Noticias

El conflicto surge de la desigualdad y la exclusión

Según Lopes, la modernización de los servicios asociados con los grupos urbanos y la explosión juvenil es uno de los factores clave para reducir los conflictos y la exclusión. Imagen: Julien Harneis

La modernización de los servicios asociados con los grupos urbanos y los jóvenes es uno de los factores clave para reducir los conflictos y la exclusión. Imagen: Julien Harneis

Desde hace tiempo el entusiasmo con el buen rendimiento económico del continente ha tenido un efecto de despreocupación contagioso en muchas personas. Era como si el camino hacia un nuevo estatus fuese un regalo, a pesar de que estábamos muy ocupados aprobando muchos marcos y estrategias, centrados en la necesidad de una transformación estructural real. Por desgracia, el turno para una llamada de atención ha pasado. Una combinación de nuevos conflictos, la caída de la demanda y los precios de las materias primas (incluyendo el petróleo), una elevada inestabilidad de las divisas, el aumento de los tipos de interés, el choque de las economías vitales y otra visita devastadora de nuestro odiado El Niño, dominan una vez más la narrativa africana. Contemos la historia como es.

Los cimientos para las oportunidades económicas africanas están ahí y, además, intactas. África continúa registrando el mayor crecimiento dentro de una crisis mundial. Nuestras reservas internacionales recibieron un golpe, pero debe contrastarse con los niveles de deuda internacionales todavía bajos; los déficits públicos, aún bajo control, y el aumento constante en inversiones de muchas fuentes, aunque no todas. Cumbres recientes con la India y China, los dos equivalentes demográficamente, manifestaron confianza en el futuro. Los proyectos de infraestructuras no se han visto afectados en su mayoría por la desaceleración económica: desde un nuevo Canal de Suez, hasta el dique más grande de Etiopía o los parques solares más extensos en tres países. En cuanto a la preocupación económica, las noticias son en realidad mejores de lo que la mayoría podría pensar. Por lo tanto, ¿dónde están entonces los factores claves que cambian la narrativa principal sobre África hacia el pasado?

Honestamente, se trata de una combinación de dos factores: la percepción de la fragilidad y la falta de una transformación estructural más profunda, basada en la necesidad de combinar una mayor productividad agrícola que añada valor a los recursos naturales y en la modernización de los servicios asociados con los grupos urbanos y la explosión juvenil fundamentada en una sólida industrialización. La Agenda 2063 aprobada por los líderes de los continentes trata todo eso.

Si África va a defender una historia diferente, tiene que basarse en cambios reales. Por tanto, es preciso centrarse en la parte de la historia del continente que menos se ha evaluado de forma estratégica por los africanos: las causas de los conflictos.

Entre la mañana del 11 de abril y la tarde del 14 de mayo de 1994, vecinos de Nyamata acabaron con la vida de cincuenta mil ruandeses con machetes. Fue una pequeña muestra de lo que hoy se considera el mayor genocidio desde la Segunda Guerra Mundial. Un genocidio que se llevó la vida de cientos de miles de ruandeses. Esta realidad estremecedora hace que nos preguntemos: ¿por qué fue posible? Uno de los participantes de los crueles asesinatos afirmó: «La regla número uno era matar. La número dos, no existía».

¿Es posible reconocer entre los que llamamos terroristas, como los grupos Al-Shabab y Boko Haram o aquellos que perpetran matanzas en la República Centroafricana o en Sudán del Sur, un libro de reglas parecido? ¿Asesinatos sin remordimientos? Hacerlo como un trabajo, mejor que plantar o sobrevivir en la periferia, y luego tomar un buen trago y reír ante el pánico provocado y la atención mediática. ¿Cómo puede ocurrir esto? ¿Cómo puede seguir sucediendo?

