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El tiempo que vendrá

Hacemos equilibrios sobre el abismo de lo posible, una brecha abierta en el tiempo que indica nuevas potencialidades históricas. Imagen de Nicola Fioravanti en Unsplash.

Hacemos equilibrios sobre el abismo de lo posible, una brecha abierta en el tiempo que indica nuevas potencialidades históricas. Imagen de Nicola Fioravanti en Unsplash.

Diario de una pandemia, por Felwine SarrSe está librando una reñida batalla entre aquellos que piensan y dicen que el mundo poscovid-19 nunca será como antes, y aquellos que creen que nada cambiará. Los hábitos consumistas están tan arraigados que el feroz capitalismo no se dejará vencer tan fácilmente y sobrevivirá. De momento, el capitalismo posee las armas de las finanzas mundiales, la potencia de las multinacionales, una oligarquía política mayoritariamente bajo su poder, y nosotros le confiamos la satisfacción de nuestras necesidades y de nuestros deseos. Incluso se ha oído a uno de sus aduladores preconizar que, tras el confinamiento, será necesario acelerar el ritmo de trabajo, una declaración que le ha costado una buena reprimenda.  Señal de un tiempo esperanzador.

El período que vivimos es inédito en varios aspectos. Hace solo algunos meses, nadie hubiera podido prever que “el tren se pararía”, un receso de la producción industrial mundial, el tráfico aéreo restringido al transporte de bienes necesarios, o las economías al ralentí con una reactivación programada únicamente para las actividades que se consideran esenciales. Imposible prever que Europa y Estados Unidos serían el epicentro de una pandemia mundial por la que están pagando un alto precio, que el aire en las megalópolis sería de nuevo respirable y que el deseo de un nuevo mundo se pondría de manifiesto con tanto ahínco. Al igual que los funambulistas, hacemos equilibrios sobre el abismo de lo posible, una brecha abierta en el tiempo que indica nuevas potencialidades históricas. La cuestión no es saber quién hará el mejor pronóstico sobre el tiempo que vendrá, sino en qué se diferenciará el mañana del ahora. No obstante, la crisis únicamente no resolverá esta cuestión, ya que su única función es indicar lo que ya no es sostenible y aquello que debe cambiar. Para que de esta crisis nazca una verdadera transformación, debemos reflexionar y sobre todo trabajar para ello.

El poscapitalismo: una utopía concreta, según Hala Moughanie[1] en un magnífico texto. Moughanie ha lanzado una llamada a los utópicos. Responder a esta llamada es indudablemente reflexionar sobre la tensión que existe entre utopía y realidad, y sobre todo concebir, como lo hace Miguel Abensour[2], la utopía como una búsqueda sin fin del orden político justo y adecuado. Para la mayoría de los individuos del planeta, este orden económico y político mundial no lo es en absoluto. La contribución de la Utopía es poner de manifiesto la plasticidad del mundo; permite considerar la historia como un espacio de potencialidades, de reconfiguración y de recomposición, e imaginar posibilidades más allá de lo real. La realidad que vivimos se desmorona en todo el mundo. La tentación de remendarlo es fuerte, pero corremos el riesgo de acelerar el fracaso total. Estamos viviendo un momento de profundo cambio que abre el camino a la transformación social, siempre y cuando trabajemos para ello.

Para las personas que vivimos en el continente africano, esta pandemia es, en primer lugar, la oportunidad de hacer balance sin concesión de nuestro déficit en infraestructuras socioeconómicas de base, sanitarias,  seguridad social y atención a los más vulnerables. Los planes de resiliencia concebidos aquí y allá en todo el continente deberían ser los embriones de políticas públicas completamente dedicadas a la cobertura de las necesidades fundamentales de la población y cuyo fundamento es sustentar la vida y dar asistencia y protección al mayor número de personas. Es imperativo garantizar la seguridad alimentaria, la independencia energética, la creación de cadenas de valor continentales, una industrialización ecológica, las mejores modalidades de integración en el comercio internacional, salir de la especialización en el sector primario,  transformar nuestras materias primas in situ y diversificar nuestras economías.

En el mundo que vendrá, es preciso llevar a cabo esas transformaciones estructurales, replantear economías integradas en su sustrato sociocultural y en simbiosis con los seres vivos. Para ello debemos trabajar en pro de las revoluciones culturales, sociales y políticas.

 


[1] Hala Moughanie est una escritora libanesa, y publicó un artículo en enero de 2020 sobre la reconstrucción del pueblo libanés tras la guerra civil a partir de un proyecto colectivo, frugal y realista https://www.liberation.fr/debats/2020/01/31/construire-le-liban-d-apres_1776458

[2] Miguel Abensour (1939-2017) fue un filósofo francés, especialista en filosofía política, que trabajó sobre el significado y la práctica de la utopía entendida como “no ceder a la dominación”. https://www.franceculture.fr/personne-miguel-abensour.html

 

Felwine Sarr es académico, escritor y músico senegalés. Docente en la Université Gaston Berger de Saint-Louis (Senegal) desde 2007, sus trabajos académicos se centran, entre otros, en las políticas económicas, la economía del desarrollo, la econometría y la historia de las ideas religiosas. En 2010 ganó el Premio Abdoulaye Fadiga de investigación económica y en 2016 fue premiado con el Grand Prix des Associations Littéraires (modalidad de investigación) por su obra Afrotopía, publicada en español en la Colección de Ensayo Casa África. Entre sus publicaciones destacan además Dahij (2009), Meditations africaines (2012), Ishindeshin de mon âme à ton âme (2017) y Habiter le monde, essai de politique relationelle (2018).

 Artículo publicado originalmente en alemán en Süddeutsche Zeitung y traducido por Inmaculada Ortiz.

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