Música, Semilla Negra

Semilla Negra – Programa 56: La última rumba de Papa Wemba, el emperador del soukous en África

La escena es desoladora. Mientras cinco bailarinas ocupan el primer plano, el cantante se cae de espaldas, desplomado ya sobre el escenario. La música continúa sonando algunos segundos más, pero pronto los instrumentistas asumen la gravedad de la situación. El que acaba de morir durante un concierto en Abiyán, la capital de Costa de Marfil, fulminado por lo que parece un ataque cerebral asociado a la malaria, es Papa Wemba. Uno de los cantantes y autores más importantes de África. El último eslabón de tres generaciones de artistas cultivados en la rumba del Congo, en el contagioso soukous contemporáneo y uno de los principales valedores de los ritmos tradicionales en el nuevo pop bailable africano.

Papa Wemba, durante su última actuación en Abiyán (Costa de Marfil)

Papa Wemba, durante su última actuación en Abiyán (Costa de Marfil)

Con la muerte de Papa Wemba, captada en directo en la noche del sábado por la cámara del Festival de Músicas Urbanas de Anoumabo, desaparece un pedazo importante de la memoria musical de la República Democrática del Congo y sus países vecinos. Unas músicas protagonizadas por la atlética y poderosa rumba zaireña que, al menos por un momento, a mediados de los años ochenta, sonó imparable en los escenarios de África y también tuvo su periodo de gloria en el incipiente movimiento de las músicas étnicas en los grandes mercados de Europa y Estados Unidos. Músico de largo recorrido a pesar de lo que a priori podrían indicar los casi 67 años que contaba, Papa Wemba estaba en el lugar apropiado cuando las músicas del Congo eran toda una referencia en África.

Jules Shungu Wembadio Pene Kikumba nació el 14 de junio de 1949 en Lubefu, una de las misiones creadas por las autoridades coloniales belgas en el corazón del Congo. De la provincia de Kasai Oriental, su familia se trasladó pronto a la ciudad de Leopoldville, la denominación colonial que la actual Kinshasa mantuvo hasta 1966. Tres años después, el joven congoleño se hacía llamar Jules Presley y andaba ya conectado con la escena de la música en la capital. Ese año se había fundado la orquesta Zaiko Langa Langa, otro de los conjuntos que se beneficiaron de las políticas de africanización de la cultura a partir de la conquista de la independencia. Ocurrió en la República Democrática del Congo, en los países de su entorno cultural y también en otras nuevas repúblicas independientes de aspiración revolucionaria como Malí, Guinea o Senegal. África con nombres de África.

Bautizada con un grito nacionalista en el idioma lingala («todopoderoso Zaire de nuestros ancestros»), Zaiko Langa Langa se convirtió muy pronto en un digno heredero de las generaciones anteriores de la rumba africana. En las ágiles canciones de Papa Wemba y Zaiko Langa Langa latían aromas nuevos, ciertos pespuntes de soul, pop y el siempre presente acervo latino, pero los temas también sonaban respetuosos con el legado de figuras indiscutibles de la primera generación de la rumba africana como Wendo Kolosoy o Tabu Ley Rochereau. Con las canciones de este último, quizá la voz congoleña de todos los tiempos al frente de su conjunto Afrisa, maduró el joven Jules Presley Shungu. Poco a poco sus canciones se fueron haciendo hueco entre el repertorio clásico de los padres de la rumba africana: Franco, el majestuoso guitarrista de la Orchestra Kishasa Jazz (mucho más conocida como OK Jazz), como faro de una generación de músicos; y el cantante Joseph Athanase Tchamala Kabasele, llamado Grand Kallé, al frente de los grupos African Jazz y Empire Bakuba en los tiempos felices del cha cha chá por la independencia.

Papa Wemba contribuyó al desarrollo de los sonidos africanos y su mayor presencia entre las audiencias internacionales.

Papa Wemba contribuyó al desarrollo de los sonidos africanos y su mayor presencia entre las audiencias internacionales.

 

Años después, ya en los setenta, África ganó protagonismo entre los movimientos negros a nivel mundial y, en particular, el Congo fue escenario de una de las citas emblemáticas de un periodo histórico marcado por las reivindicaciones sociales, las críticas a la política establecida y el rechazo a la desigualdad creciente entre los países del norte y del sur. A final de octubre de 1974 el régimen autoritario liderado por Mobutu Sésé Seko se apuntó un enorme tanto propagandístico. La capital del Congo acogió el denominado combate de boxeo del siglo entre Mohamed Ali y George Foreman. Ganó Ali en el octavo asalto, pero además de puñetazos el circo montado para mayor gloria del dictador incluyó música en un festival en Kinshasa que contó con artistas internacionales como James Brown (otro de los personajes con mayor influencia en las músicas contemporáneas en África occidental), la cubana Celia Cruz al frente de la Fania All Stars, el guitarrista de blues B. B. King, el saxofonista camerunés Manu Dibango y la gran dama de la canción sudafricana Miriam Makeba. Por el Congo actuaron Tabu Ley Rochereau & Afrisa y Franco con OK Jazz.

