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Escucha los latidos de tu corazón

 

El 21 de febrero se celebra el Día Internacional de la Lengua Materna. África atesora más de 2000 lenguas que fueron silenciadas durante la colonización.  Imagen: Juan Carlos Ruiz Duarte

El 21 de febrero se celebra el Día Internacional de la Lengua Materna. África atesora más de 2000 lenguas que fueron silenciadas durante la colonización. Imagen: Juan Carlos Ruiz Duarte

 

Bépp làkk rafet na buy gindi ci nit xel ma, di tudd ci jaam ngor la. *

Sëriñ Musaa Ka

 

* Toute langue est belle qui élargit l’horizon intellectuel de l’être  humain et redonne à l’homme asservi le goût de la liberté.

Serigne Moussa Kâ, poète sénégalais

 

* Toda lengua es hermosa, pues extiende el horizonte intelectual del ser humano y permite al hombre esclavo saborear la libertad.

Serigne Moussa Kâ, poeta senegalés

Cada vez que hablamos de literatura africana, nos vienen a la mente aquellos autores que tienen en común haber escrito en las antiguas lenguas de las potencias coloniales. Por ello, los especialistas no pueden concebir esta literatura sin tener en cuenta el contexto histórico trazado por la conquista. De hecho, nunca se mencionan las obras escritas por los africanos en sus lenguas maternas, antes o después de la colonización. Corroboramos, así, la famosa «teoría de la tabla rasa», que ha sido una de las principales coartadas para la ocupación extranjera y que afirma lo siguiente: dado que África es una tierra virgen de toda cultura,  destinada a sufrir una barbarie sangrienta durante toda la eternidad,  estaba justificado que se dispusiera de ella libremente en nombre de los valores de una civilización superior.  Afirmar que nuestra literatura nace del contacto con el hombre blanco, gracias a su lengua y a su educación, ¿no acredita la idea de que antes de su llegada, nosotros ya estábamos, de hecho, «en el corazón de las tinieblas? » Es difícil admitir que un continente, como cuna de la humanidad, deba permanecer callado durante milenios…

Como consecuencia, el senegalés Cheikh Anta Diop y el keniano Ngugi Wa Thiong’o han considerado que hay que situar la lengua en el centro del debate literario africano.

Para Ngugi, todo comenzó en 1962, en la Universidad de Makerere de Kampala. En el mes de junio, tuvo lugar una gran conferencia en la que se reunieron todos los autores africanos de las antiguas colonias británicas. Ngugi era entonces un joven de 24 años, pero este encuentro hizo emerger en su interior la siguiente pregunta: ¿los textos africanos escritos en lenguas europeas realmente forman parte de la literatura africana? Según él, deberíamos hablar mejor de «literatura afro-europea». Este pensamiento fue una revelación que cambió por completo su vida. No tardará, entonces, en empezar a escribir sus obras en su lengua materna, el kikuyu.

Hay multitud de opiniones acerca de esta controversia.

Los «realistas» destacan la multiplicidad de idiomas en cada país africano y el riesgo de que la imposición de uno de ellos pueda poner en peligro la unidad nacional. Mientras que los «modernistas» consideran que escribir en soussou o en mbay supone dar la espalda al progreso y privarse de las ventajas que ofrecen los llamados idiomas internacionales.

Al final, como se muestra en L’aventure ambiguë de Cheikh Hamidou Kane, todo un continente ha olvidado desarrollar sus propias lenguas en beneficio de las de los ganadores.

Y de ahí, el por qué la brecha entre el escritor africano y su público no ha parado de agrandarse. Con el tiempo, hemos empezado a escribir mucho más para nuestros antiguos maestros, cuya aprobación esperamos con afán, que para nuestros pueblos.

Para los adversarios más «moderados» de las lenguas africanas, no existe un público lector de novelas en sénoufo. Pero este argumento no tiene ningún sentido, ya que en toda la literatura humana, son los textos los que preceden a la audiencia, a veces con siglos de anticipación,  y no al revés.

Incluso si hubiera habido pruebas sobre la ausencia de lectores de ficción en nuestro idioma, eso no pudo evitar que estas creaciones se establecieran con el tiempo.

En el fondo, para cada uno de nosotros, el principal cambio tiene lugar entre las palabras de su más lejana infancia y su yo mismo: yo hablo mi lengua materna, porque ella me habla desde siempre, incluso antes de haber llegado al mundo.

Sin embargo, los autores admiten cada vez más, con lucidez, que les resulta imposible expresarlo todo a través de una lengua europea, lo que señala el poeta haitiano, León Laleau, en Trahison:

« […] de Europa, ¿sientes ese sufrimiento y ese desespero sin igual, cuando domesticas con palabras francesas este corazón que me viene de Senegal?»

Incluso si se puede hablar de un impase estético, no se trata de una simple querella literaria, sino de algo más esencial que tiene mucho que ver con nuestra seña de identidad. En este sentido, Cheikh Anta Diop, por ejemplo, considera que el análisis de los factores de subdesarrollo no puede ignorar la cuestión lingüística. De acuerdo con Diop, esto último es incluso fundamental, ya que pretende asegurar el progreso económico y social de cualquier país donde una lengua extranjera es una farsa.

