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Boubacar Boris Diop: “Al principio del genocidio de Ruanda, confundía víctimas y verdugos”

Boubacar Boris Diop

Boubacar Boris Diop formó parte del proyecto 'Ruanda: escribir por el deber de la memoria' (Imagen | Rama)

Por Mehdi Ba (Dakar). En el vigésimo aniversario de la tragedia de Ruanda, el escritor senegalés Boubacar Boris Diop evoca su comprensión tardía de un evento que le conmocionó profundamente.

“Los muertos de Murambi también tienen sueños, y su más ardiente deseo es la resurrección de los vivos”. Le harían falta cuatro largos años al escritor y periodista senegalés Boubacar Boris Diop para experimentar y comprender lo que vivieron, en 1994, los 50.000 mártires de Murambi, exterminados en una noche en la escuela donde habían creído encontrar refugio, y con ellos los tutsis de Ruanda, hundidos en la tormenta de un genocidio. En las últimas líneas de Murambi, el libro de los huesos (Stock, 1999), el novelista podía medir el camino recorrido. Él, que en 1994 había sido espectador desde Dakar de semejante evento para África, del que, sin embargo, no había comprendido nada.

Desde su primera estancia en Ruanda, Boubacar Boris Diop regresó más de una treintena de veces a este país, que en adelante aparece en su pensamiento y en su obra. Este 6 de abril, en Kigali, se reunió con algunos de los escritores africanos que compartieron su viaje iniciático en 1998 con el proyecto Ruanda: escribir por el deber de la memoria, en un café literario dedicado a “la memoria panafricana del genocidio de los tutsis en Ruanda”.

Jeune Afrique: De abril a julio de 1994, ¿cuál es su impresión del genocidio cometido contra los tutsis de Ruanda?
Boubacar Boris Diop: Me acuerdo de haber oído en la radio el anuncio de la muerte, en un atentado, del presidente de Ruanda y de Burundi, pero hasta ahí esto es todo. Era muy lejos. ¿Qué pasaba allí exactamente? Un avión derribado, masacres, ejecuciones, los hutus, los tutsis…Yo no sabía realmente qué quería decir todo aquello. En aquel caso, nos imaginamos etnias que se oponían de manera salvaje desde hace milenios. No buscábamos los detalles porque no teníamos la clave. En cien días que duró el genocidio, no entendí nunca nada.

J. A.: ¿Esta incomprensión te ha llevado a escribir sobre cosas de la época que más adelante has lamentado?
B. B. D.: En mi cuarta novela, El Caballero y su sombra, publicada en 1997, evoco Ruanda y confundo alegremente víctimas y verdugos. Este pasaje se centra exclusivamente en el éxodo de los hutus en los campos del antiguo Zaire. Las personas a compadecer bajo mi pluma son aquellas que han participado en el genocidio. Confundía tranquilamente Jean Moulin y Klaus Barbie. Hoy no estoy orgulloso de ello.

J. A.: ¿Cuál ha sido el detonante que te ha permitido comprender la singularidad del genocidio de los tutsis?
B. B. D.: En Lille, en el festival FestAfrica. Un amigo periodista ruandés ya fallecido, Théogène Karabayinga, de RFI, se había sorprendido de la ignorancia de los autores africanos sobre el genocidio de 1994. Desde ese momento, junto a FestAfrica nació el proyecto para permitir que autores africanos de diversos orígenes fueran al lugar a entender lo que había pasado. Así que en 1998 partimos a Ruanda con Abdourahman Waberi, Véronique Tadjo, Kously Lamko, Tierno Monénembo, Nocky Djedanoum, Monique Ilboudo y Meja Mwangi. Personalmente, allí me eché para atrás. Pero tras una semana en el lugar, tomé conciencia de que no había comprendido nada. Si yo no había comprendido nada, ¿cómo los medios senegaleses, menos equipados para informarse, habían podido comprenderlo?

J. A.: ¿Cómo se desarrolla tu primera estancia en Ruanda?
B. B. D.: Nos tomamos nuestro tiempo para hablar con los supervivientes así como con los verdugos, fuimos a las prisiones, visitamos los lugares del genocidio… Lo que me ayudó fue mi formación como periodista: sé escuchar. Y allí, escuché mucho. Y entendía todo, incluso lo que no se decía. Nos quedamos dos meses. Pero tras mi vuelta a Senegal, tenía ganas de regresar allí. No habría podido escribir Murambi, el libro de los huesos sin haber regresado. Por su parte, mi amigo Koulsy Lamko consideró que él no era libre con esta historia. Se quedó a vivir cuatro años en Ruanda, y creó en Butare un centro universitario de artes.

