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Pangolines y hombres. Entrevista a Boubacar Boris Diop

Antes había una línea claramente divisoria entre lo cercano y lo lejano, nos interesaban las noticias llegadas de otros lugares, pero en el fondo nos preocupaban muy poco y todos volvíamos rápidamente a sus nuestros pequeños y diferentes quehaceres. Esta vez, Sydney, Nueva York, Kuala Lumpur o tal pueblo detrás de Louga tienen los mismos temas de conversación. Imagen: Fernando Egiluz Lekunberri

Antes había una línea claramente divisoria entre lo cercano y lo lejano, nos interesaban las noticias llegadas de otros lugares, pero en el fondo nos preocupaban muy poco y todos volvíamos rápidamente a sus nuestros pequeños y diferentes quehaceres. Esta vez, Sydney, Nueva York, Kuala Lumpur o tal pueblo detrás de Louga tienen los mismos temas de conversación. Imagen: Fernando Egiluz Lekunberri

El confinamiento es el tiempo de un silencio y una soledad que no conocemos. Algunas sociedades daban la impresión de estar mejor preparadas que otras. Este planeta de calles desiertas está literalmente en apnea, su corazón ha dejado de latir y la muerte acecha noche y día.

Este artículo corresponde a una entrevista realizada al escritor senegalés Boubacar Boris Diop por S. S. Gueye, A. Sène y B. Badji. Fue publicada en Seneplus el pasado mes de abril y ha sido traducida al español por Alba Rodríguez-García.

El presidente Macky Sall ha puesto en marcha una batería de medidas para hacer frente al Covid-19. ¿Le convence su estrategia?

Antes de nada, debemos alabar la dedicación del personal médico, de las mujeres y los hombres que están llevando a cabo un inmenso trabajo arriesgando sus vidas. A sus sacrificios se debe el que podamos dormir plácidamente cada noche. Dicho esto, en estas excepcionales circunstancias y no sabiendo qué nos deparará el mañana, el país se mantiene en pie. Se debe en parte al presidente Macky Sall. Estoy entre los que no entendieron su negativa a repatriar a los 13 estudiantes senegaleses de Wuhan, pero los hechos le han dado la razón. También es cierto que el Presidente titubeó al principio y que el cierre tardío de las fronteras nos puso finalmente en contacto con la epidemia. Escuché al Dr. Bousso decir que en Senegal el 96% de los casos eran directa o indirectamente importados. Sin esta demora en el arranque, estaríamos en una situación bastante mejor ahora mismo. Por otra parte, tengo que reconocer una cierta perplejidad ante las cifras que el ministro Diouf Sarr proporciona cada mañana. En comparación con lo que sucede en los países más afectados, el número de casos sigue siendo extremadamente bajo. Esto es tranquilizador; pero, por otra parte, cada día hay una buena decena de casos más. Y el día en el que solo hay dos nuevos casos, la cifra remonta al día siguiente. Básicamente, todo el mundo está desempeñando su papel: la sociedad civil, los líderes religiosos, los artistas, los medios de comunicación y, sobre todo, la población, que se muestra mucho más disciplinada de lo esperado. El presidente Sall debería haber tomado en cuenta este ímpetu patriótico en el momento de proceder a la distribución de alimentos a los necesitados. ¡Es casi increíble que lo haya dejado en manos de su cuñado! A fin de cuentas, aquí estamos con una polémica entre manos que se exacerbará con el paso de los días y nos distraerá de lo esencial.

¿Será cuestionada la jerarquización de prioridades? ¿Se va a entender finalmente que la salud y la educación no pueden ser marginadas en los planes de desarrollo, como ha sido el caso durante tantas décadas?

