Historia, Letras

Cuatro de la misma cuerda

#LetrasAfricanas

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Por Pedro Suárez. Aunque estos cuatro grandes de las letras africanas -en sentido amplio, universales diría yo- no necesitan presentación, acerco en este texto sus semblanzas a través de fragmentos de sus propias obras. Fragmentos que me he atrevido a traducir al español por el puro placer de compartir la maravilla de sus historias…

Armand Gauz, Costa de Marfil

Armand Gauz, Costa de Marfil

El primero es Armand Gauz

¿Quién es Armand Gauz? ¿Quién mejor que él mismo para contestar?

Lo hace al final de su primera novela Debout Payé, a punto de publicarse en español con el título: De pie firme Cobrar:

         “Armand Patrick Gbaka-Brédé es mi nombre completo en el registro civil, el nombre que han elegido para mí.

         Gauz es un diminutivo de Gauzorro, declinación ancestral de Gbaka, el nombre que he elegido para mí.

         Nací el 22 de marzo de 1971, un lunes por la mañana mojado por las primeras lluvias tropicales de la estación de las lluvias. El acontecimiento tuvo lugar en el hospital central del Plateau en Abiyán, alrededor de las 9, hora de los atascos en la capital.

         A los 4 años, mi padre, maestro, no se sentía muy feliz en su condición social y se marchó para Francia con su mujer, mi madre, y su último hijo, mi hermano menor. Volvieron cinco años después: padre banquero, madre enfermera puericultora, hermanito desorientado al ver tantos negros por las calles. Durante ese tiempo estuve rodando entre tutores hasta el punto de convertirme en un gran especialista de la composición rápida de “familias desechables”. El internado en un colegio católico para chicos me permitió perfeccionar mi técnica hasta el punto de poder prescindir de la familia hasta el bachillerato en 1990.

         En la universidad, los orientadores me echaron al CBG, tronco común de Química, Biología, y Geología, algo así como una clase preparatoria sin llevar el nombre. Fui un alumno brillante durante los dos primeros años. Hasta el punto de obtener una beca para cursar estudios de medicina veterinaria en Maisons-Alfort. Pero esa idea de curar perros y gatos de “blancas viejas” faltas de cariño me asqueó. Para el mayor horror de mi entorno y de toda la facultad, me negué a marcharme de Abiyán. ¡Eso no se hace, desistir de ir a Francia, y además, con todos los gastos de estudios pagos! Para todos, quedó claro que los hechiceros me habían hecho un maleficio terrible. Sobre todo que no tenía oficialmente gran cosa que hacer después de mi tesina de licenciatura en bioquímica.

         Me encantó  no tener “nada que hacer” durante los cinco años siguientes. Durante ese periodo, para no asustar más de la cuenta a mis padres, dije que iría a Francia para continuar mis estudios de bioquímica. Tuve que cumplir mis promesas en un determinado momento. Así fue como conseguí matrícula para París 7 Jussieu y, en agosto de 1999, aterricé en París con visado turístico de tres meses. Lo primero que conocí en Francia, fue su administración. El tiempo pasa muy rápido, tres meses no es nada cuando se quiere transformar un visado turístico en visado estudiante. Así que pronto me encontré en la situación de “estudiante sin-papeles”, lo que para un funcionario de la prefectura significa un “sin-papeles”, sencillamente.

         Había recorrido tantos entresijos de la administración, examinado detalladamente tantos textos de ley, visto tantas asociaciones de “defensa de sin-papeles” que cuando la mujer (una francesa) con la que vivía se quedó embarazada, pasé del estatus de “sin-papeles” al de ciudadano francés en menos de dos meses. Me siento orgulloso de haber tenido uno de los “permisos de estancia” más breves de la Historia.

         A partir de ese momento, cito sin ton ni son todo cuanto he hecho hasta el día de hoy. Se puede ordenar en tres categorías:

         1. Hacerse el tonto (por aquello de “dame pan y dime tonto”)

         2. Hacer arte

         3. Comprometerse

         Un juego podría consistir en adivinar en cuál de esas categorías pondrías las siguientes actividades. Ciertas actividades pueden estar en varias categorías. Ojo con las trampas. Todos tenemos nuestras contradicciones.

