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Seis cosas que hacer en el trópico entre harmatán y diluvio

Bahía de Taki, Costa de Marfil

Bahía de Taki, Costa de Marfil.

 

Ver bailar a las máscaras baulé, pescar carpas en una poza con los bété, comer langosta en una playa de San Pedro, ver alimentarse a los cocodrilos sagrados de Yamusukro o disfrazarse y danzar por las calles de Bonua son algunas de las formas de disfrutar Costa de Marfil.

Hay mil razones para visitar Costa de Marfil. La autodenominada “Tierra de la Esperanza” (himno nacional dixit) es  reputada como la tierra de la hospitalidad por excelencia en África occidental. Acoge a un 20 % de población extranjera entre sus fronteras, que delimitan un país habitado por poco más de 20 millones de personas pertenecientes a 60 etnias con sus lenguas y culturas únicas. Auténtico cruce de caminos cultural y étnico, Costa de Marfil ha ejercido, tradicionalmente y hasta que la inestabilidad política y la crisis llegaron a ella a principios de los 90, como motor económico de la región. Todavía hoy destaca su pujante agricultura, sector en el que merecen mención especial cacao (del que es primer productor mundial), café (tercero) o caucho. La naturaleza exuberante del país lo dota con recursos por tierra, mar y aire, desde los campos cultivables a las minas y las riquezas paisajísticas, ésas que pueden atraer al turismo y entre las que destacan los más de 500 kilómetros de costa por explorar y más de 2 millones de hectáreas de selva protegidas.

Los únicos obstáculos a una visita al país pueden ser la inestabilidad meteorológica o los problemas políticos. En el primer caso, el harmatán que derrite y quema voluntades o la estación lluviosa; en el segundo, unas elecciones, por ejemplo.

La temporada de lluvias arrancó en Costa de Marfil a finales de mayo y en junio deviene casi catástrofe natural. En la estación lluviosa, los abiyaneses rebautizan como playa al flamante puente Henri Konan Bedié, inaugurado a bombo y platillo este año en la capital económica del país, Abiyán. El diluvio borra, inmisericorde, las chabolas improvisadas en las orillas de las calles delimitadas por acequias portentosas y, en ocasiones, sin asfalto que tape la tierra bermeja. También transforma los cruces que marcan la geografía abiyanesa en océanos inesperados en los que naufragan coches, taxis y gbaka, el transporte colectivo más popular de la ciudad, por la que se desplazan entre 5 y 7 millones de vecinos. Los abiyaneses se calan entre paraguas y plásticos inútiles: las coladas pasean, prendidas a sus cuerpos, por las avenidas líquidas y los puentes de tablones que, en precario equilibrio, salvan obstáculos como súbitas barranqueras en las zonas más selváticas de la urbe.

Marzo o abril son los meses ideales para anticiparse a las lluvias y visitar el país, una vez sorteados los calores del harmatán. O las semanas que se extienden apaciblemente, teóricamente menos accidentadas a nivel meteorológico, entre julio y noviembre.

Abril es el mes del Carnaval de Bonua, una experiencia deliciosa que recomendamos,

Carnaval de Bonua, Costa de Marfil

Carnaval de Bonua, Costa de Marfil.

con otras experiencias únicas, en este reportaje. Sin embargo, todos los meses tienen sus festividades y momentos especiales que disfrutar en Costa de Marfil, desde alimentar con pollos vivos a los cocodrilos sagrados de Lago Caimán, en Yamusukro, a pasear por las calles encantadas de Grand Bassam, la primera capital del país, abandonada en 1900 tras la devastación de una plaga de fiebre amarilla que hizo huir a los colonos franceses hacia Bingerville, una localidad más salubre.

No olvide comer con las manos en un maquis ni contonearse frente al espejo de una discoteca al ritmo del coupé decalé o la rumba. Si es posible, sea testigo de ceremonias como la de iniciación en Korhogo, en el misterioso norte del país.
Visite las galerías que se abren en Abiyán y muestran lo último del arte contemporáneo del país: Donwahi, Cécile Fakhoury o Le Basquiat. Concédase el placer de un pequeño crucero por la laguna Ebrié, también en la capital económica marfileña, para echarle los ojos encima al cementerio de barcos del puerto de Abiyán. Pelee con las olas del litoral oriental del país, en Assinie, o en el litoral occidental, en el camino hacia Liberia, donde le tentarán Monogaga o Sassandra. Coma langosta en la playa de San Pedro, observando las evoluciones de un grupo de danza empeñado en un acrobático bolo super.

Aquí le proponemos algunas opciones para que, si se alinean los astros y le bendicen con un viaje a Costa de Marfil, pueda guardar memorias imborrables del país.