Algunos tal vez dirán que no debemos culpar a otros, pero los programas de ajuste estructural han sido casi fatales para la salud y la educación dondequiera que han sido aplicados. Dicho esto, cuando Macky Sall derrocha cantidades enormes de dinero en un TER, que hasta la fecha solo ha circulado para él, o en otras llamativas infraestructuras de carreteras, lo ha hecho por elección propia; también parece estar obsesionado con la construcción de estadios monumentales, y eso nos cuesta terriblemente caro. Sabemos que la gente quiere ocio, pero tendrán que estar vivos para poder ir a ver partidos de fútbol o baloncesto. Tampoco quiero ser injusto, sé que Macky Sall siempre le ha concedido una gran importancia a la cobertura sanitaria universal. Además, no se pueden juzgar los rendimientos de nuestro sistema de salud únicamente en función de una pandemia que nadie vio venir. En cualquier caso, en un país como Senegal hace ya tiempo que la prioridad debería haber estado en las inversiones en lo humano, en el bienestar de la población y en la capacitación, fundamentalmente la de los jóvenes. Por ejemplo, es sorprendente el contraste entre la gran reputación de la Facultad de Medicina de Dakar y el estado de nuestras estructuras sanitarias.

¿Diría usted que los jefes de Estado africanos, que luchan con los débiles medios de sus diversos países, han subestimado el riesgo?

No creo que se les pueda reprochar eso. Una vez más, nadie vio venir esto. Durante las dos o tres décadas últimas ha habido SARS, gripe H1N1, vacas locas, etc. En cada una de esas ocasiones hemos temido lo peor, pero siempre ha sido mayor el miedo que el daño. El ébola, que en sí mismo ha sido mucho más grave y duro que lo que estamos viviendo ahora, ha podido sin embargo ser controlado. Así, cuando el Covid-19 comenzó a golpear a Wuhan, todos habían bajado la guardia de alguna manera desde hacía bastante tiempo. Espero que para África sea un susto sin consecuencias; si el virus ataca seriamente a África en las próximas semanas, será un infierno en la tierra.

Precisamente, algunas personas pronostican millones de muertes en África…

Lo que le sucede a la humanidad en este momento es tan inexplicable que todos nos sorprendemos fantaseando con una hecatombe, o incluso con la destrucción de nuestra especie. Entre los que anuncian millones de muertes en África, los hay bienintencionados, y estos nos invitan a estar atentos. Es el caso, por ejemplo, de este grupo de ex jefes de Estado africanos liderado por el nigeriano Obasanjo, o de la Fundación Moh Ibrahim.

Pero a muchos intelectuales y políticos occidentales simplemente les cuesta entender que, en las circunstancias actuales, África no esté bañándose en su propia sangre. Esto es simplemente insoportable para ellos. Pero no porque África esté “acostumbrada a la desgracia”, retomando la expresión de Mongo Beti, se puede permitir cualquier delirio a propósito de ella. Los que aseguran esto, Macron, Guterres, etc., están claramente avergonzados por una tercermundización de Occidente que no estaba realmente en sus planes. Hasta la fecha, el recuento diario de cadáveres, las fosas comunes y demás, era algo que ocurría en la televisión y a otros: en Siria, Congo o Yemen. Es duro tragarse tal caos, pero hay que mantener la cordura.

¿Podemos permitirnos ser optimistas?

No, las cosas no son tan simples. Todo va muy rápido; este nuevo coronavirus es particularmente virulento y no se sabe prácticamente nada de él. Sin embargo, si nos limitamos a la situación real, me refiero a las cifras de nuestro continente, nada permite predecir una inminente catástrofe africana acompañada de, como dice Melinda Gates, millones de cadáveres en las calles. ¿Por qué las cifras en África se han mantenido tan bajas durante los últimos tres meses? Podría ser que, por alguna razón, este virus sea menos peligroso aquí que en el resto del mundo. Y aquí es donde la historia nos desafía y nos insta a mirar más allá del presente. Si, Dios no lo quiera, otro virus igual de devastador atacara dentro de unos años, no a Italia, España, Estados Unidos o Francia, sino a países africanos, ¿sobreviviríamos? Debemos reflexionar en esta posibilidad desde hoy mismo, y prepararnos cuidadosamente para enfrentarnos a ella.

Nuestra principal arma, a nivel continental y nacional, será la soberanía política y económica. Al fin y al cabo, lo que estos profetas de la fatalidad nos dicen es que siempre hemos estado condenados a muerte y que el destino no perdería tan formidable ocasión para asestarnos el golpe final.

¿No debería esta crisis hacer sonar la alarma de los africanos, que dependen esencialmente de los chinos y los occidentales?