         – Hotliner (“técnico de soporte al usuario” como se dice en francés) para programas o dispositivos informáticos;

         – Agente de seguridad para conciertos de música electrónica;

         – Encuestador para la producción de una película en los ambientes marfileños de París;

         – Guionista y dialoguista de Après l’océan, (Más allá del mar), película de Eliane de Latour. Existe un DVD en algunas videotecas especializadas (en particular, una ubicada en la avenida Parmentier hacia la estación de metro Goncourt);

         – Reportero (foto y vídeo) para una banda de altermundistas;

         – Militante pro Internet Libre en África;

         – Acompañador de sin-papeles a la prefectura de policía;

         – Consultor ante la OIF (Organización Internacional de la Francofonía) para los guiones y expedientes de financiación de películas para las televisiones africanas;

         – Baby-sitter;

         – Fotógrafo de candidato a la presidencia de la República de Costa de Marfil;

         – Vigilante para una cadena de tiendas de perfumería;

         – Realizador de cortos (Quand Sankara…, L’année du Piver, Skully, Le D3 tu ne traverseras pas);

         – Estudios sobre el Arte Moderno y viajes para el guión del documental Mbédé BM, metamorfosis de un relicario;

         – Jardinero en casas del oeste de París;

         – Maestro Jedi para jóvenes fotógrafos marfileños;

         – Fotógrafo de moda;

         – Redactor jefe del periódico económico News&co.”

Franz Fanon, Martinica

Franz Fanon, Martinica

El segundo es Frantz Fanon

 En la hasta hoy última novela de Armand Gauz, Camarade Papa, apasionante también (ya lo había sido su primera, De pie firme Cobrar), encontramos, en la página 60, uno de sus habituales y reveladores toques de humor, de cultura y de ternura: “… mi historia preferida, el regreso en ataúd del doctor Frantz, saneador de locos de Argelia, un cimarrón con máscara negra y piel blanca o tal vez al contrario…”

         Se trata indudablemente de Frantz Fanon, el segundo de los cuatro. Los otros tres protestarán: para ellos se trata del primero. Sin duda. Simple estrategia de presentación, aquí.

¿Quién es Frantz Fanon?

         En vez de tirar de las fuentes habituales en estos tiempos de confinamiento, se lo preguntaremos a Alain Mabanckou y Abdourahman Waberi, autores de un Diccionario ameno de las culturas africanas (Dictionnaire enjoué des cultures africaines). Dedican una entrada, páginas 141 a 145, a Frantz Fanon que hemos traducido:

         “Entre nosotros y Frantz Fanon (1925-1961), hubo una historia de amor y de admiración que no pudieron difuminar los cuatro decenios que median entre su nacimiento y el nuestro. Añadamos a eso que cuando nosotros vimos la luz, el nativo de Fort-de-France, hacía cuatro años que había salido del teatro del mundo, en la flor de la vida. No se trata en absoluto de comparar nuestro destino con el de ese hombre prodigioso por mil razones. Dos golondrinas no hacen verano. Si subrayamos esa leve coincidencia biográfica, es para mejor hacer nuestros las ideas y los ideales del siquiatra y militante anticolonialista martiniqués. Para dejarnos impregnar mejor por la fuerza de sus intuiciones y el vigor de su verbo abrasivo. A la postre, la admiración y el análisis intelectuales tienen también mucho que ver, se finge olvidarlo, con la emoción y los afectos. Su exigencia nos ha parecido siempre más que necesaria por estos tiempos confusos. Tiene para nosotros valor de liberación: “No me hago el hombre de ningún pasado.”

         No somos los únicos que nos inventamos un vínculo con el autor de Piel negra, máscaras blancas (Seuil, 1952) para expresar nuestra admiración. Algunos más admitían ayer haber adquirido su patente de estudiante concienciado meditando sobre la otra obra fundadora, Los condenados de la tierra (Ediciones Maspero, 1961). Hoy somos centenares de miles, por los cuatro rincones del amplio mundo, quienes reconocemos la fuerza de las propuestas que el cantor de la liberación de África nos ha legado, el rumbo que nos obliga a tener presente en la mente: “Cada generación debe descubrir, en medio de una relativa opacidad, su misión, cumplir con ella o traicionarla.”

