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Tiempos extraños

La ciudad es fantasmal. El miedo se ha apoderado de todos. Imagen de Mame Cheikh Ahmadou Mbacke Faye

La ciudad es fantasmal. El miedo se ha apoderado de todos. Imagen de Mame Cheikh Ahmadou Mbacke Faye

Diario de una pandemia, por Felwine Sarr. Extraños tiempos en los que la vida se reduce a sus funciones esenciales, biológicas y vegetativas. En estos tiempos de pandemia, la vida se limita a mantener una buena salud. Y para ello, hay que evitar al otro, que es un portador potencial de esta enfermedad infecciosa, maliciosa e invisible. Extraños momentos en los que nos damos cuenta de que vivir es más que mantenerse vivo, es también vivir con ello; es estar conectado con los demás.

Dakar es una ciudad donde la proxémica es fuerte. Esta noción varía según las culturas. Algunos se tocan, se abrazan, se besan, se agrupan. Otros se mantienen alejados y se saludan con un simple gesto con la cabeza, juntando sus manos o inclinando su cuerpo. Aquí, para saludarnos, nos tocamos. Nos damos la mano, e incluso la ponemos en la frente y el corazón del otro. Vivir es estar juntos. Nos agrupamos en pequeños espacios, en bancos públicos, en la entrada de las casas para tomar el té, en pequeñas cantinas. Nos reunimos también en bodas y bautizos. La sociedad se convierte literalmente en un solo cuerpo.

La ciudad es fantasmal. El miedo se ha apoderado de la gente. En primer lugar, de la población urbana, bien informada, conectada las 24 horas del día a los tubos de rayos catódicos que transmiten las mismas informaciones ad nauseam: el número de casos en aumento, la muerte acechando y arrasando, las dificultades del sistema de atención sanitaria y la inminente catástrofe. Miedo, siempre miedo.

Toque de queda. No se permite salir entre las ocho de la tarde y las seis de la mañana. Durante la primera noche, la policía golpeó a los rezagados: jóvenes que llegaban tarde a sus casas, taxistas, padres de familia delante de la puerta de sus casas, personal sanitario que no había encontrado transporte público para regresar a sus hogares. Una cultura de violencia estatal bajo nuestro cielo, que se remonta a la época colonial y que nuestros gobiernos poscoloniales han asumido. La gente es considerada como ganado al que controlar a falta de educarles. El presidente de este país ha confiado esta misión a un comisario que destacó por su brutalidad durante las protestas del 2012 contra la veleidad de Abdoulaye Wade para un tercer mandato, que provocaron una docena de muertos. La crisis es una bendición para los poderes públicos, que se aprovechan de ella para apretar las tuercas, reducir las libertades públicas y justificar el giro autoritario con el que todos sueñan. En Francia, aprovechan la crisis para perseguir a los inmigrantes ilegales y repatriarlos, para ganar terreno en los llamados suburbios difíciles y para disolver la población marginal, pobre, negra y árabe. En Senegal, Costa de Marfil y Burkina Faso someten al pueblo a la represión y a la violencia física. Convertir un problema de salud pública en un problema de mantenimiento del orden. Atacar a los más vulnerables en lugar de proporcionarles cuidados y asistencia.

África, el continente menos afectado porque es el menos conectado con la movilidad mundial. Por una vez, la epidemia no surge de aquí. Sin embargo, la OMS pide al continente que despierte y que se prepare para lo peor; y António Guterres, Secretario General de la ONU, dice que habrá decenas de millones de muertos en el Continente. Siempre la misma cantinela de desprecio, condescendencia y racismo, que ya no se toma la molestia de observar la realidad. África es una realidad imaginaria cuya fuerza de las representaciones que se le asocian cesantea su realidad. Y ello pese a que  la mayoría de los países africanos han tomado medidas muy tempranas, algunas de ellas drásticas, a diferencia de algunos países europeos que han estado dormidos. Prevén lo peor para nosotros porque es África. Sería ilógico que nosotros no saliéramos demasiado mal parados. Olvidamos que el continente tiene, a pesar de sus dificultades, una larga experiencia en la gestión de enfermedades infecciosas, y ciertamente una mayor resistencia a todo tipo de crisis. Su larga historia está ahí para demostrarlo. Esto podremos verlo cuando pase esta crisis.