El pulmón verde de Abiyán

Partimos de la base de que la Tierra de la Esperanza no puede competir con Kenia o Botsuana en lo que a vida salvaje se refiere. La mayor parte de los dos millones de hectáreas de selva protegida que quedan en Costa de Marfil se reparten entre Comoé y Thaï, dos reservas arrimadas a las orillas este y oeste del país respectivamente. En Thaï, Disney grabó un docudrama sobre la epopeya de un pequeño chimpancé, Óscar, adoptado por un congénere mayor tras perderse de su grupo. Ambas reservas se pueden visitar, pero sus márgenes se sitúan cerca de las fronteras ghanesa y liberiana, donde persisten tanto la posibilidad de tropezarse con cazadores furtivos como la presencia de algún grupo de ex combatientes que no han dejado las armas. Si desea cambiar los elefantes de bosque y otros animales más exóticos por una opción menos aventurera pero igualmente atractiva nos queda Banco, el pulmón verde de Abiyán. En plena urbe, repartido entre los cuatro barrios más populares de la ciudad, acoge casi 3.500 hectáreas de bosque primario. En las aguas que lo rodean y riegan, las del río Banco, y justo antes de penetrar bajo sus enormes árboles umbrosos, nos tropezaremos con grupos de lavanderos que  hacen la colada y la extienden sobre la hierba. En Banco se almacena el agua necesaria para cubrir el 40 % de las necesidades de la capital económica marfileña. Esta pequeña y frágil reserva acoge reptiles, anfibios, aves y primates, entre los que hay que hacer una mención especial a unos pocos chimpancés. Se convirtió en parque nacional en 1953 y ha pasado por épocas más o menos tenebrosas por la inseguridad. Actualmente ejerce de hogar de 626 especies vegetales, de las que 26 son raras en África occidental. Tiene un pequeño centro de interpretación y visitas guiadas.

Un nuevo Río

A unos 50 kilómetros al sureste de Abiyán se encuentra Bonua, una localidad famosa por su exquisita piña tropical, donde las casas bajas se alinean a los lados de calles anchas y arenosas. Allí se celebra, desde hace 35 años ininterrumpidamente, un carnaval atípico basado en la tradición de la fiesta del ñame de los aburé.
Los aburé se instalaron en la zona huyendo de una guerra fratricida en la vecina Ghana y convirtieron esta ciudad en la más grande y populosa de su etnia. La última edición del Popo Carnaval (popo significa máscara) de Bonua atrajo hasta la ciudad a unos 5 millones de personas que disfrutaron de un programa de actos que se extendió durante dos semanas. Un desfile singular de hombres travestidos, comparsas temáticas, judocas, acróbatas, patinadores y majorettes entre los que se cuelan asociaciones que cruzan cantos y bailes y camiones que ejercen de carrozas, sobre los que se reparten piñas o se muestra cómo construir una cabaña de adobes de barro. Sus organizadores quieren que se le reconozca como patrimonio de la Unesco e incluyen en la celebración partidos de fútbol, obras de teatro, fanfarrias, danzas tradicionales, concursos, bailes y diversas ceremonias.

La pesca de la carpa en Dagourahio

Dagourahio es un pueblito de los bété situado en zona de cacao, Subré, concretamente a una orilla de la carretera que une Issia y Sinfra. Los locales se lanzan a una poza para pescar carpas con pequeñas redes vegetales en forma casi de
cedazo, haciendo acrobacias ante las cámaras de los visitantes. La poza se encuentra junto a la carretera, en un campo de arroz. En Dagourahio también se danza. El bailarín, forrado con ropa y corteza dividida en tiras, que forma una especie de tutú asfixiante en torno a su cintura, es capaz de desprenderse de la sagrada máscara durante el baile sin que nadie
pueda verle la cara. Tras unos minutos de expectación y pasmo, también tiene la habilidad necesaria para recuperarla sin revelar ni un pedacito de piel a los que le observan maravillados.

Bailando con máscaras

El goh es la danza de Bozi, una aldea a 5 kilómetros de Yamusukro, la capital política de Costa de Marfil.

Goh, danza de Bonzi, Costa de Marfil.

El goh es la danza de Bonzi, una aldea a 5 kilómetros de Yamusukro, la capital política de Costa de Marfil. La zona es mayoritariamente de etnia baulé, como el primer presidente del país tras su independencia, Felix Houphouët-Boigny. El goh lo bailan hombres que portan máscaras delicadas, con cierto aire oriental y teñidas de vivos colores, enfrentados en una exhibición de destreza mientras una percusión ensordecedora, a cargo de los chicos del pueblo, hace temblar los mangos y las tecas de los alrededores. A unos cuarenta kilómetros de Yamusukro, se adormece Bomizambo, una ciudad popular por sus paños tejidos artesanalmente y donde se baila el Goly, una danza de origen guró para la que se utilizan máscaras que representan a animales como búfalos, entre una revoltura de cintas vegetales.