         Fue en Fort-de-France, prefectura de la Martinica, donde Frantz Fanon vivió su infancia bajo el signo de la rebelión. Encantado y sacudido por la palabra fulgurante del gran poeta Aimé Césaire, su profesor en el instituto Victor Schœlcher, el adolescente Frantz Fanon toma conciencia de que su pueblo, avasallado otrora por los esclavajistas, se asfixia ahora bajo el yugo colonial y aun peor, petinista. ¿Qué hacer? Lanzarse de cabeza y ya a la lucha. Mejor aún, dedicar la vida a combatir todas las injusticias. Con 18 años, Frantz Fanon sale, clandestinamente, de su isla para luchar contra el enemigo nazi. Francia liberada, Fanon descubre en la metrópolis la faz oscura de su país que lo trata no como a un héroe sino como a un negro, a un don nadie víctima de vejaciones racistas: “Para nosotros, escribirá en Piel negra, máscaras blancas, el que adora a los negros es tan “tocado” como el que los odia. Inversamente, el negro que pretende blanquear su raza es tan desgraciado como el que predica el odio al blanco. “

         Tras el fuego de la guerra, el que su maestro Aimé Césaire llamaba “el guerrero de sílex” se hace saneador de almas heridas estudiando a brazo partido en la facultad de medicina de Lyon. Descubre entonces los cimientos racistas de ciertas teorías siquiátricas al mismo tiempo que las condiciones de vida de los obreros magrebíes. Decide ejercer en Argelia porque el de la metrópolis no le parece el mejor terreno para sacarle partido a sus experiencias profesionales o políticas. En 1953 lo encontramos de médico-jefe en el hospital siquiátrico de Blida. Su intuición no le ha fallado, la Argelia colonial es una tierra nueva que no carece de riesgos. A la inversa de sus colegas que se limitan a poner, para utilizar una de esas imágenes de las que conoce el secreto, tiritas sobre las piernas de madera, Frantz Fanon saca de su situación las conclusiones que se imponen. En ese contexto colonial, el joven médico no puede hacer gran cosa en favor de sus pacientes en situación de “deshumanización sistematizada”. Al no poder cumplir con su deber de médico, dimite de su puesto. Llevando siempre más allá su reflexión para ponerse a la altura de la exigencia histórica, decide unirse a la dirección del Frente de liberación nacional que ha lanzado en noviembre de 1954 la “guerra de liberación” de Argelia. En dos años, Frantz Fanon ha efectuado una doble ruptura. De médico francés, se ha pasado a las líneas enemigas. A los ojos de sus antiguos colegas se ha vuelto un enemigo de la peor especie: felón y fellaga a la vez. En su fuero interno, él sabe que se ha unido a los suyos. Desde ahora pertenece a esos pueblos en lucha por doquier de los que Jean Paul Sartre había vislumbrado a medias el rostro: “No hace mucho la tierra tenía 2 millares de habitantes, esto es, 500 millones de hombres y 1 millar 500 millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los demás lo tomaban prestado”. Frantz Fanon se pone a su servicio, para forjar con ellos el nuevo Verbo de la liberación. Los seis últimos años de su vida son los de un militante experimentado en la lucha intelectual, diplomática y militar. Con método y disciplina, lanza sus últimas fuerzas a la batalla para despertar las masas y apresurar la emancipación de África en general y de Argelia en particular. Lúcido, vio los futuros callejones sin salida del Estado poscolonial o neocolonial en África. Muy pronto, erigió la más alta de las estelas a los héroes africanos, como Patrice Lumumba, martirizados por sus hermanos, sacrificados en el altar de ese Estado poscolonial: Lumumba debía desaparecer. ¿Por qué? Porque los enemigos de África no se equivocaron al respecto. Se habían dado cuenta perfectamente de que Lumumba era un vendido, un vendido a África, se sobrentiende. Es decir, que ya no se podía comprar.” ¡Cuánta lucidez! ¿Qué habría hecho, dicho y escrito si la Providencia le hubiera acordado una prórroga? La pregunta nos acosa. Sigue sin respuesta. El 6 de diciembre de 1961, una leucemia se lo lleva a los 36 años, meses antes de la independencia de su nueva patria.

