Letras

Teju Cole se pasea entre las gentes más felices del mundo

Se me ocurre que el velado pánico que tiñe aquí tantas interacciones se debe precisamente a que no hay nadie al mando; nadie es responsable último de nada. Vivir en Nigeria, en especial en Lagos, exige una vigilancia constante. Es del todo posible poner buena cara al mal tiempo; lo que no es posible de ningún modo es relajarse.

Teju Cole

Como sucede con otros escritores nigerianos como Achebe, Soyinka, Abani o Chigozie, lo suyo es un brillante y hermosísimo canto a la desesperanza (Imagen: Flickr/Wolf Gang)

Como sucede con otros escritores nigerianos como Achebe, Soyinka, Abani o Chigozie, lo suyo es un brillante y hermosísimo canto a la desesperanza (Imagen: Flickr/Wolf Gang)

La primera «mordida» llega en el consulado nigeriano en Nueva York, bajo un letrero que anima a los ciudadanos a denunciar la corrupción. Es el punto de partida de un sendero marcado por muchas pequeñas y grandes ignominias y violencias. Ignominias y violencias procesadas y transcritas de manera sobria y concisa para acabar tomando forma de libro, firmado por Teju Cole y titulado Cada día es del ladrón.

Cada día es del ladrón narra las impresiones de un joven médico nigeriano anónimo que regresa a la electrizante, agresiva y agotadora Lagos tras quince años de exilio en Estados Unidos. En su cabeza toma forma la idea de –quizás, puede ser, es probable– regresar a su país natal definitivamente. Su especialidad es la psiquiatría, es mestizo y un tipo observador, buen conversador, preciso con las palabras que escribe, parco a la vez que poético, de frases breves y limpias, amante de las calles, los cruces, las paradas de autobús, el paseo. Exactamente igual que Julius, el protagonista de Ciudad abierta, la novela que Cole publicó en 2011 y que nos deslumbró. Cada día es del ladrón se publicó en 2007, así que quizás hablamos de un ensayo para su novela. Una precuela ambulante, más corta, más íntima y al mismo tiempo, neutra.

Acantilado publicó recientemente esta delicia breve y desazonante, que da la impresión de que el vagabundo que pateaba las calles de Manhattan hace algunos años, contenido, introspectivo y todo ojos, ha recalado en Nigeria para desmenuzar conceptos como la ya mencionada corrupción, la violencia ambiente (linchamientos incluidos), las penurias de una clase media exhausta, el zumbido trepidante y molesto de los generadores, el clasismo de nuevo rico, la cultura de la mano tendida buscando propina, los matices del Africa Rising, un panorama cultural del país ambivalente que planea entre cielo e infierno, el colonialismo y sus secuelas, la memoria, la identidad.

Como sucede con Achebe, con Soyinka, con Abani, con Chigozie, lo suyo es un brillante y hermosísimo canto a la desesperanza. A la amargura de contarse entre las gentes más felices del mundo, que –según alguna encuesta que Cole menciona en su obra– son los nigerianos. La narrativa nigeriana impresiona, duele, enamora. Incluido alguien tan medido con la letra y tan poco «africano», según algunos, como Teju Cole.

Imágenes publicadas por Teju Cole en su cuenta de Instagram

Imágenes publicadas por Teju Cole en su cuenta de Instagram

 

Al final del libro –una novela breve en forma de pequeña colección de historias de apenas tres o cuatro páginas cada una, parcheada con fotos del propio autor, enigmáticas, en blanco y negro–, el contador de historias regresa a Estados Unidos en plena crisis de malaria. Cierra el texto hablando de una zona de Lagos que se graba en su memoria por su laboriosidad, su concentración, su enorme carga emotiva: aquella en la que los carpinteros desbastan las esquinas de los ataúdes, cubriendo el suelo con una marea de doradas virutas.

La publicación de Acantilado coincide con la aparición de un ensayo que Teju Cole acaba de editar con Random House, Known and strange things. En ese ensayo, Cole se quita la formal máscara de hipster, visualmente elaborada gracias a barba bien recortada, gafas limpias, expresión seria. Se manifiesta curioso, más divertido de lo que aparenta, fácilmente distraíble y habla sobre temas de lo más variopinto, desde la inmigración indocumentada mexicana al norte hasta Bessie Smith, pasando por el movimiento Black Lives Matter, la tradición de los retratos fotográficos malienses o la poesía de Transtömer.

Teju Cole es una caja de sorpresas ambulante, como su personaje.

Teju Cole, firmando ejemplares en la Harvard Book Store (Cambridge, EE. UU.). Imagen: Lorianne Di Sabato.

Teju Cole, firmando ejemplares en la Harvard Book Store (Cambridge, EE. UU.). Imagen: Lorianne Di Sabato.

Preña su instagram de imágenes sobrias y poéticas de esquinas, marcos y rejas. Obsesivamente. Usó en el pasado su cuenta de Twitter para transcribir titulares de la sección de sucesos de periódicos nigerianos que eran auténticos microrrelatos: fascinantes, violentos y evocadores. También para publicar tuits en los que trabajaba las primeras frases de novelas famosas incluyendo un dron en ellas (Call me Ishmael. I was a young man of military age. I was immolated at my wedding. My parents are inconsolable). En Twitter surgió la idea de un ensayo sobre el complejo del salvador blanco, que arrancó en la marea de ruido sobre la campaña #Kony2012. Todo eso hasta hace apenas dos años, cuando decidió volcarse en otras cosas. Firma una columna sobre fotografía en el New York Magazine y pronto publicará una colección de sus imágenes, Blind Spot. En Facebook, comparte listas de canciones tan eclécticas y sorprendentes como él mismo. Y toda esa experimentación en redes sociales acompaña a una prosa elegante y minimalista y la imagen de un tipo con ascético aspecto de cuáquero, torrado por el sol.

Confiesa influencias: lecturas, películas, música, cultura visual contemporánea que fue absorbiendo compulsivamente y procesando para crear posos de imágenes, palabras, ideas en su corazón y las puntas de sus dedos. Sus intereses son legión. Y otra cosa que nos une y me enternece: admite que se salta la sección de economía del periódico.

Una se imagina pasear incansablemente a su vera, ya sea en un mercado nigeriano o un suburbio neoyorquino, imaginándole los pensamientos sobre lo profano y lo divino tras el brillo ausente de sus gafas.

Teju Cole
Cole nació en Kalamazoo (Michigan), de padres nigerianos, y es el mayor de cuatro hermanos. Cole y su madre regresaron a Lagos (Nigeria), poco después de su nacimiento, donde su padre se unió a ellos después de terminar su MBA en la Universidad de Western Michigan. Cole se mudó de nuevo a los Estados Unidos a los 17 años para asistir a la Universidad de Western Michigan durante un año y luego fue trasladado a Kalamazoo College, donde finalizó en 1996. Tras abandonar la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan, Cole se inscribió en un programa de Historia del Arte Africano en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos en Londres y luego se doctoró en Historia del Arte en la Universidad de Columbia. En la actualidad vive en Brooklyn (Nueva York).

Ángeles Jurado es periodista y forma parte del equipo de Medios de Comunicación de Casa África.

Si estás interesado en la obra de Teju Cole, en la Mediateca Casa África tenemos disponibles para préstamo Ciudad Abierta, en español e inglés, Cada día es del ladrón, en español, y la versión en inglés de Known and strange things.

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