Letras

Una metáfora de la violencia en África

Estamos ante una lectura imprescindible que nos permite apreciar la evolución de una autora consagrada (Imagen: AP Photo/George Osodi)

Estamos ante una lectura imprescindible que nos permite apreciar la evolución de una autora consagrada (Imagen: AP Photo/George Osodi)

El enorme éxito de la novela Americanah (2013) sacó definitivamente a Chimamanda Ngozi Adichie del anonimato. Con el National Book Critics Awards en el bolsillo, el premio que celebra en Estados Unidos a las mejores publicaciones de cada año, la escritora nigeriana se inscribía en el cerrado listado de escritores africanos que triunfan a nivel internacional. ¿Y qué mejor galería que la de ser aclamada en el mayor mercado literario?

El premio también sirvió para rescatar su obra anterior y entender que Ngozi Adichie no era una escritora advenediza: ya llevaba diez años publicando y algo más escribiendo. Publicó su primera novela La flor púrpura en 2003 mientras estudiaba y en esta primera obra descubrimos una autora con un estilo maduro, dispuesta a escribir sobre el sufrimiento y algunos de los momentos más difíciles de la historia de su país.

En La flor púrpura reconocemos a la escritora que se interesa por el dolor cotidiano, las escenas domésticas, los conflictos silenciosos, y los describe así como suceden en la realidad nigeriana: es decir con su aureola de misterio y de privacidad, sin aplicarles graves titulares que buscan el escándalo.

Kambili es una joven de 15 años, educada en un entorno pudiente y elitista, que se esfuerza, al igual que su hermano mayor Jaja, por ser la mejor en el colegio. No lo hace únicamente por su gusto por los estudios, sino por la enorme presión que ejerce su padre: un hombre autoritario, dueño de un negocio próspero, que fundamenta la educación de sus hijos sobre una severa práctica religiosa.

El lector descubrirá en los quehaceres y pensamientos de la joven Kambili, en la intimidad de esta adolescente tímida y juiciosa dispuesta a complacer las exigencias de su padre, la tristeza de una vida basada en el sufrimiento, en el miedo y el castigo, pero también la actualidad inquietante de un país carcomido por la inestabilidad y la corrupción.

Portada de «La flor púrpura», de Chimamanda Ngozi Adichie

Portada de «La flor púrpura», de Chimamanda Ngozi Adichie

La violencia doméstica aparece en el primer plano cuando la madre de Kambili se ausenta una noche. Por temor a la reacción del padre, los hermanos no se atreven a hablar de ella durante la cena, nadie pregunta por su paradero, y en lugar de eso se habla de la violencia que zarandea las calles de Nigeria. Así es como se elude la realidad de la casa: hablando de las atrocidades de afuera. El silencio desdibuja la amargura que asola a la familia, la convierte en algo vago e ilusorio, y sin embargo, esa violencia doméstica es real y demoledora: pocos días después aparece la madre con la mirada vacía, reconociendo que ha tenido «un accidente» y que ha perdido el bebé de pocas semanas que tenía en su vientre.

El infierno es creciente, pero Ngozi Adichie no necesita escenificarlo con diablos y demonios. Lo dosifica introduciendo paulatinamente elementos que aluden al dogmatismo, la intransigencia, el castigo y la locura. Así es como descubrimos la devoción de un padre que ve en la Iglesia católica la solución a todos los males y que, no obstante, termina alejándose de su padre por considerarlo «pagano» e inflige a sus familiares los peores tratos.

En esa dualidad entre el padre de Kambili (fanático religioso) y el abuelo (practicante de las creencias tradicionales africanas), se esboza una África dividida en sus cimientos, que no se acepta a sí misma ni tampoco entiende el valor del pasado. El imperio de la fuerza y del castigo, un legado colonialista evidente, se ha impuesto en los espacios íntimos hasta el punto de destruir familias enteras.

La flor púrpura es una gran metáfora de la violencia que ha atravesado Nigeria y la mayoría de los países africanos. En toda su extensión, la prosa de Ngozi Adichie se esmera en reconstruir el vacío de una sociedad que padece graves desequilibrios, y ofrece de manera subliminal algunas claves que fundamentan ese desvarío.

Es cierto que se encuentran, como ciertas reseñas han querido destacar, algunos parecidos interesantes con la vasta obra del escritor nigeriano Chinua Achebe, entre ellos está la relevancia estética que Ngozi Adichie dedica a lo no-dicho y las cadenas imprevisibles de sucesos, pero hay que mantener las distancias entre ambos autores ya que la autora que aquí nos reúne privilegia los terrenos familiares y privados, los círculos íntimos donde influyen las mujeres, las siempre tendidas cuestiones de género, las relaciones atemporales o la complejidad de la expresión de los sentimientos, para describir una época y una sociedad, mientras que en los relatos de Achebe predomina el espacio público, las grandes decisiones de carácter social y épico, conflictos más abiertos, para evidenciar grandes transformaciones y problemáticas de una sociedad.

En resumidas cuentas, estamos ante una lectura imprescindible que nos acerca a algunas problemáticas africanas actuales, pero sobre todo, que nos permite apreciar la evolución de una autora consagrada.

Johari Gautier Carmona (1979) es un escritor y periodista franco-español nacido en París (Francia). Actualmente reside en Valledupar (Colombia), tras haber vivido en Barcelona (España) y Derby (Inglaterra). Es autor de El Rey del mambo (Ediciones Irreverentes, 2009), y Cuentos históricos del pueblo africano (Editorial Almuzara, 2010).

Si estás interesado en la obra de Chimamanda Ngozi Adichie, en la Mediateca Casa África tenemos disponible en inglés y español sus cinco libros publicados hasta la fecha: La flor púrpura (Purple Hibiscus), Medio sol amarillo (Half of a Yellow Sun), Algo alrededor de tu cuello (The Thing Around Your Neck), Americanah y Todos deberíamos ser feministas (We Should All Be Feminist). Consulta disponibilidad aquí.

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