         Aún cuando su obra haya conocido eclipses en París, el mundo francófono no ha cesado de leer y releer a Fanon. En Francia, medio siglo después de su desaparición, la obra del autor de El año V de la revolución argelina (Ediciones Maspero, 1959) sale por fin del purgatorio. El medio intelectual y editorial francés, ocupado en la liquidación de la herencia de Sartre por no citar sino a él, pone bajo el apagavelas los escritos del nativo de Fort-de-France. Son las nuevas generaciones, más rápidas a la hora de darle la espalda al pasado, las que devoran los ensayos reeditados, pero también las biografías, las obras críticas y otros números especiales. Allende, es otra historia. Desde los Estados Unidos hasta África del Sur, desde Palestina hasta Bolivia pasando por Brasil y los arrabales europeos, la obra de Frantz Fanon recibe por todos sitios una acogida entusiasta, una atención universal. Ella no cesa de interrogarnos: “Serán desalienados los negros y los blancos que rechacen dejarse encerrar en la torre sustanciada del pasado.” Desde todos los continentes, una nueva cohorte de filósofos, sociólogos, siquiatras e historiadores, desde Gordon Lewis hasta Achille Mbembe y desde Françoise Vergès hasta Ramon Grosfoguel, continúa leyendo, haciendo leer e interpretar la obra del autor de Por la revolución africana (Ediciones Maspero, 1964).

         Pero eso no es todo. La actualidad confirma constantemente los análisis y las intuiciones reseñados por el siquiatra que renunció a su condición. Por fin, su obra no deja de ser interpelada ante los tribunales de la Historia: ya sea para reforzar las luchas contra la segregación racial en los Estados Unidos, para denunciar el apartheid en África del Sur, las guerras sin fin del Congo, la intifada en Palestina o por haber predicho las equivocaciones y los crímenes de las élites poscoloniales africanas. Puestas unas tras otras, las intuiciones de Frantz Fanon ofrecen una fotografía sobrecogedora de nuestro mundo actual. Es por ello por lo que la voz de Fanon continuará mucho tiempo impidiéndonos dormir:

¡Oh cuerpo mío,

haz de mí siempre

un hombre que cuestione!”

         ¿Quiénes son los autores del Diccionario desenfadado de las culturas africanas?

         Alain Mabanckou y Abdourahman Waberi.

Alain Mabanckou, República del Congo. Imagen: Claude Truong Ngoc

Alain Mabanckou, República del Congo. Imagen: Claude Truong Ngoc

El tercero es Alain Mabanckou

Fue finalista del Man Booker International Prize, y Premio Renaudot en 2006 por Mémoires de porc-épic. Es autor de varias novelas de éxito traducidas en el mundo entero. Entre otras: Verre cassé, Black Bazar, Petit piment, Les Cigognes sont immortelles. Se le deben también unos ensayos  muy notorios (Lettre à Jimmy, Le Sanglot de l’homme noir, Le Monde est mon langage). En el 2016 fue nombrado profesor en el Collège de France en la Cátedra de creación artística. Desde hace unos quince años reside en Los Ángeles donde ejerce de profesor de literatura de expresión francesa en la universidad de California-Los Ángeles (UCLA). Cito las obras que he leído de Alain Mabanckou. Novelas primero: Bleu Blanc Rouge, Et Dieu seul sait comment je dors, Les petits-fils nègres de Vercingétorix, African psycho, Verre cassé, Mémoires de porc-épic, Black Bazar, Demain j’aurai vingt ans, Tais-toi et meurs, Lumières de Pointe-Noire, Petit Piment, Les cigognes sont immortelles. Los ensayos y otras publicaciones: Le sanglot de l’homme noir, Penser et écrire l’Afrique aujourd’hui, libro colecivo bajo su dirección, y, en compañía de Abdourahman Waberi, Dictionnaire enjoué des cultures africaines.

         Es una obra colosal. Se da a continuación la traducción de unas páginas de su hasta hoy última novela: Les cigognes sont immortelles (Arena en los ojos)

