Letras

La necesaria mirada africana a los estragos de la trata negrera

Léonora Miano, durante su paso por Gran Canaria en 2013

Léonora Miano, durante su paso por Gran Canaria en 2013

Por Johari Gautier. ¿Quién diría que el secuestro de unas personas en las costas africanas terminaría en uno de los negocios más atroces y destructores de la historia? ¿Cómo imaginar que el acto impulsivo de unos exploradores se convertiría más adelante en una empresa diabólica de más de cuatro siglos?

Pese a sus enormes implicaciones humanas, sociales y éticas a nivel global, y su innegable carácter de crimen organizado, la trata negrera sigue siendo hoy un fenómeno poco visible tanto a nivel académico como en la literatura universal. De hecho, la gran mayoría de los relatos procedentes de las Américas tienden a centrarse en la esclavitud más que en la dureza de la travesía o el impacto desestabilizador que tuvo la trata sobre el continente africano –como ejemplo están las obras Vida de un esclavo, de Frédéric Douglass; Raíces, de Alex Haley; Doce años de esclavitud, de Solomon Nothurp, o La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe–, y posiblemente esta escasez se deba a un ejercicio de memoria difícil de establecer ya que las primeras generaciones de esclavos tuvieron pocos espacios para escribir y relatar su sufrimiento.

Desde las otras orillas, ese esfuerzo de memoria tampoco ha prosperado de manera significativa, y en eso pueden interferir razones históricas y morales. Las voces literarias europeas se han dedicado a describir los horrores padecidos por sus sociedades en primera persona (como las guerras napoleónicas o  la primera y segunda guerra mundial), sin poder aceptar su protagonismo directo en la tragedia de los deportados africanos ni tampoco el hecho de que las sociedades europeas fueron las grandes beneficiarias de este comercio triangular.

Por otro lado, los escritores africanos, enfocados en los abusos de la colonización y los desaciertos de las recientes independencias, no han podido tratar este asunto con toda la profundidad que requiere debido a que gran parte de la memoria –basada en la tradición oral– ha sido borrada como resultado de la aculturación colonial.

En ese contexto, la publicación de la obra La estación de la sombra, de Léonora Miano, ganadora del premio Femina 2013, y traducida recientemente a la lengua española por Casa África, puede considerarse un acontecimiento destacable en la literatura africana y universal, no solamente por la temática que aquí nos reúne, sino también por su esmero sociológico y antropológico.

Leer a Léonora Miano es una verdadera experiencia exploratoria, pero no se trata de una simple exploración geográfica, sino también histórica y humanística. Ella, como experta narradora, nos traslada a la recóndita aldea del pueblo mulongo, una comunidad pacífica, adentrada en el continente africano y apartada de otros pueblos mercantiles, donde, a pesar del poder notorio de los ancianos y de algunos jefes hombres, se preserva un fuerte matriarcado que impregna las creencias y tradiciones cotidianas.

La desaparición misteriosa de doce jóvenes en medio de un incendio es el detonante de una crisis inédita en un pueblo acostumbrado a problemas rutinarios. De ahí que la medida acordada para restablecer el equilibrio en la aldea –que consiste en aislar a las madres de cada uno de los desaparecidos con el fin de contener el dolor y la incertidumbre– no genere la unanimidad. Persiste la idea de que no se está resolviendo claramente la problemática y de que, además, se desconocen los motivos de la desaparición de los jóvenes.

Esta primera etapa descriptiva, de arranque lento y escrupuloso, nos permite familiarizarnos con un lenguaje voluble y melodioso, así como la relación especial que establece el pueblo con los antepasados. Los sueños son de una gran importancia y la magia también. Se concierta constantemente el devenir del pueblo hasta llegar a un equilibrio completo, pero algo que la escritora va desvelando paulatinamente nos hace entender que ese pueblo no tiene futuro. Sea por su pacifismo, su tendencia a aislarse o sus divisiones internas, los mulongo están perdidos.

Portada de «La estación de la sombra», de Léonora Miano

Portada de «La estación de la sombra», de Léonora Miano

La amenaza de los pueblos vecinos
Con el inicio del relato épico, y las osadías de una mujer como Eyabe que decide escaparse para conocer la suerte de su hijo desaparecido, o la tentativa del influyente Mutango de hacerse con el poder local, la acción se desplaza a otro terreno y el lector descubre a los Bwele, un pueblo hermano y vecino de los mulongo, con el cual comparte una gran historia, y sin embargo, ambos pueblos están destinados a enfrentarse.

Superponiendo perspectivas y relatos en una trama llena de sobresaltos, Léonora Miano consigue aumentar la intensidad hasta revelarnos que los Bwele son los autores de la desaparición de los jóvenes, pero también que, después de tantos años de paz, están a punto de traicionar al pueblo mulongo.

La plomiza e increíble hermandad de los costeños –otro pueblo africano que vive en los confines del continente– con «los hombres con patas de gallina» (p.73), es en realidad la clave de todo. Los costeños se han aliado con los europeos en una relación mercantil que incluye armas y otros objetos a cambio de hombres y, para honrar y fortalecer esta alianza, los costeños secuestran y apresan el mayor número de hombres posibles. De repente, todas las comunidades circunvecinas se han convertido en posibles blancos de sus hostilidades.

Como consecuencia, la agresividad de los «costeños» ha incrementado la beligerancia de los bwele en un peligroso efecto dominó impredecible que la autora describe como la «Sombra». Esa sombra es la pérdida de control y de visión, es ese abismo que anuncia el fin de una etapa, es el principio de un sinfín de enfrentamientos y divisiones. La sombra es la «mano negra» que termina con un estado de armonía y que determina el fin del mundo conocido (p.163).

El impacto de la trata negrera en la historia de África
La brillantez del relato de Léonora Miano nos permite apreciar hasta qué punto los pueblos africanos han padecido de la trata negrera. Separaciones forzosas, desaparición de pueblos enteros y pérdida de una memoria milenaria articulada sobre la oralidad, son algunas de las grandes consecuencias sociales y humanas.

También con el ejemplo del pueblo Bebayedi, vemos que nacen centenares y miles de pueblos conformados por desplazados, personas atemorizadas, sobrevivientes de masacres, y, en esas comunidades donde reina el terror, nuevos idiomas y conceptos de vida vuelven a surgir, pero sobre la desconfianza, y sin la jovialidad o la espontaneidad de otros tiempos.

Y en ese panorama desazonador, la autora formula preguntas abiertas que hoy en día siguen sin responder – «¿Quién mantendrá el recuerdo de todas estas separaciones cruentas?» (p. 129)– y nos remite al duro destino que han seguido esos secuestrados obligados a cruzar el Atlántico en condiciones horribles: ¿Qué porvenir les espera sin la ayuda de los antepasados, sin reconocer en el suelo que pisan, la huella que ellos dejaron? ¿Y cómo podrán avanzar, si no hay un camino trazado?

Johari Gautier Carmona (1979) es un escritor y periodista franco-español nacido en París (Francia). Actualmente reside en Valledupar (Colombia), tras haber vivido en Barcelona (España) y Derby (Inglaterra). Es autor de las obras El Rey del mambo (Ediciones Irreverentes, 2009), Cuentos históricos del pueblo africano (Editorial Almuzara, 2010) y Del sueño y sus pesadillas (Atmósfera Literaria, 2015).

 

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