Esta cuestión no solo concierne a África, pues desde hace algún tiempo China abastece al mundo entero, y todos han podido medir los peligros de tal dependencia. Muchos dirigentes de los países industrializados han manifestado discretamente su deseo de salir de esta dinámica tan pronto como termine la crisis. Japón ha incluso empezado a ofrecer sus servicios. En nuestro caso, hace ya mucho tiempo que dependemos tanto de Asia -sobre todo de China- como de Europa y América. La pandemia podría tener un efecto catalizador en el ZLECA o AfCFTA (Área Continental Africana de Libre Comercio) o abrir nuevas perspectivas de integración económica regional y continental. Es una cuestión de sentido común y de simple lógica de supervivencia. Por otra parte, es lógico esperar una escasez de alimentos, y nos veremos obligados a consumir productos senegaleses. Sería bueno que esta práctica se consolidara en el tiempo.

Esta pandemia es un evento excepcional. No ha ocurrido nada parecido desde 1918, el año de la gripe española. Cuatro mil millones de seres humanos siguen confinados en sus hogares. ¿Cómo analiza usted esta inédita crisis que afecta al mundo entero?

Con al menos 40 millones de muertes, la gripe española fue más mortal que la Primera Guerra Mundial. Estamos lejos de estas cifras con el Covid-19, pero lo que está sucediendo hoy es aún más impresionante. En realidad, lo inimaginable, en el sentido estricto de la palabra, ha estado sucediendo ante nuestros ojos desde hace ya casi tres meses. Es cierto que el mundo ha pasado por otras, pero cada uno de nosotros puede perfectamente sentir en su fuero interno que jamás ha sucedido algo similar en la historia de la humanidad. Me refiero a la imposibilidad de cualquier circulación marítima, terrestre o aérea, al cierre de escuelas en todo el mundo, así como de estadios, teatros y otros lugares de recreo. Si además de todas estas cosas, de por sí difíciles de imaginar, tienes a cuatro mil millones de seres humanos confinados e invitados a lavarse las manos continuamente y a prácticamente no hablarse, la situación se hace cuanto menos extremadamente particular. No sabemos qué decir al ver todas esas ciudades completamente vacías, todos estos orgullosos rascacielos diseñados para ser admirados más que para ser habitados; ¡de repente carecen de sentido! Creo sinceramente que estamos pasando al otro lado de la realidad, y es fascinante que este aterrizaje en un mundo que no es nuevo sino diferente, de otra temporalidad, se haga sin estruendo, que nos vayamos de rositas en cierto modo. El confinamiento es el tiempo de un silencio y una soledad que no conocíamos, y que ellos tampoco. Algunas sociedades podían dar la impresión de estar mejor preparadas que otras, pero podemos ver que no es el caso; este planeta de calles desiertas está literalmente en apnea, su corazón ha dejado de latir y la muerte acecha noche y día. La verdadera pregunta ahora es cuánto tiempo durará todo esto. Parece poco probable que salgamos de esta historia antes de cinco o seis meses. Todo lo que nos hacía humanos, incluso sin darnos cuenta, nos habrá sido prohibido en el año 2020, que finalmente será un año para nada, un año menos en el mapa del tiempo, pero que paradójicamente no olvidaremos tan rápidamente. Tras esto tendremos que volver a aprender gestos simples, darnos la mano, o, en la parte de atrás de un taxi, charlar con los amigos sin miedo a enfermarnos. Mañana nos será menos fácil creernos dueños y señores del tiempo y el espacio, me refiero a creer que podemos ir y venir a nuestro antojo, o hacer planes, incluso a corto plazo. En realidad, ya nunca estaremos seguros de nada. Debemos prepararnos para quedar cegados por la luz al salir de este largo túnel.

Su principal actividad en torno a la escritura tiene una importante dimensión solitaria. Pero a su alrededor, los senegaleses, los africanos, viven poco en soledad. Tal vez más que en otros lugares, la vida aquí es esencialmente comunitaria y muchos africanos consideran que el confinamiento no es una opción realista como respuesta a la actual crisis sanitaria. Está también el enorme peso del sector informal en nuestros sistemas económicos. ¿Hay otras alternativas?

