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Hacer converger la lucha contra el racismo y la lucha por la supervivencia de la humanidad

El racismo antinegro en el mundo comenzará a retroceder el día en que África se convierta en su propia fuerza, una potencia en medio de las demás naciones. Por tanto, da igual ser negro americano, negro francés, negro británico o no tener nada que ver con África, porque África atormenta a todas esas personas dondequiera que estén. Imagen: John Cameron en Unsplash

El racismo antinegro en el mundo comenzará a retroceder el día en que África se convierta en su propia fuerza, en una potencia en medio de las demás naciones. Por tanto, da igual ser negro americano, negro francés, negro británico o no tener nada que ver con África, porque África atormenta a todas esas personas dondequiera que estén. Imagen: John Cameron en Unsplash

«Esta violencia no necesita razón ni justificación; es fundamentalmente arbitraria y fundamentalmente impune», defiende el historiador Achille Mbembe.

Achille Mbembe cree que la ampliación del círculo de desaprobación y del duelo tras la trágica muerte de George Floyd es parte de una conciencia planetaria en movimiento. Según él, hay que unir el antirracismo a la acción ecologista.

El historiador y filósofo de origen camerunés vive actualmente en Sudáfrica, y es investigador en la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo. También vivió unos quince años en Estados Unidos donde trabajó como profesor en la Universidad Duke, en Carolina del Norte.

Teórico del poscolonialismo, Achille Mbembe se interesa por la historia y la política africanas, así como por las ciencias sociales. Tiene numerosas publicaciones en su haber, entre las cuales se encuentra su última obra, Brutalisme.

En este resurgimiento de los demonios raciales en Estados Unidos, Mbembe señala la impunidad de la brutalidad infligida a los cabezas de turco y el hecho de que ya no encuentran protección ni en los tribunales ni en la policía.

Al mismo tiempo que advierte contra la creciente militarización de la policía en todo el mundo, el filósofo acoge con satisfacción la creciente diversidad de las protestas contra la violencia policial. Cree que de esta conciencia global debería nacer una convergencia beneficiosa.

Da la impresión de que la historia se repite en Estados Unidos. ¿Cómo es posible que se reproduzca de este modo semejante violencia policial?

Estados Unidos, bajo mi punto de vista, constituye una especie de democracia sacrificial que necesita alimentarse constantemente de la sangre de sus cabezas de turco. Desde su fundación, los negros han sido esos cabezas de turco, es decir, una categoría de la población fundamentalmente golpeada por la ignominia.

Ello quiere decir que la violencia que se les aplica aparece siempre como un accidente, cuando es, en realidad, consustancial a la propia estructura de esta sociedad.

Esta violencia no necesita razón ni justificación; es fundamentalmente arbitraria y fundamentalmente impune. Todo ello explica las recurrentes tragedias como la que hemos visto en las calles de Minneapolis.

La muerte de George Floyd ha tenido una especial repercusión en Estados Unidos e igualmente en todo el mundo. ¿Qué explica este hecho casi global?

En mi opinión, la razón es que ha sido un acto sacrificial que ha tenido lugar en medio de la pandemia mundial de coronavirus. No creo que hubiera sido posible ver semejante movilización si el coronavirus no hubiera magnificado las amenazas a las que todos nos enfrentamos.

De repente, muchos se han dado cuenta de que nadie está a salvo de un trato que, durante mucho tiempo, ha sido reservado exclusivamente a los negros en los sistemas formalmente esclavistas. Hoy por hoy, ni la ley ni el Estado nacional constituyen una protección contra este tipo de amenaza.

Creo que lo que explica el acceso de ira global del que somos testigos es esta universalización que marca una tendencia de la condición negra, unido a la toma de conciencia de que lo que les sucede a los negros puede sucedernos o ya nos ha sucedido a todos.

No es simplemente un acceso de ira, sino también un duelo. Al privar de respirar a esta persona, George Floyd, toda la humanidad pierde algo. Lo hemos visto en las sublevaciones actuales en diversos lugares de Estados Unidos, y también en Europa y en otros lugares del mundo.

¿Cree que esta toma de conciencia de la que usted habla infunda esperanza, especialmente porque las actuales manifestaciones se diversifican y los blancos también participan?

Creo que esta irrupción de la presencia blanca en las tragedias que, durante mucho tiempo, solo han concernido a los negros abandonados a su suerte, es importante. Vemos en ello varios aspectos esperanzadores, pero, claro está, todo dependerá de las capacidades organizativas locales y sobre todo transnacionales, porque el sistema al que nos enfrentamos es un sistema global, transnacional.