Este virus nos obliga a hacer mundo, incluso negativamente en un principio. Ha trascendido las fronteras geográficas, físicas, económicas, ideológicas y de clase. Es el resultado del antropoceno, de una devastación de la biodiversidad provocada por el descerebrado modo de producción capitalista y por el arrogante modo de vida de una cuarta parte del planeta: los europeos a los que ahora se suman los chinos. Todo el mundo está pagando el precio de su imprudencia y egoísmo. Este virus destapa los defectos y fragilidades de la sociedad mundial, su naturaleza profundamente desigual y su falta de solidaridad. También nos recuerda nuestro destino común. Nadie escapará a los efectos de una crisis ecológica que ya está en marcha.

Existen dos opciones: un repliegue, el retorno y la intensificación de las ideologías etnonacionalistas; o la solidaridad, una mayor conciencia ecológica y una refundación de nuestra civilización. Desde el cese impuesto a la sobreproducción industrial, los ríos respiran mejor, los peces regresan, las grandes megalópolis están menos contaminadas y se respira mejor en Beijing. Rara vez he respirado un aire tan puro en la cornisa de Dakar.

Pero parece que el arte que mejor practicamos es el ars oblivionalis, el arte del olvido. Cabe temer que, una vez terminada la crisis, felices de volver a nuestras costumbres, a nuestra vida social y después de un tiempo de estupefacción, olvidemos la señal enviada por la COVID-19 y el significado de esta crisis. ¿Dónde está nuestra ceguera frente al desastre? ¿Cómo es posible que ninguna alarma sea lo suficientemente poderosa para evitar que vayamos alegremente a estrellarnos contra el muro?

Desde el Precámbrico, el cerebro ha sido programado para asegurar su supervivencia: para comer, reproducirse, almacenar información, acceder al estatus social y descubrir nuevos territorios. En el corazón del cerebro, el cuerpo estriado realiza esta tarea descargando dopamina para recompensar y motivar comportamientos que aseguren la supervivencia. Esto es lo que el neurocientífico Sebastian Bohler define como  el “error del cerebro”: el cerebro está diseñado para querer consumir siempre más y más. Este principio, que ha asegurado nuestra supervivencia hasta ahora, es hoy la amenaza, ya que el consumo y la explotación excesivos de nuestros ecosistemas amenazan nuestra supervivencia como especie.

¿Cómo podemos autolimitarnos cuando la estructura interna del cerebro y su funcionamiento conducen a la arrogancia? Las religiones y las grandes limitaciones colectivas han intentado moderar esta tendencia, con un éxito limitado. Pero ¿qué se puede hacer cuando el mantra más compartido en el mundo es el del disfrute sin restricciones?

Renunciar al sueño del sobreconsumo. Para los del norte industrializado, emprender un trabajo de desintoxicación consumista. Y para los del Sur, que ya viven bajo una austeridad impuesta, renunciar al imaginario de la modernidad industrial occidental y a ese modelo de civilización, e inventar otro modelo. Esta crisis es la oportunidad para ello.

 

Felwine Sarr es cadémico, escritor y músico senegalés. Docente en la Université Gaston Berger de Saint-Louis (Senegal) desde 2007, sus trabajos académicos se centran, entre otros, en las políticas económicas, la economía del desarrollo, la econometría y la historia de las ideas religiosas. En 2010 ganó el Premio Abdoulaye Fadiga de investigación económica y en 2016 fue premiado con el Grand prix des associations littéraires (modalidad de investigación) por su obra Afrotopia. Entre sus publicaciones destacan además Dahij (2009), Meditations africaines (2012), Ishindeshin de mon âme à ton âme (2017) y Habiter le monde, essai de politique relationelle (2018).

Artículo publicado originalmente en alemán en Süddeutsche Zeitung traducido por Inmaculada Ortiz

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