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Tenía que ser Libreville

Skyline de Libreville, capital de Gabón (Imagen de John Kotsopoulos)

Skyline de Libreville, capital de Gabón (Imagen de John Kotsopoulos)

Tenía que ser Libreville, la capital de Gabón, la ciudad en la que Zambia entrara por la puerta grande en la historia del fútbol africano. Frente a sus costas, en el año 1993, se estrelló el avión que trasladaba a su selección de fútbol hasta Dakar para jugar un partido. Murieron todos los jugadores que iban en dicho vuelo. Y este domingo, casi veinte años después, un grupo de chicos que crecieron escuchando esta historia terrible rindió el mejor homenaje posible a aquella selección nacional.

Ganar la Copa de África no ha sido fácil para Zambia. En la fase de grupos se tuvieron que ver las caras con Senegal, una de las favoritas a priori, y con la sorprendente Guinea Ecuatorial. Sin embargo, con un juego alegre y una estrategia basada en el equipo, se metieron con todos los honores en los cuartos de final. Allí les esperaba Sudán, a la que destrozaron con solvencia. Luego le tocaría enfrentarse en semifinales a una de las dos máximas aspirantes a alzarse con el trofeo, la siempre incómoda Ghana de Gyan, Ayew y compañía, que venía de sorprender en el Mundial de Sudáfrica.

Pero los Chipolopolo (balas de cobre) pudieron con todos. Sin grandes estrellas, Zambia ha devuelto la ilusión al modesto fútbol africano, ese que se construye a partir de jugadores desconocidos para el gran público, de esfuerzo y sacrificio, de fe y tesón. El partido final contra Costa de Marfil, la máxima favorita, fue vibrante. Escaso de goles, pero con toda la épica de las grandes citas con la historia. Zambia plantó cara al gigante, lo puso contra las cuerdas, aguantó sus embestidas y mordió cuando debía. A la hora de la verdad, a la megaestrella Didier Drogba le temblaron las piernas y no acertó a meter un penalti que podía haber dado a los Elefantes la victoria. Y en el momento final, en el último suspiro, los zambianos ejecutaron los penaltis con el aplomo que otorga no tener nada que perder y muchísimo que ganar.

El héroe del momento clave fue Sunzu, autor del penalti decisivo. Pero para llegar hasta allí hicieron falta la fuerza de ese trotamundos del fúbol llamado Katongo, la gran actuación del portero Mweene, que hasta se atrevió a tirar uno de los penaltis, la fuerza y la convicción de Hervé Renard desde el banquillo y, sobre todo, la memoria omnipresente de una selección gloriosa cuyos integrantes deben haberse emocionado, allí donde estén, con la victoria de una Zambia que supo creer en sí misma cuando pocos daban un céntimo por ella. El telón cae sobre la Copa África y el fútbol vuelve a creer en los milagros.


Resumen del partido final de la CAN 2012: Zambia – Costa de Marfil

José Naranjo es un periodista grancanario que ha dedicado buena parte de su carrera profesional al continente africano. Autor de dos libros sobre inmigración, Premio Derechos Humanos 2007 del CGAE, en la actualidad vive en Dakar (Senegal) desde donde colabora con distintos medios de comunicación. Es cofundador del portal GuinGuinBali, dedicado a la actualidad africana.

  

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