La palabra confinamiento no asusta a los escritores o creadores en general, puede incluso ser bienvenida por ellos, especialmente en una sociedad como la nuestra, que Birago Diop calificaba como “cronófaga” , debido, como usted señala, a la intensidad de nuestra vida comunitaria. Pero los famosos “casos comunitarios” que tanto aterrorizan a los médicos de Louga, Guédiawaye, Touba o Keur Massar no tienen absolutamente nada que ver con la literatura. Son potencialmente devastadores y quizás nos cuesten un confinamiento generalizado. Está por ver si esto será suficiente para contener la amenaza. Personalmente no estoy seguro. ¿Otras alternativas? Los llamamientos a la vigilancia tienen un cierto efecto, especialmente cuando los líderes religiosos alzan la voz. No hay una solución ideal porque el confinamiento no es compatible en ningún lugar con la necesidad de alimentar a su familia. Esto es aún más cierto en una economía “del ingenio”. Para la mayoría de la población sería un lujo. Las solidaridades horizontales jugarán un papel importante, pero no será suficiente. Podemos temer escasez, protestas más o menos graves por hambre, y en ese momento será más difícil mantener la situación bajo control.

Por un lado, la pandemia es global, afecta a todo el planeta, pero al mismo tiempo es micro-individual tanto en su impacto como en sus soluciones. ¡Qué paradoja!, ¿no?

Mi profunda convicción es que esta pandemia será el canto del cisne de una cierta idea de la globalización. Me refiero a esta imagen ideal de “globalización feliz”, casi divertida, pero sobre todo difícil de entender en un momento en que el antikemitismo es más universal que nunca. Mira a los chinos en Guanzou, no esperaron mucho tiempo para ponerse de nuevo a “latiguear a negros”, al igual que ocurre en los países árabes y está sucediendo casi en todas partes. Pero sin duda -y aquí reside la paradoja- esta pandemia es también el evento más globalizado de todos los tiempos. Hasta la fecha, había una línea claramente divisoria entre lo cercano y lo lejano, ciertamente en ocasiones vibrábamos al ritmo de las novedades llegadas de otros lugares, pero en el fondo nos preocupaban muy poco, todos volvíamos rápidamente a sus nuestros pequeños y diferentes quehaceres. Esta vez, Sydney, Nueva York, Kuala Lumpur o tal pueblo detrás de Louga o Bignona finalmente tienen los mismos temas de conversación, mascarilla o no mascarilla, cloroquina o no, gestos de barrera, confinamiento, gel hidroalcohólico etc. A decir verdad, casi bastaría con afinar el oído para escuchar el concierto de miles de millones de manos frotándose unas contra otras. Esto no es todo. Desde hace dos meses, todos y cada uno de nosotros pensamos más a menudo de lo habitual en nuestra propia muerte o en la de nuestros seres queridos, escribimos a amigos de todo el mundo para saber de ellos y saben perfectamente lo que esperamos: una pequeña prueba de vida, como decimos para los rehenes. Si hay un área de la actividad humana que ya no será la misma después de la pandemia, es la de la creación literaria y artística, la tragedia inspirará de seguro a los músicos, novelistas, poetas y pintores, de hecho, esto ya ha comenzado.

¿Por qué dice usted que esta pandemia anuncia el fin de la globalización?

En primer lugar, puede ocurrir que el movimiento de los seres humanos de un continente a otro se vea dramáticamente restringido. Los Estados permitirán que sus fronteras queden a medio abrir, sin más, y en cualquier caso, al menos por un tiempo, todo el mundo se sentirá mejor en su propio país, con muy pocas ganas de tolerar a los extranjeros allí. Estamos ahora más cerca del odio sin tapujos al Otro que de ese ecumenismo amable con el que algunos sueñan. Antes incluso de esta pandemia, el repliegue identitario se había convertido en una tendencia política fuerte en Europa y América, donde los populistas fascistas y los supremacistas blancos sentían crecer sus alas. Y hoy en día las grandes potencias están menos preocupadas por la enfermedad en sí que por las revueltas sociales que resultarán. Este virus tiene un inmenso potencial revolucionario; se irá y nos dejará un mundo exhausto donde la cultura y las relaciones en el seno de las sociedades y entre las naciones ya no tendrán en absoluto el mismo sentido. En Estados Unidos, la gente está comprando armas a diestro y siniestro porque temen un aumento drástico de la violencia criminal, y hay razones para creer que será peor en los países pobres. Se ha visto cómo Italia, abandonada a su suerte, ha tenido que recurrir, tragándose su vergüenza, a la ayuda de Cuba, Rusia y Somalia, quienes enviaron rápidamente 20 médicos. Además, el episodio de los robos y confiscaciones de máscaras, en particular por parte de los EE UU, puede hacer gracia, pero demuestra que no estamos tan lejos de la ley de la selva. Cada uno afila sus armas y Trump parece tener ganas de una buena guerrita allá por Venezuela…

¿Qué pasa con el nuevo orden mundial?