Poco después del éxito histórico del festival Zaire 74 se produjo una escisión en el seno de la orquesta Zaiko Langa Langa: Papa Wemba y tres músicos más buscaron un camino propio para poner en marcha el conjunto Isifi Lokolé. Por entonces, Jules Presley ya era Papa Wemba, nombre artístico que adoptó a partir de las muertes de su padre en 1966 y de su madre siete años después. El grupo cambió de nombre, un año después era Yoka Lokolé. Y en febrero de 1977 Papa Wemba presentó el nombre definitivo con el que iba a hacer popular su actualización de la rumba africana. Pronto el mundo entero iba a tener noticias de las canciones de Viva la Música, escogido por una vieja charanga de Johnny Pacheco, así como de la comunidad de artistas que el cantante impulsó en su barrio de Matonge, en uno de los suburbios de la enorme ciudad de Kinshasa. Uno de los músicos vecinos del barrio, el escritor y cantante Koffi Olomide, se convirtió en un pilar esencial de Viva la Música, en una de sus señas de identidad bajo las órdenes de Papa Wemba, al que también se le concedieron honores por parte de la SAPE, la sociedad de sapeurs que vela por el estilo vintage en sus vestimentas, costumbres y manifestaciones culturales.

Con el fallecimiento de Papa Wemba, desparece un pedazo importante de la memoria musical de la RDC y sus países vecinos.

Con el fallecimiento de Papa Wemba, desparece un pedazo importante de la memoria musical de la RDC y sus países vecinos.

Además de revitalizar la escena musical congoleña y las de los países del entorno, Viva la Música sorprendió al público occidental que ya empezaba a familiarizarse con los artistas surgidos de África, pronto englobados bajo la etiqueta comercial de world music o, algo después, músicas étnicas. Como otros grandes nombres de las músicas africanas, desde el maliense Salif Keita y el guineano Mory Kanté a los reyes argelinos del raï Cheb Khaled y Rachid Taha o el saxofonista camerunés Manu Dibango, Papa Wemba trasladó su base de operaciones a París y publicó un primer álbum con la disquera británica Real World, propiedad del músico Peter Gabriel y asociada al universo de los festivales Womad. Con el respaldo del mercado occidental, Papa Wemba mantuvo un doble perfil artístico con ediciones de discos y actuaciones en escenarios occidentales y africanos. En los noventa llegó incluso a tener activas dos orquestas, una para actuar en África y otra dedicada a alimentar la necesidad musical de la diáspora congoleña en Francia, Inglaterra y Bélgica.

Los fuertes vínculos de Papa Wemba con la colonia emigrante, donde era admirado sin distinción de edades, también provocó algún mal rato. En 2003 el músico fue detenido en París acusado de tráfico ilegal de personas al aprovechar visados de viaje solicitados para su orquesta Viva la Música. Fue condenado y pasó trece semanas en prisión, de donde salió, dijo, reinventado espiritualmente. Se volcó entonces en la música, apoyando a las nuevas generaciones de músicos congoleños que, en un paso más, actualizan esencias de la rumba africana al nuevo pop contemporáneo y al combativo hip hop africano. También continuó Papa Wemba con el contacto directo con los públicos africanos. En ese contexto se engloba su participación en el concierto donde resultó muerto este sábado. Era el nombre más grande del cartel de FEMUA, el festival de músicas urbanas de Anoumabo, al sur de Abiyán. Allí apareció rodeado de nuevos valores del pop africano como la camerunesa Charlotte Dipanda, el dúo togolés Toofan y los cantantes marfileños John Kyffy, Nst Cophie’s, Yabongo Lova, Abou Nidal y Boni Gnahore. La nueva África.

Con todo, después de cuatro largas décadas de trayectoria musical, Papa Wemba deja algunos episodios importantes para el desarrollo creciente de los sonidos africanos y su mayor presencia entre las audiencias internacionales. Suyos, por ejemplo, son el disco homónimo que grabó en 1988 con el productor Martin Messonier, habituado a trabajar con artistas africanos como Fela Kuti, Ray Lema, Manu Dibango o King Sunny Ade; su alianza con el guitarrista y cantautor congoleño Lokua Kanza en el disco Emotion y un proyecto con el productor norteamericano de synth-pop Stephen Hague, al que el gran público conoce por sus trabajos con grupos pop como Pet Shop Boys, New Order, PiL o Erasure. Eran los sonidos globales y el público mundial que buscaba Papa Wemba. El músico congoleño que, como una suerte de Molière africano, murió cantando sobre un escenario. Cantando el que quizás sea el último soukous del Congo, el país donde viven los rumberos de África.

Carlos Fuentes (@delocotidianocf) es el autor de Semilla Negra. Periodista y crítico musical, durante las últimas dos décadas ha publicado artículos, entrevistas y reportajes sobre las músicas africanas en periódicos nacionales y en revistas especializadas como Rockdelux o Serie B.

Si estás interesado en conocer más sobre las músicas del Congo, te recomendamos los siguientes programas de Semilla Negra: Guateques junto a los Grandes Lagos y Canciones para gente guapa.

 

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