Campos de desplazados internos en Kivu del Norte (República Democrática del Congo). Imagen: UN Photo/Marie Frechon

Campos de desplazados internos en Kivu del Norte (República Democrática del Congo). Imagen: UN Photo/Marie Frechon

Diferencias abismales en la distribución y el ejercicio de los poderes económico y político resultan en conflictos violentos, en la ausencia o fracaso de un mecanismo político para abordar las desigualdades. Las desigualdades entre los grupos, más que entre individuos, es probablemente la principal causa de conflicto en África. Existe en tres niveles que se refuerzan mutuamente: económico, social y político. De forma condicionada, los grupos desfavorecidos buscan o están persuadidos por sus líderes para buscar compensación. También se motiva a los grupos privilegiados para que luchen para proteger sus privilegios. Es más frecuente que las desigualdades horizontales conduzcan a conflictos significativos, constantes y que aumentan con el paso del tiempo. La exclusión –la manifestación extrema de la desigualdad– es un factor principal para iniciar conflictos. La exclusión de la juventud requiere una mayor atención. Los jóvenes sin educación y desempleados son una característica común de los países que sufren conflictos. Esta fracción de la población, marginada y excluida, se hace más notoria durante el conflicto como combatientes, y menos visible durante la paz.

Muy a menudo, las regiones más ricas en minerales, petróleo y gas –y que contribuyen a la mayor parte de los ingresos nacionales– son las más pobres en términos de desarrollo social y bienestar general. El declive de las instituciones del Estado, que se traduce en su incapacidad e ineficacia para proporcionar los servicios básicos y la seguridad, ha demostrado ser un detonante importante de los conflictos. La estabilidad social se basa en un contrato social hipotético entre los ciudadanos y el gobierno. Las personas aceptan la autoridad del Estado mientras este proporciona servicios y condiciones económicas justas. Con el estancamiento o declive económico, o el deterioro de los servicios públicos, el contrato social se destruye y es más probable que surja la violencia. El declive de las infraestructuras completa la erosión de la autoridad del Estado. La combinación del deterioro de las instituciones y de las infraestructuras físicas, junto con el uso de la violencia étnica, crea las condiciones idóneas para una violencia sostenida. Las pruebas sugieren una incidencia mayor de conflictos entre los países con renta per cápita y esperanza de vida bajas y escasas oportunidades económicas.

De los 54 estados africanos, tan sólo ocho no han experimentado conflictos armados o violentos desde la independencia. La guerra proporciona beneficios y costes que pueden motivar a los individuos a luchar. Los hombres jóvenes sin educación, en concreto, pueden conseguir trabajo como soldados. La guerra también desencadena oportunidades para delinquir, especular con la escasez y la ayuda, para el tráfico de armas y para llevar a cabo la producción ilícita y el tráfico de petróleo, drogas, diamantes, madera y otras materias primas. Cuando las demás alternativas escasean, debido a los bajos ingresos y la falta de empleo, y las posibilidades de enriquecerse a expensas de la guerra son considerables, la incidencia y la duración de las guerras probablemente serán mayores. Esta «hipótesis avariciosa» se basa en las economías de elección racional. A menudo, los líderes políticos, de forma deliberada, «revisan las memorias históricas» para promover o fortalecer las identidades culturales en la carrera por el poder y la riqueza y justificar la violencia debido al interés económico.

Según Naciones Unidas, la sequía se ha propagado e intensificado desde 1970, mientras que el Sahel y el África meridional se desertificaron aún más durante el siglo XX. Imagen: EC/ECHO/Anouk Delafortrie

Según Naciones Unidas, la sequía se ha propagado e intensificado desde 1970, mientras que el Sahel y el África meridional se desertificaron aún más durante el siglo XX. Imagen: EC/ECHO/Anouk Delafortrie

El estrés ambiental también puede ser un motivo para la violencia, concretamente cuando las personas buscan alternativas a situaciones desesperadas mientras que la riqueza de los recursos otorgan una gran motivación a grupos particulares para ganar el control de dichos recursos. Esta realidad se amplía con el comercio ilegal y las transacciones financieras que privan al continente de alrededor de cincuenta a sesenta mil millones de dólares cada año.