¿Quién habla de eso? Macron y su indispensable, Macky Sall. Se trata sobre todo de evitar la retirada de tropas, estamos en algo así como: “Marquemos nuestro territorio, estos bastardos chinos están tratando de birlarnos África”. Excepto que África no debería ser el continente ‘a robar’ por quien quiera que fuera. Estas tres palabras, nuevo orden mundial, pueden parecer anodinas, pero Occidente nos ha acostumbrado a estos eufemismos destinados a justificar las lógicas de conquista más crueles. Esto te adormece, y te despiertas encadenado antes siquiera de comprender lo que te pasa. Esa es una lección de historia humana, en particular una sobre nuestras relaciones, de la de nosotros los africanos con el resto…

¿Cree usted que el modelo federalista propugnado por su mentor Cheikh Anta Diop habría facilitado a los diferentes países africanos la lucha contra esta pandemia?

De seguro, y estos días he leído muchos textos sobre la pandemia que mencionan el trabajo de Cheikh Anta Diop; a menudo veo a los analistas referirse a él en la televisión. Sin duda el ideal panafricanista se vuelve más atractivo. No es para nada sorprendente, cada punto de inflexión de nuestra historia nos permite medir mejor la actualidad del pensamiento político de Diop. Ya en 1960 escribió enLos fundamentos económicos y culturales de un estado federal del África Negra: “Definitivamente hay que hacer que África se vuelque hacia su destino federal”. También identificaba nuestro temor visceral a tener que depender de nuestras propias fuerzas, enjuiciando así el proceso de las élites africanas. Este miedo lo seguimos constatando hoy en día en repetidas ocasiones. ¿El franco CFA? “No es lo ideal, cierto, pero es quizás un mal menor”, dirán. ¿Lenguas nacionales? Los propios intelectuales le dirán que “sí, por supuesto que es un asunto importante, pero cuidado, el francés se ha convertido en una lengua africana, no va a ser fácil prescindir de él”.

Cheikh Anta Diop llamaba a esta actitud el miedo al “destete económico”. A pesar de todos estos comportamientos que revelan sobre todo un profundo odio a sí mismo, la situación actual muestra que pronto no nos quedará otra opción que unirnos, salvo que aceptemos desaparecer pura y simplemente. O, lo cual no es mejor, continuar siendo una gigantesca reserva de materias primas en beneficio de países extranjeros, ya sea China o sus rivales.

En la salvaje guerra económica que se avecina, África debe unir sus fuerzas, no debe ser el miembro inferior de ningún bloque en gestación. Durante la Guerra Fría, nuestros países se dispersaron en ambos lados y debilitaron el continente, en contra de los deseos de Nkrumah y del Cheikh Anta Diop. Otra lección de la historia que debemos memorizar.

¿Cómo analiza la Iniciativa para África anunciada por Macron?

Suena como a chiste malo. La palabra “iniciativa” es una mala elección, por no decir otra cosa. ¿Así que son los europeos, desde la cima de sus prejuicios y estereotipos racistas, quienes deben tomar la iniciativa para nuestra salvación? También se anunció, como era de esperar, una dotación de la Unión Europea de algunos miles de millones. Pero esos que pretenden salvar a África no han movido un dedo para ayudar a sus vecinos italianos o españoles. Lo más curioso es que estas personas mantienen bastante el tipo en plena tormenta -una tormenta de sangre, todo sea dicho- y se conmueven con el destino de África, que, en este caso particular, está mucho mejor que sus propios países. La compasión de estos posibles benefactores es más que sospechosa. Macron y los europeos, en cuyo nombre se “gestiona” nuestro continente, se cuidan de no señalar que el 40% de la deuda africana a cancelar ¡pertenece a China! Su actitud es, sobre todo, un reconocimiento importante: tanta es la preocupación por el destino de África, que uno mismo se encuentra en la más profunda de las angustias. Parece que Europa perdería un tremendo dineral si tuviera que resignarse a no seguir “ayudándonos”. Además, me molestó bastante oír a Macky Sall suplicando que se anulara la deuda. No era el momento, no es lo que hay que decir a gente bastante ocupada en, digan lo que digan, salvar su propio pellejo. No es muy digno. Además de esta falta de tacto, el enfoque de Macky Sall muestra que, según el, incluso tras esta pandemia las relaciones internacionales tendrán que seguir obedeciendo las normas totalmente injustas en vigor. Tal falta de lucidez es preocupante, y no debe permitírsele seguir liquidando los recursos de nuestro país a intereses extranjeros.