J. A.: Dice a menudo que el encuentro con Ruanda ha marcado un momento crucial en su obra y en su recorrido. ¿Por qué?
B. B. D.: Sentí la profunda diferencia que hay entre hablar de algo a partir de tus prejuicios y hacerlo directamente desde la experiencia. Escribí Murambi con mucho despojo y simplicidad. Yo no podía considerar librarme de los efectos de estilo después de lo que había visto y comprendido en Ruanda. Antes, mis novelas eran textos de vanguardia, experimentales, juegos de pistas donde me divertía con el lector. Dejé completamente este enfoque tras estar en Murambi. Simplifiqué mi escritura.

J. A.: Es también allí donde nacen sus ganas de escribir en wolof…
B. B. D.: El genocidio de los tutsis fue al principio un genocidio cultural y espiritual. En la época colonial, la Iglesia Católica decretó que todo aquel que no fuera auténticamente cristiano en Ruanda –por aquel entonces, todo aquel que no fuera ruandés– era pagano y conducido al infierno. Con la llegada  del catolicismo, los ruandeses perdieron su alma, lo que pudo explicar en parte la crueldad de la obra de 1994. Finalmente, este genocidio es un espejo que se me presentó a mí, senegalés, africano. No olvidemos que lo que Francia defendió en este problema es la lengua francesa, una posición de influencia. Fue aquello lo que me condujo a atreverme a escribir en wolof, lo que siempre había soñado pero de lo que me sentía incapaz. Ruanda fue crucial. Me dije: o nos apropiamos de nuestra lengua y nuestra cultura o morimos todos hasta el último.

J. A.: ¿Cómo explica que África occidental no se haya hecho casi eco de este genocidio?
B. B. D.: La profundidad de nuestra alienación es tal que a veces parecemos zombis. Desde luego, la falta de medios dificulta la presencia de nuestra prensa en el lugar, y nos llenamos casi exclusivamente con la AFP y con reportajes de las cadenas de televisión francesas. Pero, lo esencial, se trata del miedo a afrontar en el espejo la imagen negativa que tenemos de nosotros mismos.  Hemos integrado una visión racial de nuestra historia: Ruanda, soy yo, negro y africano, igual a Centroáfrica. Lo que se desarrolla son los secretos de familias avergonzadas a no exponerse en lugares públicos. Al final, nos percibimos nosotros mismos con los ojos de otros, ya que esta África es más un fantasma que una realidad. África sigue siendo el continente de lugares lejanos. Nuestra revolución copernicana consistiría en juzgar cada tragedia o éxito africano como un evento singular.

El pasado 6 de abril, con motivo de la vigésima conmemoración del genocidio de 1994, una parte de los escritores que habían participado en 1998 en el proyecto Ruanda: escribir por el deber de la memoria, iniciado por FestAfrica bajo la protección de Nocky Djedanoum, se encontraron en Kigali en un café literario bajo el tema Pensar y escribir nuestra historia, la memoria panafricana del genocidio de los tutsis en Ruanda. En la iniciativa del chadiano Kously Lamko y en colaboración con los organizadores de “Kwibuka 20”, el senegalés Boubacar Boris Diop, la marfileña Véronique Tadjo y la burkinesa Monique Ilboudo se unieron a la Scholastique Mukasonga para evocar esta residencia que les había permitido, así como a otros ocho escritores africanos, venir a tocar con su propia mano la realidad de un genocidio hasta permanecer allí en un ángulo de muerte de la consciencia panafricana, antes de producir cada uno una obra literaria sobre esta tragedia. Un paso hacia atrás, pero también hacia delante, como lo resume Koulsy Lamko: “Se trata de, a través de eventos literarios y artísticos, iniciar una memoria de futuro que ponga a los africanos de cara a su historia, sus responsabilidades, invitándoles a pensar en esta historia y tomar las riendas”.

© Jeune Afrique 2014

Este artículo se publicó por primera vez en francés en la versión digital de Jeune Afrique y ha sido traducido al español por Casa África.

Si estás interesado en profundizar en la obra de Boubacar Boris Diop, en la Mediateca tenemos disponibles para préstamo algunos de sus libros, como Los tambores de la memoria, traducido por Casa África, Murambi, el libro de los huesos o África más allá del espejo.

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