Los resultados muestran que el rendimiento económico en las áreas de conflicto está de media un 10 % por debajo en comparación con las áreas sin conflictos en la mayoría de las categorías del desempeño del PIB. Un estudio estimó una pérdida de 284 mil millones de dólares (índices constantes en 2000) en 23 países africanos, desde 1990 a 2005. Esta cifra representa una pérdida de media anual del 15 % del PIB. Los análisis de regresión indican una pérdida de alrededor del 2,2 % del crecimiento del PIB debido a los conflictos. El carácter interrelacionado de las economías africanas también representa que los costes de la guerra en una subregión, por lo normal, conllevan costes económicos para los países vecinos. Esto incluye pérdidas de producción por culpa de la pérdida de oportunidades provenientes de la migración, las pérdidas de mercado, el aumento de los costes de seguridad y vigilancia policial y los costes de apoyo a los refugiados.

En Níger el crecimiento real del PIB se redujo un 3,6 % en 2013, después de expandirse un 11,1 % en 2012. En Mali, diversos acontecimientos –provocados por el estallido de los conflictos e inseguridades de 2012– determinaron la caída en gastos y recursos públicos en un 30 %. En la República Democrática del Congo, la inversión interna como porcentaje del PIB cayó del 31,6 % en 1997 al 17,7 % en 1998; y alcanzó su nivel más bajo del 2 % en 2000. En Libia, la producción de petróleo se ha reducido a menos de 400.000 barriles por día, desde alrededor de 1,7 millones antes del comienzo del conflicto. Como resultado, el PIB se contrajo en un estimado 24 % en 2014. Se espera que las cuentas públicas registren un déficit de alrededor del 80 % del PIB en 2015, con el déficit contable actual que sobrepasa el 60 % del PIB.

El mensaje es claro. O las prioridades africanas se enfrentan a la causa del conflicto directamente, o todos pagarán el precio de la percepción de la fragilidad. Es cierto que los países de Europa, Asia o América se estabilizaron después de guerras prolongadas que estaban fomentadas por algunos ingredientes de exclusión. Evolucionaron para crear instituciones mejores, regularon los mercados y estabilizaron la seguridad. Pero también es cierto que cuando ocurrió, no existía cobertura de telefonía universal ni medios de comunicación globales. Existe un continente con más conflictos y personas afectadas que África ahora mismo, y continúa asociándose al progreso y al cambio. Me refiero a Asia.

Si África quiere tomar ejemplo, se necesita valentía, un marco de seguridad común y aceptar directamente los desafíos de la exclusión y la gestión de la diversidad. Esa es la única forma de lidiar con las apariencias conservadoras.

La regla número uno, matar, sin regla número dos, sigue movilizando a demasiada gente en el continente. Necesitamos que África se centre en el «por qué» y no permita este virus mental generalizado a décadas pasadas de deterioro y resultados a medias.

De hecho, el «por qué» puede tomar la inspiración de un virus metafórico. Cualquier virus es básicamente un agente infeccioso microscópico que se reproduce únicamente dentro de las células vivas de otros organismos. Los virus pueden infectar a todo tipo de formas de vida. Incluso si no están dentro de una célula infectada o en el proceso de infectar una célula, los virus existen en forma de partículas independientes. Los virus se expanden de varias formas, pero tienen un patrón. Se sabe que lo virus pueden venir desde muy lejos.

La buena noticia es que las infecciones virales en los humanos provocan una respuesta inmune que normalmente elimina el virus infectado. Las respuestas inmunes también pueden producirse por las vacunas, que generan una inmunidad adquirida de forma artificial para la infección viral específica.

O bien África cuenta con una inmunidad fuerte que lidie con los efectos virales de esos grupos, gracias a la fuerza de sus instituciones y capacidades, o tendrá que desarrollar, rápido, una vacuna que nos libere del daño. Esta vacuna podría llamarse «antídoto a la exclusión».

Carlos Lopes es secretario ejecutivo de la Comisión Económica para África de Naciones Unidas.

Puedes consultar aquí la versión original en inglés publicada en el blog de Carlos Lopes. Traducción: Nuria Aguiar Melián.

Entrevista a Carlos Lopes tras su participación en la conferencia África: potencial vs. estereotipos, organizada por Casa África en octubre de 2014

 

Etiquetas:, , , , , , ,

Sin comentarios

Añade tu comentario

*