Quiere decir que se mantiene dentro de la lógica de la Françafrique

Absolutamente. Es en estas aguas turbias donde nada. Dudo que el presidente senegalés pueda concebir su acción política fuera de este marco.

¿Sobrevivirá la Françafrique a esta crisis?

Tratará de ponerse ropa nueva, como de costumbre. Ya empezaba a oler a chamuscado antes de la pandemia y a mi juicio las cosas se van a complicar aún más, la juventud africana esté al límite. A pesar de todo, Francia tratará de resistir porque los desafíos económicos y políticos se han vuelto aún más vitales que hace tan solo dos meses. Como vimos, Macron no pudo evitar hablar de África en su último discurso. Los franceses han descifrado bien sus palabras y les convienen perfectamente: África vendrá a salvarnos con sus inagotables recursos. Al fin y al cabo, esto recuerda al discurso de Charles De Gaulle del 18 de junio: “Francia ha perdido una batalla, pero no ha perdido la guerra, tiene un inmenso imperio…” En la misma línea, también se debe mencionar ese curioso documento del Ministerio de Asuntos Exteriores francés en el que sus redactores se burlan de nuestros millones de muertes imaginarias (”el efecto pangolín”), olvidando sus miles de muertes bien reales. En este documento del Quai d’Orsay se trata de cooptar, con todas las de la democracia huelga decir, a los futuros líderes de ciertos estados africanos. La gestión cercana de nuestras élites políticas e intelectuales es una vieja receta de Françafrique y esto se percibe en ese documento, supuestamente confidencial, pero que el mundo entero ha leído con asombro.

No, no veo un cuestionamiento de la Françafrique. No hay que olvidar que Emmanuel Macron humilló públicamente al presidente Kaboré en Uagadugú. En otra ocasión convocó a cinco jefes de Estado francófonos a Pau con un simple chasquido de dedos. Poco después declaró, públicamente de nuevo, que había dado a Paul Biya la orden de liberar al oponente Maurice Kamto. Y vimos lo que ocurrió en Abiyán, con el presidente marfileño Ouattara, a propósito del franco CFA. Si Macron se comporta así a la vista de todos, ¿cómo debe ser cuando está a solas con Macky Sall o Sassou Nguesso, que también le deben todo? Es todo bastante grosero, pero tal vez es también tranquilizador. “Vendarse los músculos” de esta manera es, a fin de cuentas, una admisión de debilidad, y cuando el inquilino del Palacio del Elíseo llega incluso a quejarse de “sentimientos antifranceses” es porque puede sentir que el suelo sobre el que camina se desmorona. Pero, como acabo de decir, no hay más remedio que aguantar. En realidad, la influencia de Francia en el mundo es tributaria de su peso político en África. Pero en Senegal, Malí, Níger y en todas las neo-colonias francesas, los jóvenes están decididos a no someterse más. En una crónica reciente, Pape Samba Kane decía de esta juventud que nada podrá detenerla, que está completamente desconectada de Francia. Estoy convencido, yo también, de que nadie podrá domar a las personas transnacionales y a menudo completamente salvajes en las redes sociales. Por supuesto, uso la palabra “salvaje” en un sentido positivo, para felicitarme por la absoluta libertad de expresión.

La confianza entre el Estado y el ciudadano no es particularmente sólida en África. ¿No es esto un problema importante cuando nos encontramos ante una situación como esta en la que es importante que todos respeten las reglas establecidas por los gobiernos para contener el contagio del virus?

