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La paradoja de la educación superior en Kenia

Biblioteca de la Kenyatta University (Imagen: Book Aid International)

Biblioteca de la Kenyatta University (Imagen: Book Aid International)

La educación en Kenia como en muchos países subsaharianos es el principal medio de ascenso social, por eso la noción de abandono escolar –en España con un 28%, el doble de la media europea, un 14%– resulta muy extraña por aquí: un despilfarro inconcebible, porque la educación es un privilegio y las familias se endeudan para costear la educación secundaria y universitaria de sus hijos. Por ejemplo la matrícula anual media en una universidad privada cuesta alrededor de 3.000 euros, muy lejos del alcance de los sueldos de la clase media keniana (empleados de banca, funcionarios, etc.) que ronda los 350 euros mensuales. Una paradoja apunta el problema: la mayoría de los profesores universitarios son mileuristas y apenas pueden permitirse ofrecer a sus hijos la formación universitaria que ellos mismos imparten.

La demanda en el sector educativo crece más que la oferta y por eso allí donde se levantaban escuelas hace quince años hoy se construyen universidades. La política de descentralización también está llegando a la educación y ya no solo hay universidades en las grandes ciudades como Nairobi (donde se encuentran las dos principales, Nairobi University además de la Jomo Kenyatta) o Eldoret (Moi University) sino que encontramos universidades en zonas consideradas como remotas por los nairobitas como la de Maassai Mara, Kakamega, Taita-Taveta o Garissa.  Si en 2003 había seis universidades en el país, en la actualidad hay 240.000 estudiantes repartidos entre 53 universidades acreditadas además de 9 colegios afiliados. El Garissa University College empezó a funcionar oficialmente en 2011 como centro afiliado a la Eagerton University, radicada en la ciudad de Nakuru y que originalmente se fundó en 1987 como un centro de formación profesional orientado hacia la agronomía.

Esta rápida expansión comporta muchos problemas, la mayoría de los cuales tienen que ver con la calidad del profesorado y de los egresados. No hay suficientes profesores cualificados y por eso el incremento de la cantidad de oferta universitaria normalmente conlleva un descenso en la calidad, como ya sucediera con la legendaria Makerere University de Kampala (Uganda). En cualquier caso, la figura del profesor, mwalimu en suajili, todavía suscita mucho respeto en la sociedad keniana, si bien las condiciones de vida de los profesores son muy duras.

Uno de los edificios de la Universidad de Nairobi (Imagen: Cak-cak/Flickr)

Uno de los edificios de la Universidad de Nairobi (Imagen: Cak-cak/Flickr)

En la zona noreste de Kenia, donde está Garissa, los profesores de primaria y secundaria llevaban varios meses de huelga en protesta por la creciente inseguridad. No obstante el Gobierno keniano no se ha hecho eco de esta reclamación hasta el cruento y masivo ataque a la Universidad de Garissa del mes pasado.

Tras muchas especulaciones e incertidumbres, parece más o menos claro que el atentado no se organizó desde el campo de refugiados de Dadaab (donde residen 335.000 somalíes, y que –aunque informal– es ya una de las grandes ciudades del país) sino desde una mezquita de Nairobi. La comunidad universitaria keniana quedó conmocionada por el ataque, que muestra aspectos similares al atentado del centro comercial de Westgate en Nairobi en 2013, y en cuanto al país en general, no hay duda de que la seguridad se ha deteriorado mucho en los últimos años por la constante amenaza de terrorismo: se han multiplicado las colas en las entradas de edificios y recintos,  los checkpoints en las carreteras, pero sobre todo pesa en el ambiente diario de quienes vivimos en el país.

Javier Serrano Avilés es profesor de español en la United States International University-Africa de Nairobi y editor y coordinador de La enseñanza del español en África Subsahariana, publicado en la Colección de Ensayo de Casa África.

  

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