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Morir en tiempos de pandemia

Diario de una pandemia, por Felwine Sarr. La muerte, como bien sabemos, es el destino compartido de los seres humanos. Algunas las consideramos aceptables: muertes de personas mayores o aquellas que son fruto de una larga enfermedad. Otras nos parecen injustas: personas jóvenes que mueren en la flor de la vida, niños, personas asesinadas o víctimas civiles de bombardeos. En tiempos de guerra, aunque nadie lo desea, la muerte es algo previsible. Desde la segunda guerra mundial, occidente en general y Europa en particular no han tenido prácticamente ninguna experiencia de muerte masiva y casi habían perdido la memoria al respecto. Durante los últimos siglos, la muerte ha sido más común en el hemisferio sur del planeta donde se han acumulado gran cantidad de genocidios, crímenes masivos, epidemias, guerras, hambrunas y catástrofes naturales que han causado millones de muertos. Esta parte del mundo ha experimentado la desigual distribución de la muerte que perpetuaba la línea divisoria de los imperialismos, los colonialismos y la dominación, las desigualdades, la pobreza infligida, la incuria de los gobiernos, etc.

Con esta pandemia, Europa y América experimentan de nuevo la muerte masiva y pagan el más terrible tributo. Nadie se alegra de esta situación porque están muriendo nuestros semejantes y ello nos recuerda a todos nuestra condición humana común. No obstante, parece que la muerte masiva ha pasado a ser democrática e igualitaria. Todos estamos potencialmente sometidos a ella y, aunque se dice que la pandemia afecta en su mayoría a personas mayores, no hay duda de que introduce una democracia en términos de letalidad. Aquellos que estaban acostumbrados a vernos morir en el continente africano no comprenden que no constituyamos ahora el mayor contingente y siguen pronosticando un porvenir funesto para nuestro continente. Esta expectativa de muerte es sumamente inmoral. Aún nos queda un largo camino para hacer mundo y compartir un sentimiento de humanidad común.

Una catástrofe natural induce una mayor aceptación de la muerte. Se imputan sus causas a la voluntad de la madre naturaleza. Tampoco nos indigna la muerte provocada por un virus. Sin embargo, esta pandemia es el resultado de una catástrofe cultural: un capitaloceno[1] que ha deforestado la naturaleza de manera desaforada, destruido la biodiversidad,  reducido el hábitat de las especies animales y permitido las zoonosis. Es necesario realizar una lectura política de esta mortalidad relacionada con el virus, ya que una de sus causas es la alteración del biotopo que resulta de la acción del hombre sin que nadie se haya hecho responsable de ello. La máxima responsabilidad recae sobre el humano-occidental-capitalista y ahora también asiático, y la cuestión que debemos plantearnos es cómo incitarles a tomar las medidas éticas y biopolíticas[2] oportunas.

La muerte es esa visitante que nunca sabemos cuándo llamará a nuestra puerta, dónde nos encontrará o qué forma tendrá. Esta ignorancia hace que la vida cotidiana sea menos angustiosa. Esta muerte serial nos priva de ese carácter singular del supuesto fin de nuestros días; no moriremos de forma natural sino de forma gregaria e impropia. Allí donde la muerte ha estado siempre presente, los individuos desarrollan un sentido agudo de lo trágico: la domeñan, conviven con ella, aprenden a aceptar su predestinación y, dado que vivir consiste a caminar hacia ella, se la apropian, conviven con su insondable misterio y la dan un sentido. La muerte se convierte en un espejo que refleja el sentido de la vida. Algunos optarán por vivir intensamente aunque el exceso de vida y convivencia les cueste morir; su última libertad será que el miedo a la muerte no les impida disfrutar de la vida.

El virus morirá, pero no es seguro que con él mueran también los malos hábitos de este mundo: sus desigualdades, su avidez y su desmesura. Los que realmente deberíamos combatir. Imagen: Marina Rodríguez Bustos.

El virus morirá, pero no es seguro que con él mueran también los malos hábitos de este mundo: sus desigualdades, su avidez y su desmesura. Los que realmente deberíamos combatir. Imagen: Marina Rodríguez Bustos.

El virus morirá, pero no es seguro que con él mueran también los malos hábitos de este mundo: sus desigualdades, su avidez y su desmesura. Sin embargo, son estos hábitos lo que realmente debemos combatir. Si incluso la muerte, que es una experiencia íntima, individual y que se ha convertido en serial en estos tiempos que vivimos, no aporta ya un sentido a los vivos, ¿qué lo hará de aquí en adelante?

La sabiduría ancestral nos dice que morimos como hemos vivido. Para nuestros antepasados, aprender a morir era un arte de vivir. Meditar sobre las razones de esta muerte masiva que nos hemos infligido podrá quizá enseñarnos a vivir mejor.

 


[1] El Capitaloceno aporta una precisión al término Antropoceno respecto a la crisis ecológica y climática a la que ambos términos hacen alusión: el capitalismo es el principal responsable de los desequilibrios medioambientales. No es tanto la actividad humana como tal, sino la que sigue un modo de producción capitalista.

[2] Neologísmo utilizado por Michel Foucault para identificar un modo de ejercicio del poder basado en la vida de los individuos y no en los territorios.

 

Felwine Sarr es académico, escritor y músico senegalés. Docente en la Université Gaston Berger de Saint-Louis (Senegal) desde 2007, sus trabajos académicos se centran, entre otros, en las políticas económicas, la economía del desarrollo, la econometría y la historia de las ideas religiosas. En 2010 ganó el Premio Abdoulaye Fadiga de investigación económica y en 2016 fue premiado con el Grand Prix des Associations Littéraires (modalidad de investigación) por su obra Afrotopía, publicada en español en la Colección de Ensayo Casa África. Entre sus publicaciones destacan además Dahij (2009), Meditations africaines (2012), Ishindeshin de mon âme à ton âme (2017) y Habiter le monde, essai de politique relationelle (2018).

 Artículo publicado originalmente en alemán en Süddeutsche Zeitung y traducido por Inmaculada Ortiz.

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