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El COVID-19 derriba el mito sobre la competencia entre el “Primer” y “Tercer” mundo

 La experiencia del COVID-19 puede desencadenar nuevos planteamientos en el "Tercer Mundo". La función más básica de un gobierno es proteger la seguridad de sus ciudadanos. Asegurar la salud de las personas es una garantía de seguridad igual de importante que protegerlas de la violencia.

La experiencia del COVID-19 puede desencadenar nuevos planteamientos en el "Tercer Mundo". La función más básica de un gobierno es proteger la seguridad de sus ciudadanos. Asegurar la salud de las personas es una garantía de seguridad igual de importante que protegerlas de la violencia. ©Garafina Sensada Boixader

Uno de los prejuicios más arraigados del planeta, y de África, se está derrumbando con el modo en que los países están abordando el COVID-19.

Hasta donde alcanza la memoria de cualquiera, todos hemos “sabido” que los países del “Primer Mundo” – Europa Occidental y América del Norte – son mucho mejores ofreciendo calidad de vida a sus ciudadanos que los pobres e incapaces estados del “Tercer Mundo”. El “Primer Mundo” se ha convertido en abreviatura de aptitud, sofisticación y los más altos estándares políticos y económicos.

Tan arraigado está esto que incluso los detractores del “Primer Mundo” lo asumen como tal. Podrían argumentar que es así a base de haber explotado al resto del mundo, o que, moral y culturalmente, no es superior. Pero nunca cuestionan que sepa cómo ofrecer (a algunas personas) una mejor calidad de vida. Los africanos y otros ciudadanos del “Tercer Mundo” aspiran a ser como el “Primer Mundo”, y a vivir en él, porque eso significa vivir mejor.

Así, cabría esperar que los sistemas de salud de vanguardia del “Primer Mundo”, impulsados por sus conscientes y empoderados ciudadanos, gestionaran el COVID-19 con relativa facilidad, dejando al resto del planeta lidiar con los horrores de sistemas de salud colapsados y fosas comunes.

Hemos visto todo lo contrario.

Errores fatales

El “Primer mundo” a menudo se refiere a países gobernados por europeos o personas de ascendencia europea; algunos de los peores gestores sanitarios de las últimas semanas han sido del “Primer Mundo”. Para los africanos angloparlantes, resulta doblemente interesante que dos de los mayores fracasos en gestión del COVID-19 sean los del pasado colonizador, Gran Bretaña, y la superpotencia de habla inglesa, los Estados Unidos de América.

Los gobiernos de ambos países prácticamente han cometido todos los errores posibles en la gestión del COVID-19.

Ignoraron el peligro. Cuando se vieron obligados a actuar, lanzaron mensajes contradictorios a la población, que alentaron a muchos a actuar propagando la infección. Tampoco se hicieron los test necesarios para contener el virus. Ambos fracasaron en proveer a los hospitales y trabajadores sanitarios el material adecuado, provocando muchas muertes innecesarias.

El fracaso ha sido político. Estados Unidos es el único país rico que carece de sistema nacional de salud. La oposición de derechas aguó el intento del ex presidente Barack Obama de ofrecer una atención sanitaria asequible y el actual presidente y su partido han terminado de destriparlo. Y el  aclamado Servicio Nacional de Salud de Gran Bretaña se ha debilitado a base de recortes económicos. Ambos gobiernos han fracasado luchando a tiempo contra el virus porque tenían otras prioridades.

Y, sin embargo, en Gran Bretaña, el índice de popularidad del gobierno es altísimo y se prevé que gane cómodamente las próximas elecciones. El presidente de EE. UU. va por detrás en las encuestas, pero está lo suficientemente reñido como para considerar su reelección como una seria posibilidad. ¿Puede haber algo más tercermundista que el hecho de que los ciudadanos apoyen a un gobierno cuyas medidas han costado miles de vidas?

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Países de Europa occidental como España, Italia y Francia, el otro principal colonizador de África, también han luchado por contener el virus. Algunos países europeos se han enfrentado a él razonablemente bien, al igual que otros dirigidos por descendientes europeos como Nueva Zelanda y Australia. Pero los más eficaces no pertenecen al histórico “Primer Mundo”.

