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El mundo de la cooperación es racista

"El hombre blanco sigue pensando que es el único en condiciones de salvar a la humanidad. Todavía hoy mantiene el control de los recursos y el diseño de las políticas de cooperación y ayuda humanitaria", dice Chema Caballero. Imagen: Justo García Añón

"El hombre blanco sigue pensando que es el único en condiciones de salvar a la humanidad. Todavía hoy mantiene el control de los recursos y el diseño de las políticas de cooperación y ayuda humanitaria", dice Chema Caballero. Imagen: Justo García Añón

Por Chema Caballero. Hace tiempo, un amigo me contó que en mitad de un conflicto bélico en un país africano, cuando los rebeldes sitiaron la capital, los responsables de la organización humanitaria para la que trabajaba fueron evacuados. Siguieron dirigiendo los proyectos desde el hotel de un país vecino donde habían sido acomodados. Él continuaba en el terreno y junto a otros trabajadores locales se aseguró de que las personas desplazadas con las que trabajaban no vieran interrumpida la ayuda que recibían. Todos los días mantenía interminables conferencias con sus jefes y tuvo que escribir diariamente largos informes para mantenerlos informados de todos los detalles. Al marcharse, los europeos habían cerrado la oficina por lo que él tuvo que trabajar desde la habitación en la que vivía, utilizando su propio ordenador, sin un acceso a internet adecuado y soportando los continuos cortes de luz que experimentaba la ciudad. Además, debía sortear la situación de peligro y riesgo para la propia vida que toda guerra supone y sobreponerse a la angustia y preocupación por su familia atrapada tras las líneas de las fuerzas rebeldes y de la que llevaba meses sin recibir noticias. Casi dos meses después, cuando las tropas británicas desembarcaron en el país y la situación se estabilizó, los expatriados regresaron y volvieron a asumir sus funciones. Él se quejó de las condiciones en las que había tenido que llevar adelante el trabajo para mantener activa a la organización. Los blancos junto a sus abultados sueldos recibían un plus de peligrosidad por trabajar en aquel país. Él, negro, no tenía nada por el estilo y su salario no le daba para mantener de forma digna a su familia, por eso había tenido que dejarla en el pueblo con sus padres. Su protesta nunca fue escuchada y lo único que consiguió fue que lo despidieran.

Hace pocos días, mi amigo me envió un enlace a un artículo con un mensaje en el que decía: “Más de veinte años después poco ha cambiado”. El link conducía a un artículo titulado We need to talk about racism in the aid sector. En él, de forma anónima, varios trabajadores humanitarios nigerianos se quejan de las grandes diferencias en sueldos y condiciones laborales con respecto a sus colegas expatriados. Parten de la muerte de varios compañeros que “habían vivido en condiciones básicas, obligados a alquilar alojamientos destartalados a los locales. Por la noche, dormían en colchones colocados en el suelo. Tenían acceso solo a baños al aire libre. No tenían una oficina desde la cual archivar informes, acceder a Internet o hacer tareas de administración que era una parte necesaria de su trabajo”. A continuación, explican que tales condiciones no son infrecuentes entre los trabajadores humanitarios locales y, basándose en su propia experiencia, concluyen que conocen bien que “un trabajador europeo nunca es obligado a vivir en tales condiciones. Sus organizaciones habrían construido un complejo (o lo que sea habitual en el área) con acceso a ordenadores, internet y equipos de oficina”.

Podemos afirmar que el sector humanitario no está exento del racismo. “La supremacía blanca prevalece en el sector de la ayuda. La gran mayoría de los jefes de organizaciones y puestos de alto nivel están ocupados por personas blancas, en su mayoría hombres”, se lee en otro artículo aparecido el 15 de junio en The Guardian: The aid sector must do more to tackle its white supremacy problem.

El hombre blanco sigue pensando que es el único en condiciones de salvar a la humanidad. Todavía hoy mantiene el control de los recursos y el diseño de las políticas de cooperación y ayuda humanitaria, porque desconfía de los agentes locales. Transferir estos aspectos equivaldría a perder su poder y su posición de superioridad. Por eso es difícil dar pasos firmes hacia la localización de los proyectos. Lo que significaría aumentar el papel de los agentes nacionales, así como otorgar mayor valor a la experiencia y el conocimiento local, que incluye el dominio de la lengua, la cultura, la filosofía, las costumbres y tradiciones del terreno que se pisa.

El Gran Pacto que se firmó en la Cumbre humanitaria de Estambul en 2016 quiso subsanar este aspecto, pero cuatro años después la forma de llevar a cabo la cooperación internacional prácticamente no ha experimentado ningún cambio. Las decisiones se siguen tomando en los despachos de Occidente, el dinero es controlado por los trabajadores blancos de las organizaciones y los nacionales siguen implementando las ordenes recibidas sin que sus condiciones laborales hayan mejorado o sus opiniones realmente cuenten. No se ha dado el paso a trabajar con las estructuras locales como se decidió en aquel acuerdo. El informe From the ground up: It’s about time for local humanitarian action que Humanitarian Policy Group publicó en mayo de este año viene a reafirmar esta impresión y aporta evidencias que explican que el sistema humanitario internacional no ha vivido ninguna evolución significativa en la transferencia de fondos y poder a los actores locales en los últimos años.

Las excusas ofrecidas para ello son muchas. Entre ellas destacan algunas como que los donantes no están dispuestos a financiar organizaciones locales directamente, que los trámites burocráticos dificultan la asociación con ellas o que no hay fondos suficientes para el desarrollo significativo de capacidades (a pesar de que las grandes organizaciones llevan décadas invirtiendo en ello). Pero quizás, lo que de verdad subyazca aquí sea el racismo que sigue condicionando tanto nuestras acciones, que no nos permite fiarnos de los africanos, a los que seguimos viendo como sujetos necesitados de nuestra ayuda para su salvación o como niños a los que tenemos que tutelar para que no nos organicen una nueva pifia. Solo nosotros, los blancos, sabemos lo que es bueno para ellos.

Puede que esto sea una de las muchas aristas de la actitud que algunos han llamado ‘El complejo de salvador blanco’. Con él se refieren a esa necesidad imperiosa que sienten algunos de ayudar a todo aquel no-blanco desde una posición de superioridad moral. Detrás de esta actitud están siglos de racismo sistemático y herencia colonial. Y por eso, como bien afirmaba mi amigo, tantos años después poco ha cambiado, ni cambiará porque un grupo de actores claves en el mundo de la cooperación no están dispuestos a perder sus privilegios.

Chema Caballero es  coordinador de la ONG DYES, bloguero y cooperante. Nacido en Castuera, Badajoz, en 1961 es licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Derechos humanos y resolución de conflictos, por la Long Island University de Nueva York.

 

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