Ahí reside el problema. Por el momento las normas se respetan bastante en Senegal, pero lo que nos enseñan los “casos comunitarios” es una cierta desconfianza en la palabra y los servicios del gobierno. Los ciudadanos han aprendido a prescindir del Estado, y en una situación como esta se confían a su guía religioso para las oraciones y al curandero para prevenir o tratar enfermedades. Todo esto, por supuesto, violando el estado de alarma. El fenómeno en sí mismo puede considerarse marginal, pero sus consecuencias, en cuanto a la transmisión del virus, pueden ser muy graves.

De entre los cambios que esta crisis podría generar, ¿por qué no imaginar particularmente la introducción inmediata de las lenguas nacionales en el sistema educativo senegalés?

Puede estar seguro de que no me cabe la menor duda. Pero este desafío post-Covid-19 no solo concierne a nuestro país y tampoco solo a la lengua. La lengua es ciertamente un poderoso marcador de identidad, pero, en términos más generales, lo que los africanos necesitan reencontrar es su autoestima. Lo mismo nos da por enfurecernos por una mirada atravesada como por tender, en situaciones cotidianas, a aceptar comportamientos que despiertan el menosprecio de los demás. ¿Cómo entender, por ejemplo, la serie de cumbres África-Turquía, África-India, África-Francia, etc. ? Un continente entero reunido alrededor del presidente de un solo país, en su suelo para más inri, mendigando ayuda ruinosa no es agradable a la vista. La sobrevaloración de todo lo que viene de Asia, Europa o América en detrimento de nuestros propios productos hace que finalmente este complejo de inferioridad nos cueste muy caro. ¿Y qué hay de los 2.000 billones de francos CFA gastados en el extranjero para hacerse con una larga melena rubia o lograr un tono de piel bien claro? Es un acto de automutilación que delata un profundo odio a sí mismo.

Todo nos lleva a creer que en el mundo post-Covid-19, la preocupación mayor de cada pueblo será la de encontrar su camino hacia sí mismo. Por eso, para permanecer en el espíritu del pensamiento de Cheikh Anta Diop, nuestra respuesta a lo que está ocurriendo ahora deberá ser fundamentalmente cultural. Para ser más claros, tras la pandemia, la revolución africana será cultural o no será. En realidad, lo que realmente nos duele es la cabeza.

¿Sus palabras de cierre sobre esta crisis sanitaria?

Me limitaré a poner en relación los comentarios racistas de los doctores franceses Mira y Locht con los odiosos ataques contra los negros africanos en China. Los primeros nos ven como ratas de laboratorio y los de Guanzou nos confunden con los pangolines, responsables de la pandemia.

Este racismo no es nuevo, pero esta vez ha tenido reacciones fuertes que están cambiando la situación. Quiero decir aquí cuánto me alegra esto. Creo que es vital hacerse oír, sobre todo en estas circunstancias dramáticas; estamos en un mundo donde ya nadie pone la otra mejilla. Es más, en el preciso instante en el que los doctores Mira y Locht nos escupían a la cara, una bandita de periodistas dirigida por una tal Camille Pittard se dio el gusto de carcajearse en France Inter a expensas del millón de tutsis masacrados en Rwanda en 1994. Fue su manera de marcar el 26 aniversario del genocidio. Este antikemitismo, silencioso o escandaloso, es, insisto en repetirlo al final de esta entrevista, casi universal. El mundo entero no es racista, afortunadamente, pero para todos aquellos que sí lo son, en todas partes, los negros de África son el primer objetivo. Encuentro extraño que persistamos en no ver una realidad que salta a la vista. Los miedos más irracionales se exacerbarán por el Covid-19, y aceptar ser la víctima perfecta de todos los frustrados del mundo es exponerse a pogromos. No hay que olvidar que esto ha sucedido antes y que puede volver a suceder.

Entrevista publicada en Seneplus el 15/04/2020, por S. S. Gueye, A. Sène y B. Badji. Traducción de Alba Rodríguez-García

Boubakar Boris Diop es novelista, ensayista, dramaturgo, guionista y periodista y es considerado uno de los grandes escritores actuales de África. Fundó la editorial  EjoWolof  Books en la que se publican obras escritas en wolof, lengua senegalesa aunque también se habla en otros países de la región de África occidental.

 

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