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El secuestro de la transición en Libia

Vista espacial nocturna de la ciudad de Trípoli (Imagen | Nasa).

Vista espacial nocturna de la ciudad de Trípoli (Imagen | Nasa).

El actual empeño de diversos actores para sacar a Libia de la espiral de violencia en la que se encuentra sumida desde que estallaran las revueltas en febrero de 2011 es reflejo de que esta es ya insoportable, tanto para el propio Estado como para su entorno más cercano y para la Comunidad Internacional en su conjunto. El desmoronamiento acelerado del Estado ha conducido a un reforzamiento de los actores islamistas y tribales, y el confesionalismo y el comunitarismo han sustituido a un nacionalismo que la peculiar política de Muammar el Gadaffi había conseguido debilitar en Libia.

Dos elecciones generales celebradas hasta la fecha –el 7 de julio de 2012 y el 25 de junio de 2014– son los hitos esgrimidos por quienes se empeñar en ver un proceso de normalización política en términos clásicos, pero el error de estos ha venido siendo el no contemplar a la vez el telón de fondo y, sobre todo, la actitud de diversos actores que ni han tenido ni tendrán compromiso alguno con la democracia. Por la actitud de tales actores, Libia es un caos en el que interactúan, enfrentándose entre sí, tribus y milicias; sigue sin Constitución tres años después del derrocamiento de Gadaffi, y se ha convertido en una base de terroristas en expresión de Estados como, entre otros, Níger o Francia. No tiene aún unas Fuerzas Armadas y de Seguridad que puedan ser calificadas como tales ni controla unas fronteras afectadas desde antiguo por tráficos ilícitos de todo tipo.

El agravamiento actual
El Parlamento salido de las elecciones de julio de 2012, el Congreso Nacional General (CNG), dominado en buena medida por grupos islamistas apoyados por sus respectivas milicias, llegó exhausto al final de su mandato en el otoño de 2013, pero intentó prorrogarlo agudizando con ello las contradicciones del sistema. Una veintena de milicias islamistas interactúan en Libia, cubriendo el amplio espectro que va desde los Hermanos Musulmanes –con su representación en el CNG a través del Partido de la Justicia y la Construcción– hasta los terroristas de Ansar Al Sharía, con sus antenas de Bengasi y Derna, pasando por la emblemática milicia de Misrata, consolidada durante la guerra civil de 2011. Enfrentada a ellas situamos a la también poderosa y consolidada a partir de 2011 milicia de Zintán, a la que algunos se precipitan en calificar de herramienta armada de los sectores “liberales”. Esta última controlaba el aeropuerto de Trípoli desde 2012, pero lo ha perdido este verano ante el empuje imparable de los islamistas.

España participa en los intentos más recientes de reconducir la situación libia (Imagen | David Stanley)

España participa en los intentos más recientes de reconducir la situación libia (Imagen | David Stanley)

Para intentar frenar a los islamistas emergió desde el pasado mayo otro actor que debe figurar en el inventario más actualizado de protagonistas del conflicto: el General libio retirado Khalifa Haftar, que regresó de EE. UU. en 2011 y que ahora dirige un grupo que no debemos calificar de milicia, sino de embrión de lo que algunos califican de “Ejército Nacional”. Haftar se enfrenta  a los islamistas en diversos frentes, empezando por el importante feudo de estos en Bengasi y, en general, en la Cirenaica. Aunque sin conexión aparente entre ellos, el frente antiislamista que conforman el General y la milicia de Zintán se ha visto reforzado con misteriosos bombardeos de posiciones islamistas por aparatos de los Emiratos Árabes Unidos a partir de fines de agosto que habrían contado con apoyo logístico egipcio. Tales bombardeos de actores externos ilustran la confusa situación actual en toda la región, en la que diversos actores asumen iniciativas ante el deterioro generalizado de la seguridad.

En lo político, tras las elecciones del 25 de junio, Libia ha entrado en una nueva etapa en la que los perdedores se empeñan en mantenerse en el poder, salvaguardando el CNG saliente que dominan en Trípoli y obligando al nuevo Gobierno y al nuevo Parlamento –legitimados por las urnas y reconocidos internacionalmente– a instalarse en el lejano Tobruk.

Los esfuerzos de normalización en marcha y sus perspectivas
España asume protagonismo en los intentos más recientes, y aparentemente los más serios hasta la fecha, de reconducir la situación libia. La celebración en Madrid de la Conferencia sobre Estabilidad y Desarrollo en Libia el pasado 17 de septiembre y con la participación entre otros de los Estados del Mediterráneo Occidental (Iniciativa 5+5, que España preside en 2014 en su dimensión Defensa), ha sido el arranque. Aprovechando la inauguración de la nueva Sesión de la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, se han continuado los contactos y las próximas citas se suceden sin interrupción (29 de septiembre, en Egipto; Argelia, en octubre, y una Conferencia Internacional en España prevista para diciembre o enero de 2015), pero nada se logrará si no se frena a los actores violentos que secuestraron las revueltas desde el principio: el abanico de grupos islamistas más o menos radicalizados que aprovechando el derrocamiento de su enemigo Gadaffi, al que contribuyeron significativamente,  han secuestrado la transición y pretenden secuestrar el futuro de Libia.

Carlos Echeverría Jesús es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), profesor del Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado de la misma Universidad y de diversos centros de formación de  las Fuerzas Armadas.

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