Este hecho está también ligado al incremento progresivo de lo que podría definirse como una conciencia global. Vemos emerger esta conciencia gracias a las preocupaciones ecológicas, a la toma de conciencia de que es nuestro planeta quien está amenazado y que el desafío es hacer converger la lucha contra el racismo, la lucha contra la racialización[1] de ciertas categorías de población y la lucha por la supervivencia de la humanidad a través de una nueva relación entre la humanidad y el resto de lo viviente.

«Me gustaría llamar la atención sobre la convergencia de las luchas contra el racismo, el sistema de racialización y la lucha para asegurar nuestra supervivencia en una tierra cada vez más combustible»

 Achille Mbembe

La recurrencia de estos acontecimientos crea una fuerte tensión en las relaciones entre las comunidades negras y los servicios de policía y la justicia. El vínculo de confianza se encuentra socavado…

No se trata únicamente de las comunidades negras. Desde hace más o menos 20 años, la mayoría de la población mundial vive bajo uno u otro régimen de excepción. Esto quiere decir que, cuando contabilizamos la situación de todos los Estados del mundo en la actualidad, observamos que la mayoría vive en un estado de emergencia.

El estado de emergencia ha estado marcado por dos eventos: el primero, evidentemente, lo sucedido en 2001, el deseo de protección y las leyes de seguridad que fueron adoptadas en todas partes en el marco de la lucha contra el terrorismo; el segundo, el estado de emergencia que se ha convertido en sanitario desde la aparición de la covid-19.

Un estado de emergencia que ha dado como resultado, en cierta medida, el desplazamiento de una serie de poderes del lado de la policía y su creciente militarización, no solo en Estados Unidos, sino en todas partes. Con esto quiero decir que la mayor parte de los Estados del mundo, incluidas las democracias, son hoy Estados policiales y, en cualquier caso, Estados donde los dispositivos policiales ocupan un lugar absolutamente central, donde las dinámicas policiales han dado lugar a la emergencia de un antagonismo tajante entre las libertades individuales y públicas de la población y la seguridad del Estado.

Las personas se sublevan precisamente porque parece que ya no hay protección alguna. La ley ya no protege y tampoco lo hace la justicia. Ya no hay refugio ni protección. Los riesgos a los que estas personas están expuestas aquejan al cuerpo hasta sus funciones más elementales como la respiración. Achille Mbembe

Así pues, el fenómeno policial toma en la actualidad formas totalmente letales. Si hablamos de comunidades racializadas[2], estoy completamente seguro de que en la mayor parte de estas comunidades se considera al policía como un delincuente o como un asesino en potencia.

Cuando la relación entre los ciudadanos y la policía llega a este punto, un punto en el que solo se ve a la policía bajo un punto de vista de entuerto, de una mano arrancada durante una manifestación, de toneladas de gas lacrimógeno esparcidas en manifestaciones pacíficas y el despliegue de una violencia generalmente impune. Cuando se llega a ese punto, se produce obviamente una ruptura casi irreversible que debe ser analizada.

Creo que el futuro de nuestra democracia dependerá en parte de las relaciones que se establezcan entre la población y la policía.

Este racismo y la violencia hacia los negros no son exclusivos de Estados Unidos, como parecen demostrar las manifestaciones en todo el mundo, como en Francia.

En mi opinión, hay cuatro grandes matrices del racismo moderno: Caribe, Estados Unidos, Brasil y Sudáfrica. Evidentemente, tras estas cuatro matrices se encuentra la figura de Europa. Usted cita el caso de Francia: durante mucho tiempo, Francia se ha permitido la ilusión de que la esclavitud y la colonización eran asuntos que concernían a otro lugar, a los territorios de ultramar, a las regiones y tierras lejanas […], y que no ocurrían en la metrópoli.

Sin embargo, la novedad hoy es que en este periodo posesclavista y poscolonial, hay minorías raciales que están presentes dentro del territorio metropolitano. Por consiguiente, los riesgos de una americanización de la situación francesa son reales.

Lo vemos a través de cuestiones como la categorización racial, la brutalidad policial, la multiplicación de muertes de personas racializadas en manos de la policía, la representación desproporcionada de minorías racializadas en las instalaciones penitenciarias, las discriminaciones ordinarias que hacen que, poco a poco, una especie de nanoracismo, de racismo cotidiano, se haya convertido en parte integrante de la propia estructura de las relaciones sociales. Por tanto, sí, el racismo antinegro no es exclusivo de Estados Unidos.

