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Ser Cheikh Anta Diop o Léopold Sédar Senghor

Fatou Diome, durante la presentación de la Mediateca Casa África en 2008

Fatou Diome, durante una sesión de Letras Africanas en 2009

La cuestión del idioma en el que expresarse siempre causa fricciones y debates entre los escritores africanos. Por un lado tenemos a autores como la senegalesa Fatou Diome, que entiende el francés como un instrumento para acercarse a un público muy amplio, despojado de cualquier connotación política. Por otro lado, el maliense Moussa Konaté o el también senegalés Boubacar Boris Diop ponen todo su interés en comunicarse con sus compatriotas y entienden que la única forma de hacerlo es utilizar el bambara o el wolof. Públicos diferentes, formas de ver la vida diferentes y encontronazo seguro en escenarios como el Salón Internacional del Libro Africano (SILA), que se celebra desde hace tres años en Tenerife y en el que siempre saltan chispas con este debate.

Pensemos en la Fatou Diome que vive en Estrasburgo, hermosa, vibrante y llena de energía, divorciada y sin hijos, educada en parte fuera de Senegal, casi una extranjera entre dos mundos. Pensemos en el Moussa Konaté que no abandona Mali, que tiene muy presente la historia de la independencia y de la colonización y un pensamiento político que algunos considerarían “antiguo”, que es ciudadano del mundo con las raíces bien hincadas en tierra maliense. O en Boubacar Boris Diop y su denuncia del genocidio tutsi en Ruanda y del papel de Francia en ese genocidio en concreto y en  la política africana en general. O Ngugi Wa Thiongo, opositor político e intelectual keniata en el exilio  que sólo asume como suya  la expresión en kikuyu y que es una referencia de la literatura universal.

Precisamente Boubacar Boris Diop contrapone dos figuras intelectuales africanas que también tienen como objeto de desavenencia (entre otras muchas cosas) el idioma. En su libro África detrás del espejo enfrenta a Cheikh Anta Diop, intelectual riguroso que puso todo su esfuerzo al servicio del reconocimiento de la historia y las lenguas africanas, y Léopold Sédar Senghor, político sibilino y poeta al servicio de la francofonía, admitido en la Academia Francesa y jubilado y muerto en tierra gala.

Frente a este debate, casi desaparece la cuestión de cómo llegar a más lectores en un mercado donde el poder adquisitivo del comprador y el nivel de analfabetismo son trabas a las que se puede buscar una solución imaginativa: el préstamo y el audiolibro, por ejemplo. 

El debate tiene múltiples ramificaciones y cicatrices, pero siempre arriba al puerto de la necesidad de apoyo institucional de los gobiernos africanos a las editoriales autóctonas, que publican en lenguas africanas, y a la supuesta perversión de la africanidad que es fruto de la difusión de literatura africana que hacen editoriales extranjeras en idiomas extranjeros, como es el caso de Francia. Más chispas saltan cuando se entra en la discusión sobre la “autenticidad” de escritores que se dicen africanos pero escriben para un público extranjero y desde París, Londres o Ginebra.  El debate, enconado y necesario, es ineludible.

Ángeles Jurado, periodista del equipo de Medios de Comunicación de Casa África.

  

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