Artes escénicas

Uagadugú extiende la alfombra roja para el Fespaco

Durante nueve días, la sede oficial del Fespaco ha sido punto de encuentro de cineastas, miembros de la industria cinematográfica y espectadores (Imagen: Òscar Gelis).

Durante nueve días, la sede oficial del Fespaco ha sido punto de encuentro de cineastas, miembros de la industria cinematográfica y espectadores (Imagen: Òscar Gelis).

Por Òscar Gelis. Con el ritmo y el sonido reggae de Rock in Ouaga, del célebre artista marfileño Alpha Blondy, frente a las gradas del Estadio Municipal de Uagadugú con un publico entregado y bailando. Así terminó la ceremonia que daba comienzo a la 25 edición del Fespaco, el Festival de Cine y Televisión Panafricano más importante del continente. «Allah no es un Dios terrorista», cantaba el rasta marfileño, haciendo referencia a los últimos atentados que causaron 33 muertos en la capital de Burkina Faso en enero de 2016. Delante de un palco ocupando por primera vez  el sitio de honor el presidente Roch Marc Christian Kaboré, la actuación del músico marfileño tenía un significado especial más allá de representar Costa de Marfil como país invitado en esta edición de la bienal. Blondy hacía 19 años que no pisaba Burkina Faso por haberse mostrado crítico con el régimen del anterior presidente, Blaise Campaoré, que fue relevado del poder en octubre de 2014 tras las protestas de la población civil. «He venido a cantarle a Sankara», dijo el músico en un momento de la actuación, y el público estalló en gritos y aplausos eufóricos.

Horas antes del inicio de la ceremonia, en la Plaza de la Nación, los visitantes empezaban a acercarse a la carpa montada para el Village Akwaba. Durante las noches del festival,el escenario de su interior ha acogido las actuaciones de artistas y músicos de Costa de Marfil, a parte de ser un gran reclamo por la multitud de puestos ambulantes donde comer una brocheta de pollo y una Fanta bien fría entre película y película. En la Plaza del Cineasta Africano, también engalanada para la ocasión, se ponía en evidencia la numerosa presencia policial y militar que ocupaba estos días el centro de Uagadugú: calles cortadas al tráfico, acceso restringido en las sedes del festival solo para personas y coches autorizados y patrullas con controles rutinarios por toda la ciudad.

Dentro de la programación del Fespaco se pudieron ver 150 largometrajes, cortometrajes, documentales y series de televisión en nueve salas de cine repartidas por toda la ciudad. Durante los nueve días del Festival, la capital burkinesa se convirtió en el punto de encuentro para cineastas, productores, representantes de la industria audiovisual y espectadores de todo el continente y de la diáspora con la vocación de poner en valor el cine hecho por africanos. En esta nueva edición del festival, que empezó en 1969 con unas cifras mucho más humildes, se ha llegado a los 100.000 personas entre espectadores y visitantes, según datos la organización.

Tres relatos de mujeres africanas, en competición
Uno de los centros neurálgicos del festival fue el edificio de planta baja y ladrillo rojo donde se encuentra el clásico Cine Burkina. Dos horas antes de la proyección inaugural, ya se podía ver en la calle una buena cola de gente ataviada con gafas de sol y botellas de agua para hacer más llevable la espera bajo los 40 grados y el cielo radiante que estos días brillaba en Uagadugú. Dentro, la película Frontières, de la cineasta burkinesa Apolline Traoré, presentaba la historia de cuatro mujeres comerciantes en su viaje desde Dakar a Lagos. Durante el periplo, las mujeres sufrirán atracos, extorsiones, violencia sexual y, en definitiva, las injusticias y abusos por el hecho de ser mujeres. «Es esta independencia de las mujeres que yo admiro. Puedes imaginar por qué los hombres no emprenden este viaje, por qué los beneficios son mínimos, aún así las mujeres no se rinden y lo hacen para mantener su independencia», explicaba la cineasta delante de los medios de comunicación al acabar la proyección.