Comer, bailar, rezar

Yamusukro se convirtió en capital política y administrativa de Costa de Marfil en 1983. Es una ciudad polvorienta, cubierta de nubes y que rezuma agua y selva, a poco más de 100 kilómetros de Buaké y unas tres horas de carretera de Abiyán, dependiendo del número de accidentes y otras paradas que se hagan en ruta. Hogar del padre de la independencia del país y feudo de los baulé, es un destino turístico apetecible gracias a atracciones como ese delirio megalómano que es la Basílica de Nuestra Señora de la Paz (la más grande del mundo) o el que se conoce popularmente como Lago Caimán.

Los cocodrilos, toda una atracción en Yamusukro.

Los cocodrilos, toda una atracción en Yamusukro.

Situado junto a la residencia familiar del Viejo, apodo con el que se conocía a Houphouët-Boigny, éste acoge a un número indeterminado de cocodrilos que Boigny se trajo hasta su ciudad. La mansión de los Houphouët-Boigny es una propiedad inmensa con varios inmuebles y animales salvajes dentro, testimonio de la riqueza del estadista, que también poseía –entre otras cosas- el cocotal sobre el que se edificó la basílica de Yamusukro. La voz popular asegura que un aspirante a magnicida se volvió loco al descubrir que las balas no habían penetrado su vieja piel y relaciona las muertes de los cocodrilos con la de sus familiares. También se dice que Boigny alimentaba a los saurios con sus opositores. En cualquier caso, el almuerzo de los cocodrilos de Yamusukro, a base de pollos vivos que les lanzan dentro de su recinto, es una atracción turística también. Si no se estremece al observar cómo las mandíbulas de los saurios se cierran sobre las aves, con el ruido de un dramático portazo, y cómo devuelven sin contemplaciones a los pollos que intentan escaparse al redil donde les esperan varias hileras de dientes mortales.

Soñar con la fiebre amarilla

Como Ilha de Moçambique o Gorée, Grand Bassam es patrimonio de la Humanidad desde el año 2012. Decadente, ennegrecida por el tiempo, misteriosa, se sitúa a 43 kilómetros al este de Abiyán, en el estuario del río Comoé, donde el paludismo es endémico. Son famosos su museo del traje tradicional, su barrio colonial francés y sus hoteles, maquis y restaurantes, que acogen a multitudes abiyanesas deseosas de disfrutar de la playa cada fin de semana. El mar, revuelto y fiero, provoca que los bañistas se arrimen a la orilla, esquivando a vendedores de artesanía, caballos fibrosos y mujeres que cargan botellas de licor rellenas de frutos secos. Las olas rompen, revolucionadas, contra una costa aparentemente paradisíaca pero traicionera y hacen imposible nadar o simplemente alejarse de la orilla más allá de donde la mar le cubre a uno apenas los muslos. Grand Bassam ejerció de primera capital del país en la época de la colonia, antes de que el honor recayera en Bingerville en 1900 y posteriormente pasara a Abiyán y Yamusukro. Una epidemia de fiebre amarilla acabó con el 75 % de los colonos franceses que moraban en la ciudad, como recuerda la estatua pálida de una mujer que se internó en la selva para conseguir hierbas curativas que salvaran a su marido y regresó para encontrarlo ya muerto. Las calles de arena de Bassam testimoniaron la huída de los blancos hacia tierras más salubres y allí quedaron los habitantes del lugar, los N’zima Kôtôkô, mientras los mangos reventaban las paredes de las casas abandonadas por los colonos y los frangipanis florecían en la brisa pesada, asfixiante. Edificios majestuosos como el palacio del gobernador, el palacio de justicia y el Hotel Francia cayeron en la ruina y el olvido. El tiempo se detiene en sus calles y en las ventanas de madera podrida de las casas coloniales, se imaginan las siluetas de sus fantasmas.

Ángeles Jurado es periodista, escritora y forma parte del equipo de Medios de Comunicación de Casa África. Ha publicado Síndromes de Estocolmo, una recopilación de columnas que aparecían en el suplemento semanal de La Tribuna de Canarias; otra compilación de columnas periodísticas, que escribió mientras trabajaba en el periódico Canarias7 y que se titularon Salvapantallas; una colección de microrrelatos denominada Cambio de rumbo y otras historias pigmeas y un volumen de relato breve, Breviario de lametones, mordiscos y besos. También ha participado en varias colecciones de relato breve y microrrelato y ha recibido varios premios por textos cortos.

En el portal multimedia Kuwamba podrás consultar un álbum fotográfico con imágenes de las ciudades que se citan en este post, realizadas también por Ángeles Jurado en abril de 2015.
  

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