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En el pasado, África esperó soluciones a las crisis sanitarias, pero ¿será diferente para la COVID-19?

Una investigadora sostiene la vacuna de ARNm contra la COVID-19 en el Centro Nacional de Investigación de Primates de la Universidad de Chulalongkorn, en Tailandia. Imagen: Chaiwat Subprasom_SOPA Images_LightRocket via Getty

Una investigadora sostiene la vacuna de ARNm contra la COVID-19 en el Centro Nacional de Investigación de Primates de la Universidad de Chulalongkorn, en Tailandia. Imagen: Chaiwat Subprasom_SOPA Images_LightRocket via Getty

Por Hailay Gesesew. La Organización Mundial de la Salud (OMS) señaló en una reciente conferencia que “los investigadores están trabajando a una velocidad vertiginosa” para comprender el SARS-CoV-2, el virus que causa la enfermedad coronavirus (COVID-19). También están trabajando en el desarrollo de posibles vacunas, medicamentos y otras tecnologías que sean asequibles y equitativas. En junio de 2020, seis meses después de que se identificara por primera vez, se realizaron miles de ensayos terapéuticos y docenas de estudios de desarrollo de vacunas, en el que se incluye un estudio de vacunas en Sudáfrica y otro en Nigeria.

Como especialista en salud pública y epidemiólogo de enfermedades infecciosas, estoy muy contento e impresionado de ver una actividad de investigación masiva para aliviar el sufrimiento humano de esta desconcertante enfermedad. No obstante, como africano, no puedo evitar preguntarme, ¿cuándo estarán disponibles estos tratamientos o vacunas para los africanos en suelo africano? ¿Se verá África beneficiada ante la “velocidad vertiginosa”, la “asequibilidad” y la “equidad”?

Es cierto que los países africanos están haciendo sus propios esfuerzos para luchar contra la pandemia. Por ejemplo, la República Democrática del Congo (RDC) está aprovechando la investigación y experiencia contra el Ébola para hacer frente al COVID-19. Namibia está trabajando arduamente en una estrategia de prueba, asilamiento y tratamiento. Mientras tanto, Nigeria está convirtiendo los hospitales en centros de tratamiento de COVID-19 y está solicitando ayuda a enfermeros voluntarios para colmar la brecha de profesionales de la salud. La OMS también está apoyando la labor de COVID-19 en la región de África, en particular en lo que respecta a la logística y la capacidad de los expertos sanitarios y multidisciplinarios.

Sin embargo, la historia de las enfermedades pandémicas o epidémicas no es alentadora. Nos ha mostrado que los tratamientos y las vacunas solo han sido accesibles a los países africanos después de la pérdida de millones de vidas y normalmente años, a veces décadas, después de que los países desarrollados se hayan beneficiado de ellos. Esto se debe principalmente a que los tratamientos y las vacunas para la mayoría de las enfermedades se producen en los países occidentales y son muy costosos para los países africanos. Esto sigue siendo en gran medida la principal barrera para el acceso a los tratamientos y vacunas.

Qué nos dice la historia

Los plazos, la asequibilidad y la equidad de la prestación de servicios para el tratamiento de la tuberculosis (TB) y el VIH confirman el punto anterior.

En 1882, el científico Robert Koch descubrió la Mycobacterium tuberculosis, la bacteria que causa la tuberculosis. La TB se convirtió en una enfermedad epidémica en África una década más tarde y sigue siendo una amenaza para la salud pública en el continente. En 2016, hubo 2,5 millones de infecciones y 420 000 muertes.

En 1944 se introdujo el tratamiento de la TB en los EE. UU. y Europa, pero África solo empezó a recibir el tratamiento a principios de los años 70, casi tres décadas después. El coste de los medicamentos era muy elevado y los países africanos no podían permitirse el lujo de importarlos.

Lo mismo ocurrió con la vacuna de la tuberculosis, BCG. Los bebés europeos y americanos empezaron a recibirla en la década de los veinte, mientras que los sudafricanos tuvieron que esperar más de 50 años. La vacuna era demasiado cara y los donantes internacionales precisaban varios años para conseguir apoyo por motivos políticos y económicos.

Del mismo modo, la terapia antirretroviral (TARV) para el VIH llegó a África a principios del siglo XXI, aproximadamente una década después de que estuviera disponible en el Occidente. Para ese entonces, el problema había empeorado notablemente, a pesar de los esfuerzos de prevención. La tasa de mortalidad en los años 90 era de 100 a 200 por cada 100 000 habitantes en África, mientras que en Europa era de solo 5 a 10 por cada 100 000 habitantes. En 2018, se infectaron 25,7 millones de personas con el VIH y murieron 0,47 millones de africanos.

Finalmente, el precio de los medicamentos de la TARV disminuyó debido a una mayor demanda, un incremento de los proveedores y la disponibilidad de medicamentos genéricos.