         Oigo las voces de mis padres. Normalmente, a esas horas, si no fuera por la profusión de malas noticias, estarían roncando. Pero se pelean por una historia que me inquieta: Mamá Pauline le anuncia a Papá Roger que va a raparse el pelo, y que por consiguiente lucirá la bola al cero como lo hacen las mujeres cuando algún miembro de la familia acaba de morir. Esas mujeres conservan la bola al cero durante un mes como mínimo. Tan pronto como les vuelve a crecer unos milímetros, se lo vuelven a afeitar, y cuando pasas la mano por su cráneo, es como si la pasaras por cemento, está todo liso. Cada día pintan una cruz en la pared, una vez llegados a las treinta cruces, sabrán que ya se ha cumplido el mes, y dejan de raparse porque ya se sale del luto y  nadie vendrá a hacerles el reproche de haber permanecido guapas en vez de quedarse feas hasta que el cuerpo de su familiar se haya podrido por completo. Durante ese luto no deben danzar, reír, pintarse los labios, pintarse las uñas o maquillarse. No, es tan solo después de un mes cuando podrán hacer todo eso pero poco a poco porque si se ponen demasiado deprisa excitantes y apetecibles delante de los hombres, el muerto no estará muy contento y se negará a pudrirse bajo tierra. Y claro, si no se pudre eso puede ser peligroso para todos: volverá para quejarse cada noche en los sueños de los miembros de la familia, y se le verá de espaldas llorar al lado de un árbol que no tiene muchas hojas y ha dejado de echar fruta.

         Papá Roger no está de acuerdo con que mi madre vaya con la bola al cero:

         – Pauline, si te rapas el pelo van a creer que alguien ha muerto en la familia y…

         – ¿Y qué?

         – ¡Pues, en el barrio todos van a preguntarte dónde está el cadáver para poder cotizarse entre ellos y prestarte ayuda! ¿Es eso lo que tú quieres?

         – ¡Voy a raparme el pelo, Roger!

         – ¡No, debes permanecer natural, discreta, como si no hubiera pasado nada!

         – ¿Cómo que no ha pasado nada? ¡Mi hermano ha sido asesinado por los Nordistas!

         – Escúchame, Pauline … Entiendo tu dolor, pero eso no es un motivo para dejar de ser prudente y …

         – Así que ¿no voy a llorar por mi hermano, eh? ¿No voy a poder ver su cuerpo, eh?

         – Eso no es lo que estoy diciendo, ya me extrañaría mucho que en Brazzaville dejen celebrar unos funerales por un hombre del que se han querido deshacer con tanta prisa…

         – ¡Entonces les voy a hacer pagar a los Nordistas que conozco lo que le han hecho a mi hermano!

         – Pauline…

         – ¡Lo van a pagar, te lo juro! ¿Pero qué se creen que son, eh?

         – ¡Ya veo! ¿Vas a coger un arma e ir a ametrallar a los miembros del Comité Militar del Partido unos tras otros? ¡Un poco de realismo, por favor!

         – Pues bien, el lunes que viene iré al mercado y si la vendedora nordista que me debe mucho dinero desde hace meses no me lo devuelve todo, ¡va a enterarse de quién es Pauline Kengué, hija de Grégoire Massengo y de Henriette Nsoko! Se enterará también de que soy la hermana menor del capitán Kimbouala-Nkaya, ¡te lo aseguro!

         – Esa idea no es buena, la Nordista de la que hablas, no es una vendedora cualquiera, bien lo sabes, es miembro de la Unión Revolucionaria de las Mujeres del Congo…

         – ¿Y qué? ¿Porque, tal vez, en Brazzaville, cuando mataron a mi hermano, eso sí fue una buena idea? ¿Porque mi hermano sí era un cualquiera?

         – Tú no puedes ir a ver a esa mujer, Pauline, sobre todo que estarás tú sola y …

         – ¡Pues en ese caso, iré con Michel! Ya que tú te irás a dormir a casa de tu otra mujer, Martine, es todo cuanto cuenta para ti en este momento, ¡yo no sé qué coño vas a hacer en esa cama un día como hoy!

         – Ahí andas sacando cosas que no tienen nada que ver con lo que estamos discutiendo, Pauline…

         – Tal vez quieras hacerme creer que no estás contento con irte a dar con Martine, ¿verdad? ¿No estás contento con ir a dar con tus verdaderos hijos? ¿verdad? Y, total ya, ¿por qué no te vas ahora? ¿Tienes miedo al toque de queda tú también?…

         Llora, mi padre la consuela, le suplica que no se rape el pelo, que no vaya al mercado a molestar a la vendedora nordista que no es una vendedora cualquiera. Yo me digo a mí mismo que mi madre tampoco es una cualquiera. Es la hija de Grégoire Massengo que era jefe del poblado Lubulú.