Sesenta años después de que los colonizadores se fueran, los dirigentes que están al cargo de los nuevos estados han optado, desde su marcha, por un callejón sin salida. De esta forma, la educación y la cultura se encuentran bajo el control directo de Francia, a través de un equipo de asistentes técnicos. No se podía esperar que la antigua potencia colonial trabajara, entre otras cosas, ¡en la promoción de las lenguas africanas! Al contrario. El movimiento de la francofonía, único en su género, es el instrumento privilegiado de esta política de negación sistemática de las lenguas africanas.

Los resultados desastrosos se están viendo ahora.

Poco a poco, Dakar, Cotonú, Yaundé y Abiyán han dejado de ser los epicentros de la literatura africana en beneficio de París. Después de todo, teniendo en cuenta el empeoramiento de la edición in situ, un togolés o guineano tiene más posibilidades de publicar en Francia.

Omnipresente y con derecho de supervisar todo, Francia considera a los escritores africanos francófonos como aliados en su lucha quijotesca contra la hegemonía mundial del inglés. Pero, ¿aliados o, como ocurría en tiempos de guerra, tirailleurs de un nuevo género? Francia ejerce una fuerte influencia sobre sus carreras a través de su red de centros culturales, premios de literatura, medios de comunicación (Rfi, France 24 y Tv5), así como sus festivales y otros encuentros de lectura. Los autores en cuestión siguen el juego al máximo. Casi todos se enfadan cuando se les pregunta por qué no intentan escribir en pulaar o ewe sólo para ver qué pueden hacer. Si uno insiste, murmuran algo sobre la globalización, que se ha convertido en la gran coartada para aquellos que están decididos a no escuchar los latidos de su corazón.

Pero mientras un puñado de autores se exhiben a orillas del Sena, sin ser tomados realmente en serio, la creación literaria en lengua francesa está marcando el paso en la mayoría de sus países.

Obstinarse a escribir a la mayoría de tu pueblo en una lengua prohibida es una aberración. De hecho, Senegal, a la vanguardia de la lucha por la influencia internacional de los franceses, no es realmente un país francófono. Ni en una megalópolis, como Dakar, se utiliza el francés a diario.

Esto supone una cuestión estética fundamental: ¿qué puede pasar por la cabeza de un autor que trabaja con un vocabulario con el que nunca ha estado familiarizado y que ni él mismo utiliza? En ese caso, la obra resultante se ve privada de una riqueza sonora extraordinaria, muy por encima de los estrictos términos procedentes de un diccionario. La tan deplorada falta de naturalidad de la literatura africana en el idioma francés puede deberse, en parte, a esto.

La literatura en lenguas nacionales está empezando a aprovechar estas debilidades.

En la actualidad, Cheik Aliou Ndao tiene numerosos libros, y no poco famosos, escritos por separado en francés y en wolof. Los títulos son Mbaam aakimu, Guy NjulliBuur Tilléen.

Ndao, junto con Ngugi wa Thiong’o, es un ejemplo de escritor africano conocido a nivel mundial gracias a sus obras escritas en un idioma occidental, y que tras ver lo falso y frustrante de esta fama, se negó a conformarse con ella. Tal enfoque desmiente la perniciosa idea de que sólo los autores africanos de segunda categoría se divierten creando en sus lenguas maternas.

Otro nombre importante es el de Mame Younousse Dieng, una joven maestra de un pequeño pueblo de interior, que tradujo en wolof el himno nacional de Senegal. Más tarde, se dio a conocer a través de una novela de alto nivel sobre la poligamia, Aawo bi, editada numerosas veces.

Durante mucho tiempo, la historia parece cambiar en África, a favor de aquello que nombró Ngugi wa Thiog’o, y que vimos como literatura «afro-europea». Sin embargo, en los últimos años ha surgido una nueva dinámica. Aunque los partidarios del inglés y el francés siguen siendo la mayoría abrumadora en todas partes, cada vez se alzan más voces, gracias a la crisis de nuestra literatura, contra el modelo lingüístico dominante. De este modo, el debate suscitado ha servido para recordar la siguiente visión estratégica expresada por Cheikh Anta Diop: a juzgar por la larga trayectoria histórica, las novelas y poemas escritos por africanos en inglés, francés o portugués son,  sea cual sea su valor, parte de una simple literatura de transición. Y es bien sabido que cualquier proyecto literario, ya sea individual o colectivo, es trabajado en profundidad por la noción de posteridad. A menos que consideremos que las lenguas europeas conservarán su posición de fuerza en África durante los siglos venideros, tenemos que admitir que no pueden ser en modo alguno el futuro lejano de nuestra imaginación.

Cheikh Anta Diop era un hombre mesurado. Así que fue sin levantar la voz, con gran desapego científico, que respondió a la pregunta de Ngugi, incluso antes de que la formulara el famoso novelista keniano. Para él, las obras escritas en lenguas extranjeras por africanos, son un paso menor en un viaje literario en el que nuestras palabras, tan ansiosas de ser pronunciadas por fin, serán, sin duda, pronunciadas. Y aunque, bloqueadas por un destino contrario, la colonización, en el fondo de nuestras gargantas, verán, tarde o temprano, la luz de nuestra vida real.

Boubakar Boris Diop es novelista, ensayista, dramaturgo, guionista y periodista y es considerado uno de los grandes escritores actuales de África. Fundó la editorial  EjoWolof  Books en la que se publican obras escritas en esta lengua senegalesa aunque también se habla en otros países de la región de África occidental.

Traducción: Claudia Suárez Ramírez.

 

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