En 2010, se puso en marcha en los Estados Unidos una estrategia de detección y tratamiento del VIH y seis años después se llevó a cabo en algunas regiones de África. Los programas de “Test-and-treat” (Detección y Tratamiento) todavía no están disponibles en todos los países africanos debido a la deficiente infraestructura, la escasez de profesionales capacitados entre otras razones. La TARV sigue siendo costosa para los países africanos, pero ha recibido el apoyo de donantes internacionales. Algunas organizaciones no gubernamentales que fueron cruciales para la estrategia de tratamiento la están dejando en manos de los gobiernos locales.

Por lo general, los tratamientos y las vacunas para casi todas las enfermedades se desarrollan fuera de África y tardan años en llegar a los países de bajos ingresos, que inicialmente no pueden costearlos. Cuando llegan pueden surgir otros problemas, como la falta de infraestructura para distribuir los tratamientos y entregar las vacunas y la falta de trabajadores sanitarios cualificados para prestar la atención. Es posible que las personas necesitadas no utilicen ampliamente los servicios disponibles, dado que la prestación de atención sanitaria moderna y tradicional no siempre se integra de forma que mejore el comportamiento hacia la búsqueda de ayuda sanitaria.

Obstáculos restantes

Además del largo y complejo proceso de investigación de los ensayos, hay varios factores que complican el acceso a los futuros tratamientos y vacunas de COVID-19.

En primer lugar, los donantes de los propios países africanos se ven sumamente afectados por el virus y muchos de ellos están al borde de una profunda recesión económica, por no decir de una crisis. Por consiguiente, es posible que no puedan contribuir fácilmente en el apoyo directo a los sistemas sanitarios africanos, en la subvención de medicamentos o el fortalecimiento de las asociaciones existentes entre países e instituciones.

En segundo lugar, la retirada del apoyo financiero de los Estados Unidos a la OMS, uno de los principales contribuyentes de África, tendrá un impacto significativo en la situación. Los aliados de los Estados Unidos también podrían revisar su contribución y desestabilizar así la institución. Además, podría haber una desvinculación entre los académicos estadounidenses y la OMS, lo que perjudicaría a África.

En tercer lugar, muchos gobiernos africanos no pueden pagar el coste de la vacuna COVID-19.

En cuarto lugar, existen conflictos en curso y desplazamientos de personas en la región, lo que dificultará el acceso.

En quinto lugar, la región tiene una infraestructura deficiente y una escasez de trabajadores de la salud para distribuir tratamientos o vacunas.

Por consiguiente, para manejar la crisis de COVID-19, África debe aprender de la historia del VIH, la TB y otros brotes. No se debe repetir la introducción tardía de tratamientos y vacunas y los países deben hacer primero todo lo que puedan para prevenir la crisis.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señaló en una reciente conferencia que “los investigadores están trabajando a una velocidad vertiginosa” para comprender el SARS-CoV-2, el virus que causa la enfermedad coronavirus (COVID-19). También están trabajando en el desarrollo de posibles vacunas, medicamentos y otras tecnologías que sean asequibles y equitativas. En junio de 2020, seis meses después de que se identificara por primera vez, se realizaron miles de ensayos terapéuticos y docenas de estudios de desarrollo de vacunas, en el que se incluye un estudio de vacunas en Sudáfrica y otro en Nigeria.

Como especialista en salud pública y epidemiólogo de enfermedades infecciosas, estoy muy contento e impresionado de ver una actividad de investigación masiva para aliviar el sufrimiento humano de esta desconcertante enfermedad. No obstante, como africano, no puedo evitar preguntarme, ¿cuándo estarán disponibles estos tratamientos o vacunas para los africanos en suelo africano? ¿Se verá África beneficiada ante la “velocidad vertiginosa”, la “asequibilidad” y la “equidad”?

Es cierto que los países africanos están haciendo sus propios esfuerzos para luchar contra la pandemia. Por ejemplo, la República Democrática del Congo (RDC) está aprovechando la investigación y experiencia contra el Ébola para hacer frente al COVID-19. Namibia está trabajando arduamente en una estrategia de prueba, asilamiento y tratamiento. Mientras tanto, Nigeria está convirtiendo los hospitales en centros de tratamiento de COVID-19 y está solicitando ayuda a enfermeros voluntarios para colmar la brecha de profesionales de la salud. La OMS también está apoyando la labor de COVID-19 en la región de África, en particular en lo que respecta a la logística y la capacidad de los expertos sanitarios y multidisciplinarios.

Sin embargo, la historia de las enfermedades pandémicas o epidémicas no es alentadora. Nos ha mostrado que los tratamientos y las vacunas solo han sido accesibles a los países africanos después de la pérdida de millones de vidas y normalmente años, a veces décadas, después de que los países desarrollados se hayan beneficiado de ellos. Esto se debe principalmente a que los tratamientos y las vacunas para la mayoría de las enfermedades se producen en los países occidentales y son muy costosos para los países africanos. Esto sigue siendo en gran medida la principal barrera para el acceso a los tratamientos y vacunas.

Qué nos dice la historia

Los plazos, la asequibilidad y la equidad de la prestación de servicios para el tratamiento de la tuberculosis (TB) y el VIH confirman el punto anterior.