         Los sollozos de Mamá Pauline desaparecen poco a poco y nadie ya habla en la habitación de mis padres. Me da la impresión de que tengo cada vez más arena en los ojos. Me los restriego más y más. Bostezo, me siento muy débil, me es imposible ahora mover las manos, los pies, como si me hubieran amarrado a la cama. La casa empieza a dar vueltas, a dar vueltas sobre sí, primero lentamente, después a toda velocidad hasta el momento en el que se me cierran los ojos…

Alain Mabanckou. Les cigognes sont immortelles.

Abdourahman Waberi, Yibuti

Abdourahman Waberi, Yibuti

Y el cuarto, Abdourahman Waberi

Nació en 1965 en Yibuti. Novelista, poeta, ensayista. Gran Premio literario de África negra 1996. Antiguo residente de la Academia de Francia en Roma-Villa Médicis. Enseña, desde 2012 las literaturas de expresión francesa y creación literaria en la universidad George Washington (Washington DC) y colabora sobre todo con Le Monde. Es autor de varios libros, algunos con premios. Su obra se ha traducido a una docena de idiomas. Cito las obras que he leído de Abdourahman Waberi: Cahier nomade, Le Pays sans ombre, Moisson de crânes, Transit, Aux États- Unis d’Afrique, Pourquoi tu danses quand tu marches?

Se da a continuación la traducción de unas páginas de esta su última novela:

         A fuerza de caricias y de palabras tiernas prodigadas por la familia, encontré algo de consuelo. La pierna me hacía sufrir menos pero yo sabía que no había salido de apuros. Ignoraba si iría para largo la curación y me preparaba a mi manera evadiéndome por todos los medios. Pasaba días enteros sentado, casi inmóvil, tomando el hábito de contemplar a las gentes y las cosas a mi alrededor. Como buen nieto de nómada, soñaba con animales familiares. Especular con su presencia era para mí como un bálsamo en el corazón. Me imaginaba acariciando el cuello de un carnero, dejando ir mi mano a lo largo de sus cuernos, ahuyentando las moscas que revoloteaban alrededor de sus ojos. Me veía por momentos de macho cabrío cascarrabias, por momentos de cordero balador, indiferente a la mirada de los adultos. Me refugiaba también en el pasado. La máquina para desandar el tiempo no guardaba ningún secreto para mí, la armaba y la desarmaba como un mecánico desmonta una pieza de un coche y la limpia para remontarla de inmediato bajo el capó. Esta ensoñación era de mucho encanto. Serpenteaba como un riachuelo cuya fuente se ubicara infancia arriba. Me bastaba, Bea, con cerrar los ojos para recobrar todas las imágenes y todas las sensaciones. El ballet de las hormigas en el patio de recreo de mi escuela de primaria con su portal mitad blanco y mitad azul era otra de mis distracciones predilectas. Contemplaba igualmente los largos regueros de ceniza que arrancaban de nuestra cocina, luego se iban sigilosamente por entre las marmitas y las tinajas de tierra y los cacharros de aluminio para perderse por casa de los vecinos. Y esas hormigas ¡qué ballet y qué paisaje! Observar hormigas no es una cosa tan fácil  como te lo puedas figurar, hijita. Hay que disponer de todo el tiempo del mundo y no dejarse contaminar por el rumor de la ciudad.

         Yo disponía de todo el tiempo del mundo. A partir de ahora, los demás niños que ya no eran mis amigos echaban interminables partidos de fútbol en los descampados. Tan solo las hormigas me acompañaban. Permanecían ahí para mí, como los perenquenes. Siempre fieles, incluso de noche.

Abdourahman A. Waberi. Pourquoi tu danses quand tu marches?

Pedro Suárez Martín es profesor de francés ya jubilado y traductor vocacional apasionado por las literaturas africanas.

Si quieres profundizar más en las #LetrasAfricanas y conocer las obras de los autores que se citan en este artículo recuerda que en la Mediateca Casa África disponemos de una nutrida sección de literatura, donde conviven títulos de autores consagrados, cuyas obras son una pieza clave para conocer la historia y culturas del continente y de su diáspora, así como de autores emergentes, cuyas obras nos sumergen en las sociedades actuales del continente africano, tan diversas y complejas como su propia historia. 

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