partamos de nuestros capitales naturales (el aire, el agua y las tierras), nuestra extraordinaria biodiversidad (la energía solar y eólica) y todas nuestras ventajas ecológicas.

Esta nueva economía debe orientarse hacia las necesidades locales, las de primera necesidad. Porque si se satisfacen esas necesidades, podremos restituir a cada uno la dignidad perdida. Rehabilitar el nivel local requiere, por su parte, incentivar las prácticas de resiliencia e innovación tan abundantes en el continente.

¿Habría que cambiar totalmente el modelo de crecimiento?
África ha desarrollado, sobre todo desde el siglo XIX, formas híbridas de organización, tanto en términos de producción como de intercambios. Eso es más bien una fortaleza. Se ha librado en gran medida de la dominación total tanto del capital como del Estado. Por consiguiente, hay que regresar a las comunidades y sus instituciones, a sus memorias y saberes, a su inteligencia colectiva. Sobre todo, hay que aprender de la manera en la que distribuían antaño, y aún hoy, los recursos necesarios para la creación de valor y la autoprocreación humana. Sí, debemos cambiar el modelo de crecimiento en su totalidad y renegociar los propósitos de nuestra existencia terrestre.

¿No se debería más bien evaluar las independencias a la luz de lo que queda por realizar?
De todos es sabido que los africanos y las personas de origen africano no son bienvenidas en ningún lugar del mundo. De nuevo, África necesita una «gran transición» porque junto a la sociedad oficial constituida por jerarquías internas, han existido siempre las «sociedades de iguales», espacios comunes y de lo común donde los recursos se gestionan de forma participativa a través de sistemas contributivos abiertos que no se limitan al impuesto. Estas sociedades de iguales están regidas por el doble principio de mutualidad y negociación social.

La economía considerada informal muestra que muchos actores sociales sienten el profundo deseo de crear algo que sea directamente útil a quienes contribuyen. Estos actores se ganan la vida produciendo valor añadido para el mercado. Más allá del intercambio, lo que importa es favorecer el desarrollo de comunidades productivas.

¿Sigue siendo, pese a todo, optimista respecto a este continente al que considera como un laboratorio donde «las oportunidades de metástasis creadora son las más maduras»?
El realismo exige que nos posicionemos más allá del optimismo y del pesimismo. Para mí, África es al mismo tiempo una reserva de potencias y una potencia en reserva. Debemos reencantarla. Y eso solo será posible si, venciendo la tiranía poscolonial y rompiendo con el fatalismo, aprendemos a ganar de nuevo.

 

Achille Mbembe es profesor de historia y de ciencias políticas en la Universidad de Witwatersrand, en Johanesburgo, Sudáfrica. Es autor de numerosas obras traducidas a múltiples lenguas. Su último libro, Brutalisme (Paris, Editions La Decouverte, 2020), fue escrito antes de la actual pandemia y en él anticipa diversos aspectos de esta.
Artículo publicado originalmente en francés en jeauneafrique.com y traducido al español por Inmaculada Ortiz.

[1] Obra publicada en español por NED Ediciones con el título  «Crítica de la razón negra». (N. de la T.)
[2] Esta obra fue editada en español por Ediciones Txalaparta con el título «Los condenados de la tierra». (N. de la T.)
[3] Esta obra fue editada en español por la Editorial Alpha Decay, con el título «Los soles de las independencias». (N. de la T.)
[4] Esta obra fue editada en español por la Editorial Losada con el título «Deber de violencia». (N. de la T.)
[5] Editado en español por Casa África con el título «La vida y media». (N de la T.)

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