En 1882, el científico Robert Koch descubrió la Mycobacterium tuberculosis, la bacteria que causa la tuberculosis. La TB se convirtió en una enfermedad epidémica en África una década más tarde y sigue siendo una amenaza para la salud pública en el continente. En 2016, hubo 2,5 millones de infecciones y 420 000 muertes.

En 1944 se introdujo el tratamiento de la TB en los EE. UU. y Europa, pero África solo empezó a recibir el tratamiento a principios de los años 70, casi tres décadas después. El coste de los medicamentos era muy elevado y los países africanos no podían permitirse el lujo de importarlos.

Lo mismo ocurrió con la vacuna de la tuberculosis, BCG. Los bebés europeos y americanos empezaron a recibirla en la década de los veinte, mientras que los sudafricanos tuvieron que esperar más de 50 años. La vacuna era demasiado cara y los donantes internacionales precisaban varios años para conseguir apoyo por motivos políticos y económicos.

Del mismo modo, la terapia antirretroviral (TARV) para el VIH llegó a África a principios del siglo XXI, aproximadamente una década después de que estuviera disponible en el Occidente. Para ese entonces, el problema había empeorado notablemente, a pesar de los esfuerzos de prevención. La tasa de mortalidad en los años 90 era de 100 a 200 por cada 100 000 habitantes en África, mientras que en Europa era de solo 5 a 10 por cada 100 000 habitantes. En 2018, se infectaron 25,7 millones de personas con el VIH y murieron 0,47 millones de africanos.

Finalmente, el precio de los medicamentos de la TARV disminuyó debido a una mayor demanda, un incremento de los proveedores y la disponibilidad de medicamentos genéricos.

En 2010, se puso en marcha en los Estados Unidos una estrategia de detección y tratamiento del VIH y seis años después se llevó a cabo en algunas regiones de África. Los programas de “Test-and-treat” (Detección y Tratamiento) todavía no están disponibles en todos los países africanos debido a la deficiente infraestructura, la escasez de profesionales capacitados entre otras razones. La TARV sigue siendo costosa para los países africanos, pero ha recibido el apoyo de donantes internacionales. Algunas organizaciones no gubernamentales que fueron cruciales para la estrategia de tratamiento la están dejando en manos de los gobiernos locales.

Por lo general, los tratamientos y las vacunas para casi todas las enfermedades se desarrollan fuera de África y tardan años en llegar a los países de bajos ingresos, que inicialmente no pueden costearlos. Cuando llegan pueden surgir otros problemas, como la falta de infraestructura para distribuir los tratamientos y entregar las vacunas y la falta de trabajadores sanitarios cualificados para prestar la atención. Es posible que las personas necesitadas no utilicen ampliamente los servicios disponibles, dado que la prestación de atención sanitaria moderna y tradicional no siempre se integra de forma que mejore el comportamiento hacia la búsqueda de ayuda sanitaria.

Obstáculos restantes

Además del largo y complejo proceso de investigación de los ensayos, hay varios factores que complican el acceso a los futuros tratamientos y vacunas de COVID-19.

En primer lugar, los donantes de los propios países africanos se ven sumamente afectados por el virus y muchos de ellos están al borde de una profunda recesión económica, por no decir de una crisis. Por consiguiente, es posible que no puedan contribuir fácilmente en el apoyo directo a los sistemas sanitarios africanos, en la subvención de medicamentos o el fortalecimiento de las asociaciones existentes entre países e instituciones.

En segundo lugar, la retirada del apoyo financiero de los Estados Unidos a la OMS, uno de los principales contribuyentes de África, tendrá un impacto significativo en la situación. Los aliados de los Estados Unidos también podrían revisar su contribución y desestabilizar así la institución. Además, podría haber una desvinculación entre los académicos estadounidenses y la OMS, lo que perjudicaría a África.

En tercer lugar, muchos gobiernos africanos no pueden pagar el coste de la vacuna COVID-19.

En cuarto lugar, existen conflictos en curso y desplazamientos de personas en la región, lo que dificultará el acceso.

En quinto lugar, la región tiene una infraestructura deficiente y una escasez de trabajadores de la salud para distribuir tratamientos o vacunas.

Por consiguiente, para manejar la crisis de COVID-19, África debe aprender de la historia del VIH, la TB y otros brotes. No se debe repetir la introducción tardía de tratamientos y vacunas y los países deben hacer primero todo lo que puedan para prevenir la crisis.

Hailay Gesesew es investigador del NHMRC (Salud Pública), Universidad Flinders. El Dr. Hailay Abrha Gesesew es el investigador principal de un proyecto patrocinado por el Cosnsejo Nacional de Salud e Investigación Médica de Australia (NHMRC). Las opiniones expresadas en este artículo de opinión son sólo del autor, no necesariamente del patrocinador.

Artículo originalmente publicado en inglés en The Conversation y traducido al español con la colaboración de Casa África. Traducción realizada por Cixi Chung Ojeda Armas.

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