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Robert Mugabe: un genocida premiado por la Reina de Inglaterra

Por Jaume Portell.

Robert Mugabe

Robert Mugabe ©Reuters

He ahí la historia de un anglófilo que dedicó su vida a destruir el imperio británico; un anti imperialista que recibió honores de la reina de Inglaterra; un patriota que destruyó el país que contribuyó a crear. La vida de Robert Mugabe (1924-2019) estuvo llena de ironías.

Abandonado por su padre a los 10 años, y con una madre devota, Robert se educó en un colegio religioso. El joven creció políticamente gracias a la influencia de Jerome O’Hea, un irlandés que fue para él prácticamente una figura paterna. Según explicó en el libro «A dinner with Mugabe» de Heidi Holland, O’Hea era un buen irlandés que les llevaba en camión a la piscina a enseñarles a nadar: “Solo un irlandés podía hacer eso; un inglés, no”, despachaba Mugabe.

El contexto de la Guerra Fría dejó a Rhodesia del Sur como otro nido de supremacistas blancos en el sur de África. Con el apartheid sudafricano al sur, y protegida por las colonias portuguesas de su entorno, esta antigua colonia británica decidió independizarse con el objetivo de mantener el poder de la minoría blanca. Ian Smith, líder de los blancos, lo dejó claro en su discurso de independencia, al concluir que habían dado un paso para asegurar la preservación de la justicia, la civilización y la cristiandad. Optimista, Smith añadió: “No creo que en mi vida llegue a ver a africanos suficientemente maduros o razonables como para tomar el poder”. Se equivocaba.

Mugabe visitó Ghana, que se había independizado del Reino Unido en 1957, y simpatizó cada vez más con el marxismo y el nacionalismo africano. La fundación del Zimbabue African National Union (ZANU) en 1963 fue el resultado de esos ideales. De vuelta a Rhodesia, su actividad en círculos independentistas se tradujo en 10 años en la prisión junto a Joshua Nkomo, otro partidario de la independencia. La caída del colonialismo portugués dejó a Rhodesia desnuda, e incluso Sudáfrica era poco partidaria de tener a un régimen tan inestable como el de Ian Smith como vecino. Ante la posibilidad de negociar, Nkomo veía con buenos ojos un acuerdo, Mugabe no. Sus años en la cárcel le llevaron a concluir que ningún pacto con los blancos sería útil si se mantenía la estructura económica colonial. La guerrilla del ZANU fue el resultado. Con bases en Mozambique, cuyo régimen marxista simpatizaba con las ideas de Mugabe, los ataques a Smith eran constantes, y el frente anti colonialista consiguió tumbar a los supremacistas blancos en 1979.

El nuevo país, Zimbabue, empezó con unas elecciones donde Mugabe ya empezaba a mostrar su poco interés por respetar a sus adversarios políticos. El clima de terror en los primeros comicios era total, pero Mugabe consiguió 57 escaños de 80 y nadie discutió los resultados. En su primera reunión con Ian Smith, el exlíder de Rhodesia quedó fascinado: “Se portó como un civilizado occidental, la antítesis del gánster comunista que esperaba”, dijo.

Mugabe no esperó mucho. Seis meses después de la independencia, en octubre de 1980, firmó un acuerdo con Corea del Norte para que le ayudaran a entrenar las fuerzas encargadas de lidiar con los disidentes políticos. Esas preparaciones tenían como objetivo acabar con los opositores, en especial con los ndebele que simpatizaban con Nkomo. Empezó así un periodo de matanzas que fue conocido con el nombre de Gukurahundi, que es el nombre que se le da en Zimbabue a las lluvias tempranas que limpian las cosechas antes de la primavera. Las milicias se desplazaron a Matabeleland, donde torturaron, azotaron y asesinaron a la población civil. Los ataques incluyeron el bloqueo de comida, y la estrategia contra la gente fue descrita claramente por un miembro de la milicia, conocida con el nombre de Brigada 5: “Primero os comeréis vuestros pollos, después vuestras cabras, después al ganado, después a los burros. A continuación os comeréis a vuestros hijos, y al final a los disidentes”. Los habitantes de los pueblos atacados acabaron comiendo insectos para no morir de hambre. En total, la campaña acabó con la vida de entre 10 000 y 30 000 zimbabuenses. Durante los primeros diez años, el país recibía ayuda internacional y mejoró los servicios de sanidad y educación, pero tras una década de libertad Zimbabue no había cumplido las grandes promesas de la independencia.

Contrariamente a la intuición de los medios occidentales, Mugabe fue un gran amigo de las instituciones internacionales durante años. A principios de los 90, aceptó y aplicó un plan de ajuste del Fondo Monetario Internacional. Presidente desde 1987, Mugabe desreguló el tipo de cambio, eliminó los subsidios a la comida y obedeció a las demandas de los grandes exportadores del país. La mayor parte de las tierras seguía en manos de los blancos y la introducción del copago en la sanidad y la educación dificultó el acceso de los más pobres a los servicios básicos. La degradación de la tierra y el poco acceso a campos de cultivo completaba el cuadro de un país que seguía manteniendo la estructura colonial. Mugabe recibió el título de Caballero Comandante de la Orden de Bath de las manos de la reina de Inglaterra en 1994. Para el Reino Unido, más allá del manido discurso de la defensa de los derechos humanos, lo importante era no tocar a los propietarios blancos. La crisis económica del país, sin embargo, hizo que Mugabe cambiara de dirección para siempre. Después del plan de ajuste estructural, en el año 2000 Zimbabue tenía un 50% de paro, un 70% de pobreza extrema y los 13 millones de habitantes eran un 10% más pobres que en 1990. Mugabe reaccionó hacia fuera y hacia dentro.