Respuestas efectivas

La respuesta más efectiva ha sido probablemente la de Corea del Sur, seguida de otros estados y territorios de Asia Oriental. Esto se debe en parte a que están acostumbrados a lidiar con brotes de coronavirus. Pero también a que han aprendido de la experiencia: el éxito de Corea del Sur se debe a una gran eficacia efectuando pruebas y seguimiento de los infectados. Pero, por la razón que sea, ha sido Asia Oriental, y no “Occidente”, quien ha hecho lo que se esperaba del “Primer Mundo”.

Algunos alegarían que Asia Oriental se ha convertido ahora en el “Primer Mundo”. Que, de este modo, sigue siendo superior; con un mero cambio de domicilio. Resulta discutible. Pero, incluso dándolo por válido, otros territorios han conseguido contener el virus en condiciones claramente “tercermundistas”.

Kerala fue el primer estado indio al que llegó el virus, pero ha conseguido que su mortalidad se reduzca a tres casos. Había frenado en gran medida el COVID-19, pero ahora lidia con casi 200 infectados, todos provenientes de otras zonas de la India. A juzgar por su historial, también podrá contener este brote.

Kerala también ha aprendido de la gestión de epidemias previas. También tiene un sistema sanitario fuerte. Pero una de sus medidas clave ha sido la participación ciudadana: ha trabajado con vigilancia vecinal y voluntarios para el rastreo de contactos de los infectados. Captaron estudiantes para construir casetas en las que hacer tests a los ciudadanos. Y también tuvo la capacidad de garantizar las comidas a todos los niños de comedores escolares tras el cierre de los centros: en su mayoría bajo la responsabilidad de organizaciones no gubernamentales; haciendo hincapié en la alianza entre el gobierno y los ciudadanos.

La eficiencia de Kerala no es casualidad: durante años, ha contado con mejores resultados de salud y tasas de alfabetización que el resto de la India.

Tampoco la respuesta de África ante el virus confirma prejuicios. Cuando el COVID-19 comenzó a extenderse, se convirtió casi en una rutina para los reportajes, comentarios, – y Melinda Gates que dirige junto a su marido Bill su Fundación de Desarrollo – la predicción de que África se vería envuelta en mortalidad a medida que el virus fuera destruyendo sus débiles sistemas sanitarios. Al fin y al cabo, esto es lo que cabe esperar del “Tercer Mundo” y particularmente de África, que es siempre considerado el continente menos capaz del planeta.

Hasta ahora, no ha sucedido. Todavía podría, pero, incluso si lo hace, algunos países están respondiendo mejor de lo que declaraban las catastróficas predicciones (y, tal vez, mejor que el “Primer Mundo”). Uno de los más destacados es Senegal, que ha creado una prueba de menor coste para detectar el virus y ha utilizado la impresión 3D para producir ventiladores a una fracción de su precio. También África había experimentado brotes recientes, especialmente de ébola, y parece haber aprendido valiosas lecciones de ello.

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Inspirador

El “Primer Mundo” sigue siendo mucho más rico que el resto del planeta y esto bien podría quedarse así. Por lo tanto, sus políticos, académicos y periodistas probablemente seguirán creyendo que son mejores que el resto.

Pero la experiencia del COVID-19 puede desencadenar nuevos planteamientos en el “Tercer Mundo”. La función más básica de un gobierno es proteger la seguridad de sus ciudadanos. Asegurar la salud de las personas es una garantía de seguridad al menos igual de importante que protegerlas de la violencia.

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Cualquier persona sensata seguramente preferiría vivir en Kerala o Senegal (o Asia Oriental) en este momento, que en Europa o América del Norte, lo cual plantea obvias dudas a cerca de quién ofrece realmente una mejor calidad de vida.

Esto debería inspirar a los africanos y a otros ciudadanos del “Tercer Mundo” a preguntarse si tiene sentido querer ser como Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia. El COVID-19 propone un sólido argumento para querer ser como Asia Oriental o, dadas las circunstancias de África, como Kerala.

 es profesor de Estudios Políticos, University of Johannesburg.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Conversation y publicado en español gracias a la colaboración de Casa África.

 

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