La película del director tanzano Chandé Omar también hacía el retrato de una mujer independiente, Aïsha, que regenta una farmacia en Dar es Salaam. Al visitar su aldea natal, Aïsha es víctima de una violación en grupo y decide denunciarla, hecho que provoca el enfado de su hermano, el rechazo de su marido y la estigmatización y marginación de todo el pueblo. La película pone en el punto de mira los casos de mujeres violadas en Tanzania sin que ellas se atrevan a denunciar. Y en torno a una violación también gira la película Fre, del director etíope Kinfe Banbu. Esta vez la reacción es muy diferente y el padre de la niña emprenderá una salvaje venganza contra los atacantes de su hija. Tres películas seleccionadas por el jurado de Fespaco que dan voz y protagonismo a los problemas a que se enfrentan millones de mujeres en el continente.

La alegría de Alan Gomis y su Félicité
Pero quien se llevó el Étalon d’or de Yennenga, el premio más prestigioso del cine africano, fue el director franco-senegalés Alan Gomis, con su película Félicité. «Es un gran honor recibir el premio por segunda vez», dijo, consciente del momento dulce que está travesando su carrera. Con 44 años, ya recibió el galardón del caballo dorado burkinés en el año 2013 y hace dos semanas fue reconocido con el Gran Premio del Jurado de la Berlinale. El Étalon de plata fue para L’Orage Africain, una película con un marcado acento anticolonialista, sin que quiera decir «antioccidental», como señalaba con una sonrisa el director beninés Sylvestre Amoussou. La película, que fue de las más aclamadas entre el público durante el festival, se sitúa en una imaginaria república africana donde las multinacionales occidentales mantienen un pulso con el presidente del gobierno, quien ha nacionalizado las empresas de extracción de los recursos naturales del país. En tercer lugar, el Étalon de bronce se lo llevó la película A mile in my shoes, del director marroquí Saïd Khallaf, que retrata las penurias y abusos que sufre un chico abandonado en las calles de Casablanca. Con este reconocimiento del jurado, Marruecos se confirma como país con una industria cinematográfica relevante que produce películas de calidad.

Más allá de la alfombra roja, las estrellas de cine y las cámaras y micrófonos de la prensa internacional, el festival Fespaco es una ocasión imperdible para conocer el trabajo de muchos otros directores y realizadores de cine y documental con temática africana. En uno de los conflictos más olvidados del continente es donde enfoca la cámara del periodista donostiarra Alfredo Torrescalles en su última película Los parpados cerrados de Centroáfrica. El documental expone la sociedad de la República Centroafricana y permite que el espectador comprenda el origen de la violencia en el país, la cual, por cierto, poco tiene que ver con el conflicto entre musulmanes y cristianos tal y como a menudo se presenta, con un titular fácil, en los medios de comunicación. La película fue seleccionada por el jurado de Fespaco para ser mostrada fuera de competición.

Más cine africano en Tarifa y Tánger
Pero para aquellos que no hayan tenido la oportunidad de asistir a la bienal de Cine Panafricano de Uagadugú, el próximo mes de abril se celebra el FCAT, el Festival de Cine Africano con sede en Tarifa y Tánger. «Hay varios títulos de la programación oficial de Fespaco que podrán verse en Tarifa y Tánger durante el FCAT», apuntaba la directora del Festival, Mane Cisneros, gran conocedora del festival burkinés. A lo largo de los años y junto con Casa África, los dos festivales han colaborado en proyectos para dar a conocer el cine del continente africano. «Con sus luces y sombras, el Fespaco es la gran fiesta del cine africano», comentaba Cisneros. «Para los que trabajamos en los cines en África, continua siendo una cita ineludible». Una cita que nos recuerda cada dos años que el continente africano también se expresa y tiene su voz a través del séptimo arte.

Òscar Gelis es periodista y máster en Política Internacional por la Universidad Pompeu Fabra.

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