En su política exterior, Zimbabue participó en la guerra del Congo para lucrarse: a cambio de apoyar al bando de Kabila, el país recibía diamantes congoleños. En su política interior, Mugabe decidió expropiar a los granjeros blancos. Es ahí donde el presidente ejecutó su metamorfosis definitiva gracias a la alquimia. El líder del ZANU-PF (Unión Nacional Africana de Zimbabue – Frente Patriótico) usó al movimiento que reclamaba la redistribución de las tierras, cuyas reivindicaciones eran legítimas tras décadas de espera. A la vez, los veteranos de la guerra de independencia reclamaban mayores recompensas, y consideraban que el partido se había alejado de los objetivos por los que habían luchado. La solución fue clara: usando una lucha muy popular en Zimbabue, Mugabe recuperó la retórica anti colonialista para justificar la expropiación de las granjas, pero en lugar de repartir la tierra entre los campesinos más pobres del país regaló las propiedades a varios veteranos. La tierra, lejos de ser un mecanismo de reparación y justicia, se convirtió en un método para recompensar a los fieles al ZANU-PF. El movimiento le convirtió en un paria a ojos de Occidente, y él aprovechó esa demonización para justificar todos los males del país: después de tantos años, nada había cambiado; Inglaterra, Estados Unidos y el FMI conspiraban para arruinar a Zimbabue. La economía del país se desplomó. Las granjas, en manos del ejército, dejaron de producir; la moneda perdió su valor prácticamente por completo y el precio de la comida importada se disparó. Pese a contar con un sistema educativo decente –índice de alfabetización cercano al 90%-, los zimbabuenses mejor formados debían elegir si trabajar sin cobrar en Zimbabue o marcharse a Inglaterra, Sudáfrica, Canadá o los Estados Unidos. Las élites intelectuales y los opositores políticos del país debían elegir entre la cárcel y el exilio.

Durante los últimos años de Mugabe, China fue el principal proveedor de armas y créditos al país. Zimbabue, a cambio, vendía diamantes y recursos naturales a Pekín. Todos ganaban. Empresarios como Sam Pa, un oscuro personaje vinculado a las élites corruptas de varios países africanos ricos en recursos, encontraron en Harare un paraíso. Las minas del país beneficiaban a Pa y al ZANU-PF, dejando muy poco a la población local. Si Mugabe perdía las elecciones, se saltaba el resultado o firmaba un acuerdo para compartir el poder y luego lo ignoraba. Ante la sucesión, dos sectores se disputaban el trono. Por un lado, Grace Mugabe, su mujer, y su equipo de aliados; por el otro, el ejército y los veteranos de la guerra. En 2017, después de varios giros en la lucha, ganó el segundo sector y Emerson Mnangagwa se erigió como presidente del país tras un golpe de Estado. Mnangagwa, conocido como “el cocodrilo”, fue el dirigente político encargado de ejecutar el Gukurahundi y, con 76 años, representa cualquier cosa menos una renovación. Sus primeros gestos fueron hacia el FMI, y consiguió una foto con Christine Lagarde como muestra de normalización de las relaciones. El pago de compensaciones a granjeros blancos fue otra forma de enseñar a Occidente que Zimbabue volvía a estar abierto a los negocios.

Mugabe pone todas nuestras contradicciones encima de la mesa. Su retórica anti imperialista y anti colonialista le granjeó seguidores por todo el continente africano e incluso entre los izquierdistas occidentales más despistados. Mugabe, el mismo que había entregado su país a los acreedores internacionales en los 90 y recortó servicios básicos a su población. Mugabe, el mismo que usó la retórica de la reforma agraria para robar a su propio pueblo y regalar las tierras al aparato del partido. De la misma forma, numerosos analistas occidentales lo han expuesto como el vivo ejemplo del dictador anti occidental que se estrella por su propia estupidez. Mugabe, el instigador de asesinatos premiado por la reina de Inglaterra por su buena gestión. Mugabe, el alumno atento del FMI. Hace tanto tiempo que parecemos haberlo olvidado.

Ante tanta confusión, solo podemos acabar recordando las palabras de Evan Mawarire, un pastor que se convirtió en uno de sus grandes opositores. En un tweet, Mawarire resume la impotencia definitiva del poder:

«En 2016 Mugabe me amenazó con el asesinato.

Mi respuesta: “Hay muchas cosas que usted nos puede hacer con su poder, señor presidente, pero hay dos cosas que escapan de su poder. No puede parar su puesta de sol, ni puede parar el mío cuando se alza”.

Tu sol se ha puesto, Robert. Adiós.»

Si se hubiera retirado en 1980, Mugabe se habría situado en el altar de los grandes estadistas africanos del siglo XX. Pero no lo hizo.

 

Jaume Portell es periodista especializado en economía y relaciones internacionales, muy vinculado al continente africano. Ha trabajado para varios medios de comunicación nacionales y actualmente se dedica al periodismo local en las ondas de Ràdio Santvi y colabora con Mundo Negro.

 

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