¿Cuál es la situación en Sudáfrica, país donde usted vive? Los negros, mayoritarios, son quienes gobiernan actualmente; pero parece que, a pesar de ello, la violencia policial hacia ellos no ha desaparecido. ¿Por qué?

Esta violencia es fundamentalmente económica, es la herencia de siglos de explotación basada en la extracción de riquezas mineras y en la comercialización abusiva de la fuerza de trabajo de los negros. Esas desigualdades no están recogidas en la Constitución, pero sí en los informes económicos: vivienda, nutrición, transporte, educación, salud, etc.

Subsiste una violencia de tipo racista que aqueja a los ciudadanos negros sudafricanos, sobre todo a los pobres, que son brutalizados por la policía. Ha habido especialmente, en este último mes, por lo menos dos casos de masacre contra negros pobres sudafricanos a manos de una policía que también es negra, [bajo] un gobierno dirigido por negros.

Segunda observación: una parte del envilecimiento típico del funcionamiento racista, una parte de la abyección y de la humillación otrora contra los negros sudafricanos se orienta hoy en día hacia los emigrantes procedentes de otros países africanos en busca de refugio o seguridad económica. Los emigrantes que llegan a Sudáfrica, sobre todo los que provienen de otros países africanos son, a mi juicio, los más expuestos a la brutalidad policial en la actualidad en un contexto paradójico de liberación del yugo racial.

Usted escribe en su página Facebook que «el racismo antinegro prospera a costa de una África de rodillas que se somete al yugo combinado de los depredadores internos y externos». ¿Podría explicarnos esto de forma más explícita?

Lo que quería decir es que mientras África no se levante, mientras siga de rodillas y siga siendo objeto de una explotación intensiva y unilateral de sus recursos de todo tipo, todos los negros, todos los descendientes de África, dondequiera que se encuentren, pagarán el precio de este sometimiento.

El racismo antinegro en el mundo comenzará a retroceder el día en que África se convierta en su propia fuerza, en una potencia en medio de las demás naciones. Por tanto, da igual ser negro americano, negro francés, negro británico o no tener nada que ver con África, porque África atormenta a todas esas personas dondequiera que estén.

Usted propone, para los descendientes africanos, una especie de derecho a regresar a África. ¿Cree usted en un retorno masivo de los afroamericanos a su origen, por ejemplo? ¿Sería este proyecto viable?

No creo que sea conveniente ya mismo, pero creo que debemos proyectar nuestra imaginación para, a pesar de todo, soñar con un lugar en esta tierra que, al fin y al cabo, es realmente pequeña; un lugar donde las personas de origen africano no tengan que justificarse, no deban constantemente explicar por qué están ahí, de dónde vienen, cuándo se van a marchar, etc.

Necesitamos imaginar un lugar sobre la faz de la tierra donde sea agradable ser africano, donde sea agradable ser negro, porque no tenemos nada que justificar como habitantes, entre otros, de este planeta. Por ahora, un lugar así solo puede ser África.

Por lo tanto, sería necesario comenzar por dar a todos quienes quieran unir su destino a África, negros o no, la posibilidad de implantarse aquí, de vivir aquí serenamente, sin estar amenazados de perder parte de su cuerpo, tener una rodilla sobre la nuca o ser asfixiado por un policía blanco. Es una proposición totalmente utópica, pero creo que necesitamos utopía en estos tiempos totalmente distópicos.

El historiador y filósofo de origen camerunés vive actualmente en Sudáfrica, y es investigador en la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo. También vivió unos quince años en Estados Unidos donde trabajó como profesor en la Universidad Duke, en Carolina del Norte.

Teórico del poscolonialismo, Achille Mbembe se interesa por la historia y la política africanas así como por las ciencias sociales. Tiene numerosas publicaciones en su haber, entre las cuales se encuentra su última obra, Brutalisme.

Artículo publicado originalmente en francés en Radio-Canada, firmado por Ahmed Kouaou y traducido al español por Inmaculada Ortiz.

 


[1] El término francés es racisation, que se define como el conjunto de discriminaciones y persecuciones basados en criterios raciales.

[2] En francés racisée es la persona que pertenece a uno de los grupos víctimas de racialización. Describe a las personas cuya categoría racial les hace sufrir el impacto del racismo.

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