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Celebración reivindicativa de las independencias en África

17 países africanos celebran en este año su independencia.  Imagen: Renata Larroy

17 países africanos celebran este año el 60 aniversario de sus independencias. Imagen: Renata Larroy

Diecisiete países africanos celebrarán durante este año sesenta años de la proclamación de su independencia. Con toda justicia 1960 fue llamado el “año del boom de las independencias africanas”. Inauguró la era de la descolonización total del África negra que contaba hasta entonces con cuatro países independientes: Liberia desde 1947, la Unión Sudafricana desde 1910, Ghana desde 1957 y Guinea-Conakry desde 1958. Diez eran tan solo antes de 1960 los países soberanos en todo el continente, si incluimos a Etiopía, Egipto, Túnez, Libia, Marruecos y Sudán. Actualmente, hay en África 54 países independientes, después de la división de Sudán en dos Estados en 2011. Y deberán ser 55, cuando el Sahara alcance la independencia que muchos deseamos, además de los propios saharauis.

Sesenta años es un ciclo histórico muy corto, pero en el caso de África especialmente significativo. No fue un camino fácil ni cómodo, debido a dos factores foráneos: el acendrado neocolonialismo de las antiguas metrópolis y la intromisión de las dos grandes potencias que prevalecieron después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética, a las que se sumó China a finales del siglo XX.

La cascada de golpes de Estado militares que padeció la mayoría de los países africanos desde 1960 no fue el resultado de una catarsis política interna, sino sobre todo la consecuencia de una descarada injerencia de las antiguas metrópolis y de las grandes potencias. Su objetivo era debilitar la cohesión política para controlar al menor coste posible los cuantiosos recursos de petróleo y de minerales estratégicos que atesora el subsuelo africano. Se fomentó así la inestabilidad, se incrementó la venta de armas, se azuzaron conflictos y guerras y se estimuló la corrupción de los dirigentes.

No es ninguna casualidad que el país más castigado por la inestabilidad y las guerras en estos sesenta años haya sido la República Democrática de Congo. Padeció la secesión de Katanga tan solo diez días después de proclamar la independencia, el 30 de junio de 1960; en 1964 estalló la rebelión de los simbas; en 1977 se produjo la insurrección de los katangueños; en 1996-1997 y 1998-2003 se desencadenaron dos guerras que atufaban a coltan (acrónimo de columbita y tantalita). Más de cuatro millones de personas perdieron la vida. El segundo de estos conflictos se llamó también “guerra mundial africana”, porque participó en él directamente una decena de países africanos para apoyar a los contendientes, después de firmar sustanciosos acuerdos de explotación de recursos naturales. Fue un expolio en toda regla y sus efectos aún perduran en el noreste del Congo.

Estas injerencias con efectos tan devastadores no permitieron ni a Congo ni a otros muchos países negroafricanos consolidar unas políticas internas de cohesión social y explotar sus propios recursos para revertir sus beneficios en la educación y en la sanidad y, a la postre, para mejorar la vida de unas poblaciones en constante crecimiento. En 1960 había en África unos 300 millones de habitantes; hoy rebasan los 1.300 millones y es muy probable que en el año 2050 sean 2.500 millones. Es un potencial inmenso que necesariamente influirá en el devenir de una humanidad cada vez más globalizada, pero al mismo tiempo una bomba de relojería, que acelerará la emigración, máxime si no se logra la estabilidad y el desarrollo económico.

En estos sesenta años de soberanía se ha enterrado el colonialismo, iniciado en la conferencia de Berlín en 1885 y se ha puesto punto final al mito del África blanca, primero con la independencia de Zimbabue en 1980 y después con la caída del apartheid en Sudáfrica y la liberación de Nelson Mandela en 1990.

No se ha alcanzado todavía la madurez política en la mayoría de los Estados africanos, porque no se lo han puesto nada fácil las intromisiones de las grandes o emergentes potencias, que siguen considerando al continente africano como un suministrador neto de materias primas, imprescindibles para su propio desarrollo industrial y tecnológico.

Ha habido también un elemento nuevo en el proceso democrático y social en toda África: el papel cada vez más activo que desempeñan las mujeres africanas. Y no solo porque algunas han sido elegidas presidentas, como ha sucedido en Liberia, Malaui y Etiopía, sino porque siguen siendo el soporte económico a través del pequeño comercio y de organizaciones económicas de gran relieve financiero.

Gerardo González Calvo, periodista y africanista.

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